THE OBJECTIVE
Tecnología

La CIA manejó durante años una pistola que disparaba infartos (ahora tienen algo mejor)

Los servicios de inteligencia manejan tecnología propia de novelas de ciencia ficción

La CIA manejó durante años una pistola que disparaba infartos (ahora tienen algo mejor)

Un senador estadounidense con la pistola.

En los últimos años, ha habido una extraña coincidencia en un corto periodo. Varios altos mandatarios han sufrido, padecido o incluso muerto de enfermedades graves contraídas casi al mismo tiempo. Dilma Rousseff un cáncer linfático y Luiz Inácio Lula da Silva otro de laringe en Brasil, Cristina Fernández de Kirchner en Argentina de tiroides, o Fernando Lugo en Paraguay, el mismo que Rousseff. Todos ellos pueden contarlo. Peor suerte tuvo Hugo Chávez en Venezuela; sus restos descansan desde 2013 en el Cuartel de la Montaña, donde fue enterrado. Nunca se dio información detallada de su dolencia, pero todo apunta a un cáncer de próstata. 

Las posibilidades estadísticas de que coincidan en el tiempo esta retahíla de dolencias en personajes tan señalados es extraordinaria. De ahí que exista diversos grupos que piensen que todo esto no son más que claros indicios de que han sido provocados por la mano del hombre. Todos los políticos citados son o han sido mandatarios de corte socialista, muy reivindicativos, enfrentados al poder estadounidense, y, por lo tanto, molestos y contrarios a muchos de los intereses del Tío Sam. De estos hechos los malpensantes e imaginativos conspiranoicos extraen una conclusión: han sido ‘avisos’, cuando no intentos de magnicidio camuflados de casual enfermedad, por obra de los servicios secretos americanos, la CIA. Se llega a esa conclusión por la vía rápida, porque los espías de Washington tienen antecedentes en la materia. 

Un senador estadounidense con la pistola de infartos.
Un senador estadounidense con la pistola de infartos.

La Guerra Fría sigue viva

El periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial que vivieron los dos bloques antagónicos, yankees y soviéticos, desembocó en la llamada Guerra Fría; un conflicto armado que nunca acababa de estallar únicamente porque los dos bandos se odiaban. Aquella época trajo inventos e ideas delirantes. Tanques de propulsión nuclear, una flota de bombarderos volando de forma permanente cargados hasta arriba de ingenios nucleares, satélites capaces de regar países con radioactividad, minas atómicas activadas por pollos, cohetes anclados a tierra para reducir la velocidad de giro del planeta, bases militares subterráneas en la Antártida o en la Luna, fumigar ejércitos con drogas alucinógenas… la lista es larga y repleta de ideas alocadas

Pero hubo un mecanismo especialmente pintoresco, por lo exótico: una pistola capaz de paralizar a sus víctimas. Se podía transportar con facilidad, podía ocultarse bajo una chaqueta, lo operaba una sola persona, su mecanismo era bastante sencillo, barata de construir, y lo mejor de todo: no dejaba rastro una vez cometida su misión. Basada en un Colt 1911, disponía de una aparatosa mira telescópica para apuntar. La explicación residía en que sería capaz de lanzar su munición a distancias superiores a cien metros. En realidad, la pistola no disparaba un extraño rayo invisible propio de una película de ciencia ficción, sino algo más mundano, pero de igual manera efectivo. 

Historia de una idea

Fue la División de Operaciones Especiales de Fort Detrick la que recibió el encargo de desarrollar una pistola capaz de lanzar dardos envenenados. La idea inicial era la de neutralizar perros y animales de vigilancia, y dejarlos dormidos o aturdidos durante lo que durase una misión. El dardo y el veneno no dejaban rastro, por lo que un examen forense no revelaría que los cánidos habían sido puestos fuera de combate de forma antinatural. La CIA encargó medio centenar de estas armas y se sabe que las utilizó de forma operativa.

La historia da un giro más aterrador cuando en una audiencia en el Congreso, uno de los responsables del proyecto llamado Charles Senseney, soltó la bomba: estos dardos podrían haber sido usados, y de forma letal, en personas. Se sabe que a principios de los años 70, la CIA estuvo desarrollando un veneno, una suerte de agente nervioso que provocaba un infarto fulminante en sus víctimas. No solo eso, sino que apuntaba con su dedo acusador a los servicios secretos como posibles ejecutantes de actos en este sentido. 

La pistola de dardos estadounidense.

