Felicidades, presidente. Y acabe de una vez con las dos guerras para celebrar su cumpleaños
La paz que no acaba de llegar en Oriente Próximo y los reveses de Putin en Ucrania marcan los 80 años de Trump

El presidente Donald Trump en el Despacho Oval. | Reuters
Este 14 de junio, a la vuelta de la esquina, Donald Trump cumple 80 años. Solamente ha habido dos presidentes en la historia del país con esta edad en la Casa Blanca; el otro fue Joe Biden. «Joe el Dormilón», le decía cariñosamente Donald cuando Biden se quedaba traspuesto en las sesiones con el gabinete, exactamente como le ocurre hoy a él. Más difícil todavía: hace unos días Trump se quedó dormido en el Madison Square Garden, en uno de los partidos de la final de la NBA. Sus lapsus, despistes, confusiones y equivocaciones están dejando a Biden como un aprendiz del declive cognitivo que le atribuía.
Para celebrar su aniversario, este Nerón del siglo XXI ha decidido organizar en el jardín sur de la Casa Blanca una exhibición de artes marciales. Es su autorregalo de cumpleaños y el comienzo de la cuenta atrás para la conmemoración del 250 aniversario de la Declaración de Independencia, el próximo 4 de julio. Mala suerte que una fecha tan importante coincida con el peor presidente de la historia —bueno, quizá empatado con James Buchanan (1857-1861), cuya incapacidad y torpeza condujeron al país a la guerra civil— en el Despacho Oval.
Los estadounidenses no asisten muy tranquilos a este cumpleaños. El 55% cree que Trump no goza de «una salud física suficientemente buena como para desempeñar eficazmente el cargo de presidente», frente al 28% que lo pensaba hace tres años. Además, seis de cada diez norteamericanos tampoco creen que tenga «la agudeza mental» necesaria para el cargo.
Trump lleva —oficialmente— cuatro reconocimientos médicos en los últimos 16 meses. Su médico dice que está «en plena forma». El portavoz de la Casa Blanca, Davis Ingle, asegura que su energía es «inigualable». Ingle, un portavoz moderado, como todo el equipo de la Casa Blanca, añadió que es «el presidente más lúcido y accesible de la historia de Estados Unidos, que trabaja sin descanso para resolver problemas y cumplir sus promesas, y goza de una salud excelente».
Como seguramente todo esto es verdad, quizá Trump tenga un ataque de lucidez y de conciencia histórica de su papel y su responsabilidad y decida de una vez por todas, para que el mundo celebre con él su cumpleaños, acabar con la guerra de Irán y la de Ucrania.
El conflicto de Oriente Próximo, cuya última etapa comenzó el 28 de febrero con el ataque aéreo estadounidense e israelí contra objetivos militares y oficiales iraníes —aunque el acto de guerra inicial de esta fase fue el 7 de octubre de 2023 con la agresión de Hamás, en la que los terroristas financiados por Irán mataron a 1.200 personas, casi todos civiles, y secuestraron a 251—, tuvo 16 días de intercambio de misiles y drones. Después, y hasta ahora, ha habido un largo trimestre salpicado de incidentes más o menos graves —como los de las últimas horas—, de aperturas y cierres del estrecho de Ormuz, de las correspondientes subidas y bajadas de las bolsas y los precios del petróleo, de fuertes repercusiones económicas globales y de astronómicos costes bélicos.
Más de cien días después, el fin de las hostilidades debería estar al caer: lo necesitan los iraníes, pese a sus misiles y sus mentiras, porque están ahogados por el corte de exportaciones de petróleo y la correspondiente interrupción de la producción; y lo necesita Trump, con unas complicadas elecciones legislativas en noviembre, para tratar de que baje el precio de la gasolina y la inflación no siga subiendo: ahora mismo está en su peor momento de los tres últimos años.
Pero el alto el fuego no acaba de llegar: el presidente anunció que estaba a un par de semanas del final hace más de dos meses, el 7 de abril, y, en total, han sido casi 40 las ocasiones en las que ha reiterado que el acuerdo estaba prácticamente hecho. «La guerra se acabará rápidamente». «Esta vez sí». «Ahora es diferente. Estamos a punto de cerrar una gran negociación». «Estamos muy cerca, a ver si los israelíes y los iraníes dejan de tirarse bombas, que lo van a estropear todo». Y así hasta el pasado lunes, cuando dijo que en las próximas dos semanas habrá «victoria total». Entre su cumpleaños y el 4 de julio, vamos. Antes, aún habrá episodios de combate como el del helicóptero derribado del martes, los misiles del miércoles y el anuncio de nuevos ataques, sin olvidar la particular guerra de Israel contra Hezbolá en el sur del Líbano.
En Ucrania, Trump está dejando hacer a su amigo Vladímir Putin, que asegura que la victoria es inevitable pese a que casi todos los datos indiquen lo contrario: en realidad, Putin está perdiendo el control de la situación, aunque sus bombardeos rusos sobre objetivos civiles siguen, noche tras noche.
Rusia está perdiendo la guerra: su economía se desangra, cada vez es más complicado reclutar carne de cañón para el frente y más difícil ocultar el descontento social. Ucrania ha tenido éxitos tácticos en el este del país, ocupado desde la invasión del 24 de febrero de 2022, y su superioridad en la guerra de los drones es manifiesta. La última humillación rusa ocurrió el pasado día 4, con ocasión del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, apodado «el Davos de Putin». Hasta allí —la ciudad natal del dictador— llegaron drones ucranianos de largo alcance, que hicieron impacto en una refinería y en una base naval. El Foro empezó con retraso entre el caos y el humo de los objetivos alcanzados.
El Kremlin no acepta negociar en términos justos, y así seguirá hasta que Washington diga basta. Netanyahu no acabará su operación en el sur del Líbano hasta que la multianunciada negociación con Irán no concluya. La negociación con Irán no acabará hasta que no concluyan los ataques, y lo ocurrido en las últimas horas no da mucho espacio al optimismo. Presidente Trump, hágase y háganos un favor a todos: disfrace como sea el resultado del conflicto con Irán, fuerce la mano del déspota del Kremlin y sople las velas. Y después, échese una siesta. La merecería.
