Elon Musk prepara Blindsight: el implante que te permite ver sin tener ojos
Neuralink acaba de levantar 650 millones de dólares y se espera que a finales de 2026 comiencen los primeros ensayos

El magnate tecnológico Elon Musk. | Britta Pedersen (Europa Press)
El magnate del sector tecnológico quiere que el cerebro aprenda a ver sin depender de los ojos. Ese es el objetivo de Blindsight, la prótesis visual con la que la compañía de Elon Musk pretende abrir una nueva etapa en los implantes cerebrales. No solo se trata de leer señales neuronales, sino de introducir información nueva en la mente humana.
El proyecto recibió la designación breakthrough device —lit.: «dispositivo innovador»— de la FDA, una vía que acelera la revisión de dispositivos médicos destinados a tratar enfermedades graves, aunque no equivale a una aprobación comercial. A pesar de su propuesta innovadora, el debate sobre la privacidad y comercialización de datos está muy presente en este tipo de proyectos.
Blindsight no tiene precio oficial. Las estimaciones conocidas sobre intervenciones de Neuralink, no de esta prótesis visual, hablan de costes internos cercanos a los 10.500 dólares (9.029 euros al cambio) y de unos 40.000 dólares (34.398 euros) por cirugía para aseguradoras.
De controlar un cursor a crear una imagen
En el ámbito de la captación de fondos, el pasado 1 de junio, la neurotecnológica anunció la financiación de 650 millones de dólares (558.971 millones de euros al cambio) en una ronda Serie E después de haber implantado ya sus chips cerebrales en cinco pacientes humanos con parálisis.
Hasta ahora, el gran avance de Neuralink ha sido Telepathy. El implante, ubicado en la corteza motora, permite a personas con parálisis controlar ordenadores, videojuegos o dispositivos digitales con el pensamiento. Ese sistema lee la actividad cerebral y la convierte en órdenes. Blindsight no recibe una intención del cerebro, sino que intenta enviarle una señal. El objetivo es estimular directamente la corteza visual, la zona del cerebro que procesa lo que vemos, para generar percepciones luminosas artificiales.
Por eso Musk ha afirmado que el dispositivo podría ayudar incluso a personas que han perdido ambos ojos o, incluso, el nervio óptico, siempre que la corteza visual siga intacta. La promesa es enorme, pero la primera versión no se parecería a recuperar la vista de golpe. Sería una visión artificial, probablemente de muy baja resolución, más cercana a patrones, destellos o bordes que a una imagen natural.
El cerebro no es una pantalla
El sistema partiría de una cámara externa, que podría estar integrada en unas gafas. Esa cámara captaría el entorno y un procesador tendría que traducir la escena en señales útiles, como siluetas, letras grandes, movimiento u obstáculos.
Después, esa información se enviaría de forma inalámbrica al implante. Una matriz de microelectrodos —dispositivos en miniatura— estimularía la corteza visual para provocar fosfenos, pequeñas percepciones de luz que el cerebro tendría que aprender a ordenar con el tiempo.
Ahí está el gran reto. Aunque se aumente el número de electrodos, la imagen puede seguir siendo confusa si la estimulación no respeta la forma en que el cerebro organiza la visión. Por eso, Blindsight tendría que enseñarle al cerebro un nuevo idioma visual.
Primeros ensayos
La prótesis parece más prometedora para personas con ceguera adquirida, es decir, pacientes que vieron durante años y después perdieron la visión por traumatismos u otras lesiones. En estos casos, el cerebro ya aprendió a ver y conserva parte de su mapa visual. En personas ciegas de nacimiento, el resultado es más incierto, porque la corteza visual puede haberse reorganizado.
Actualmente existen otros proyectos similares. La Universidad Miguel Hernández de Elche ha mostrado el caso de Miguel Terol, que recibió 100 microelectrodos y logró percibir luz, movimiento, objetos y letras grandes. También el Illinois Institute of Technology trabaja con una prótesis visual intracortical de 544 electrodos.
El cerebro es un gran dato
La compañía aspira a ingresar alrededor de 1.000 millones de dólares (859.956 millones de euros) anuales en 2031 mediante la comercialización de al menos tres familias de implantes neuronales activos. Sin embargo, existen riesgos clínicos y éticos abiertos. La integración de microelectrodos en el cerebro podría provocar alteraciones tanto en el tejido como crisis epilépticas.
En paralelo, la conexión entre implantes, cámaras externas e inteligencia artificial reabre el debate de la privacidad. ¿Quién sería el encargado de controlar esos datos, y hasta qué punto se podrían utilizar con fines comerciales, sin un consentimiento realmente claro?