Venenos naturales sin huella

Basado en toxinas procedentes del marisco y el veneno de las cobras, la sustancia no dejaba rastro perceptible de manera externa en la víctima. Para dar con ellas era necesario que se realizase una autopsia con pautas muy poco habituales y poder comprobar la presencia de estos elementos en particular. Debido a su velocidad, el dardo de esta arma podía atravesar la ropa y no dejar más rastro que un diminuto punto rojo en la piel. Al ser penetrado por el dardo mortal, la persona objeto del asesinato, sentiría algo parecido a la picadura de un mosquito. La flecha ponzoñosa, disparada en forma congelada albergando el tóxico líquido, se desintegraría por completo al entrar en el organismo del objetivo. Acto seguido, el veneno letal viajaría por el torrente sanguíneo y provocaría un ataque al corazón. Una vez producido el daño, el veneno se corrompería rápidamente, lo que haría muy improbable que una autopsia lo detectase; el infarto pasaría por ser un hecho natural.

Senseney confesó todos estos detalles durante las audiencias del llamado Comité Church, en 1975, pero para los servicios secretos aquello no era más que una manera de hacer público algo muy conocido a nivel interno. En 1961, el asesino profesional del KGB Bogdan Stashinskiy desertó a Occidente, y reveló que había llevado a cabo con éxito misiones de este tipo. En 1957 mató en Alemania al escritor ucraniano Lev Rebet con una pistola de vapor venenoso que dejó a la víctima muerta de un aparente ataque al corazón. En 1959, usó el mismo método para mandar al otro barrio al líder de la emigración ucraniana Stepan Bandera, del que siempre hubo sospechas de lo poco natural de su defunción, aunque nunca pruebas. Pero todo esto deja una pregunta en el aire:

¿Se puede provocar cáncer a una persona?

La respuesta parece ser que sí. El dictador caribeño Fidel Castro recomendaba a Hugo Chávez, que disfrutaba en sus baños de multitud, que no se acercase tanto a la gente. Sus seguidores le tocaban, y el cubano temía una jugarreta a través de esa vía. Nunca sabremos si el Comandante adivinó el futuro de Chávez, pero si sabemos que sí es posible la infección de un cáncer, aunque no es fácil. 

En 1931, el patólogo del Instituto Rockefeller de Investigación Médica Cornelius Rhoads, realizó en Puerto Rico experimentos relacionados. Infectó con células cancerosas a humanos (sí, humanos) y trece de ellos padecieron la enfermedad hasta morir de forma prematura. Un médico local descubrió sus experimentos, a pesar de los intentos por parte del espeluznante galeno de ocultar sus experimentos. Más tarde se supo que participó en más experimentos en las instalaciones de Guerra Biológica del Ejército de EE. UU. situados en la misma isla. 

La lúgubre carrera del tal Rhodes siguió en Fort Detrick, Maryland, en el oscuro Departamento de Guerra Biológica del Ejército de EE.UU. Se sabe que sus últimos pasos conocidos se encaminaron hacia la Comisión de Energía Atómica, donde ejecutó experimentos de exposición a la radiación en soldados estadounidenses y pacientes de hospitales civiles. Si existe un émulo yankee del doctor Mengele, bien podría ser este. 

¿Y hoy qué?

Lo más preocupante del tema es que se desconoce si aquellos experimentos tuvieron continuidad, y hay quien sospecha que sí. Una de estas personas es la senadora por Iowa Joni Ernst, que ha preguntado en más de una ocasión al gobierno acerca del asunto. Su temor es que en el arsenal de los EEUU haya agentes nerviosos capaces de matar o al menos incapacitar a grupos sociales basándose en su etnia, raza o alguna adscripción como tipo de sangre o firma de ADN, que alguna tecnología sea capaz de discriminar. 

Es más. Los más conspiracionistas de todos han querido ver una mano negra o un aviso en un incidente protagonizado por la senadora el pasado 30 de noviembre del este 2023, por andar preguntando lo que no debe. La versión oficial es que durante una comida de trabajo se atragantó con un filete de cerdo, y otro senador llamado Rand Paul le realizó la Maniobra de Heimlich. Oftalmólogo de formación, Paul fue consciente de la situación y actuó con premura, con la fortuna de que todo quedó en un susto sin más. 

Lo que a lo mejor no queda en un susto es una tecnología que se sabe o al menos se sospecha, manejan los servicios secretos y basada en haces de microondas disparados hacia personas. El resultado que es capaz de lograr es influir en el ritmo cardíaco, la presión sanguínea o la dilatación vascular. Las investigaciones han descubierto que el cerebro tiene frecuencias muy concretas para cada movimiento voluntario, llamadas series preparatorias. Disparando al pecho de una víctima con un haz de microondas que contenga las señales de tipo ELF, se puede poner al corazón en un estado de caos, lo que le conduciría a un infarto. Con un dispositivo como este, ya nadie necesita una pistola. Ni los venenos. 

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D