Primero incomodaron al viajero y ahora quieren seleccionarlo
¿Madrid quiere ser una capital abierta o una que solo funciona bien para quien puede pagar sin mirar?

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He viajado lo suficiente como para saber que una ciudad se conoce de verdad cuando uno puede habitarla sin pedir perdón por estar allí. No desde una burbuja, no como invitado oficial, no desde la asepsia de un folleto. Habitarla unos días como la habita la gente normal: con amigos o con hijos, con un presupuesto razonable, con ganas de caminarla, de desayunar en un bar cualquiera, de perderse un poco y de entender cómo respira de verdad.
Por eso me inquieta cada vez más una tendencia que empieza a extenderse por algunas ciudades europeas, y también por algunas españolas: el visitante corriente empieza a ser tratado como una incomodidad moral. No hablo del turista incívico, ni del que convierte un barrio en un parque temático, ni del que confunde libertad con barra libre. Hablo de algo mucho más normal y mucho más cotidiano: familias, parejas, pequeños grupos, viajeros de clase media, profesionales que se desplazan unos días, gente que quiere estar en una ciudad sin alojarse como un alto ejecutivo ni comportarse como si tuviera que justificarse por haber llegado.
Se habla mucho de ciudades globales, de talento, de proyección internacional, de grandes eventos, de modernidad. Pero una ciudad no se vuelve moderna porque anuncie una gran cita o porque salga bien en las fotos. Una ciudad se vuelve moderna cuando sabe absorber la mezcla humana que acompaña al éxito sin convertirla en una guerra cultural. Cuando entiende que la movilidad, la estancia y el viaje no son anomalías que haya que tolerar con gesto severo, sino parte natural de una sociedad abierta donde todos caben.
Lo que empieza a preocupar no es solo la regulación concreta de un sector o el enésimo debate sobre el turismo. Lo preocupante es algo más profundo: que viajar de manera normal y sencilla empiece a parecer sospechoso. Que dormir en una casa unos días con la familia, compartir alojamiento entre varios amigos o buscar una opción distinta al hotel de siempre empiece a ser presentado casi como una forma de abuso urbano. Como si la ciudad solo aceptara ya dos tipos de visitante: el de lujo, que no molesta porque paga mucho, y el institucional, que llega legitimado de antemano. Todos los demás pasan a ocupar una zona ambigua, una especie de limbo donde estar en la ciudad parece cada vez menos un derecho práctico y cada vez más un privilegio controlado.
Madrid tiene ahora una oportunidad magnífica para decidir qué tipo de capital y región quiere ser. Pero me temo lo peor. La Fórmula 1 traerá brillo, atención, negocio, escaparate. La visita del Papa, por razones muy distintas, volverá a poner a prueba la capacidad de la ciudad para acoger perfiles mucho más amplios, familiares y populares. Son dos acontecimientos opuestos en estética, en público y en simbología. Pero ambos obligan a responder a la misma pregunta: ¿Madrid quiere ser una ciudad abierta o selectiva? ¿Una capital que sabe acoger o una que solo funciona bien para quien puede pagar sin mirar?
Porque esa es la cuestión de fondo. Las malas políticas urbanas no expulsan a todo el mundo. Hacen algo más sutil: seleccionan. No cierran la ciudad del todo, pero la vuelven más cómoda para unos y más difícil para otros. No suprimen la mezcla, pero la encarecen y la empujan fuera del alcance de la gente corriente. Y una ciudad que empieza a filtrar por renta, aunque lo haga en nombre del orden, no se está volviendo más habitable. Se está volviendo más jerárquica.
Madrid haría mal en pensar que estas tensiones son un problema ajeno o una extravagancia barcelonesa. Su posición ante el turismo y su conocido como Plan Reside nacen con voluntad de ordenar, pero corren el riesgo de introducir una rigidez que choca con el relato de una ciudad abierta, dinámica y capaz de absorber grandes flujos. El problema de estas políticas no es solo lo que prohíben, sino la mentalidad que delatan: una ciudad que quiere el prestigio de las grandes citas, pero que se pone nerviosa ante las consecuencias materiales de ese prestigio. Quiere la foto de la capital global, pero no siempre acepta la complejidad humana de una capital global, que pasa también por alojarse en una casa en vez de en una habitación de hotel porque así lo requieren las circunstancias de algunos grupos de personas, como por ejemplo las familias numerosas.
«Una gran ciudad no está compuesta solo por vecinos estables y turistas premium. Está hecha también de estudiantes, profesionales temporales, médicos que tienen consultas puntuales»
Y esa complejidad no se gestiona simplificando el debate hasta convertirlo en una consigna. Una gran ciudad no está compuesta solo por vecinos estables y turistas prémium. Está hecha también de estudiantes, profesionales temporales, médicos que tienen consultas puntuales en la capital, docentes que de repente sacan una plaza en la capital, familias que se desplazan unos días, grupos que viajan juntos, asistentes a congresos, peregrinos, visitantes culturales, gente que entra y sale, que consume, que recorre, que da vida a barrios distintos y que no siempre cabe en el molde del hotel tradicional ni en la caricatura del «turista molesto». Cuando una ciudad empieza a desconfiar de esa mezcla y a no entender el perfil de sus visitantes, empieza a desconfiar de sí misma.
Barcelona debería servir de advertencia. Allí ya se ha visto cómo una ciudad que presume de marca global puede caer en la tentación de responder a una realidad compleja con decisiones de brochazo grueso. Y el resultado no es una ciudad más sabia, sino una ciudad más áspera, más cara e inclinada a convertir el viaje normal en una experiencia de obstáculos. Lo preocupante no es solo la regulación concreta. Lo preocupante es la filosofía que hay detrás: la idea de que la mezcla urbana es un problema que contener, en lugar de una realidad que hay que ordenar con inteligencia. Porque una ciudad sofisticada no es la que prohíbe más deprisa, sino la que distingue entre abusos concretos y usos legítimos, entre desorden real y simple incomodidad ideológica.
Hay una forma muy reveladora de medir la modernidad de una ciudad. No por el número de congresos que capta, ni por la potencia de su agenda cultural, ni siquiera por la espectacularidad de sus grandes eventos. Una ciudad moderna es aquella en la que una persona corriente todavía puede pasar unos días sin sentirse fuera de lugar. Sin que alojarse de forma flexible parezca una actividad bajo sospecha. Sin que viajar con normalidad se convierta en una práctica vigilada. Sin que la hospitalidad quede reservada, poco a poco, para los invitados VIP.
La gran trampa de nuestro tiempo es llamar modernización a lo que en realidad es una forma elegante de cierre. Se habla de ciudad global, pero a veces se legisla con miedo a la mezcla. Se presume de apertura, pero se sospecha del visitante común. Se venden al mundo eventos, marca y proyección, mientras se estrechan las condiciones que permiten a una ciudad ser realmente vivida por personas normales. Y eso no es progreso. Es una versión decorada del viejo impulso a controlar lo que no se quiere entender.
Madrid está aún a tiempo de elegir otra cosa. Puede optar por parecer una gran capital o por serlo de verdad. Puede abrazar la complejidad urbana con inteligencia, o puede caer en la tentación de tranquilizar el debate público a costa de volver la ciudad más rígida, más selectiva y menos hospitalaria. La Fórmula 1 y la visita del Papa no le exigen solo músculo logístico. Le exigen una idea de ciudad.
Y una ciudad no se vuelve grande cuando consigue que el mundo la mire. Se vuelve grande cuando el mundo puede entrar en ella sin sentirse, desde el primer minuto, sometido a una aduana social.
