Uno de los verbos peor utilizados de este país es el de «blindar».
Se conjuga con diferentes complementos directos (la vivienda, la luz, el agua o las pensiones) y el sujeto suele ser el mismo: un político de izquierdas dispuesto a impulsar las leyes necesarias para que a los ciudadanos no nos falte de nada. Y yo se lo agradezco de todo corazón, pero me temo que no son asuntos que se solucionen a golpe de decreto.
Blindar la vivienda no va a aumentar su oferta, y probablemente la reduzca. Lo mismo ocurre con la luz y el agua: si no cobras nada por ellas, ¿cómo vas a remunerar a las compañías que las suministran?
En cuanto a las pensiones, proclamarlas blindadas no va a aumentar el número de trabajadores ni sus salarios. Si, además, tienes menos cotizantes por pensionista y tus jubilados son cada vez más longevos, solo podrás mantener el nivel de prestación de tres maneras: subiendo los impuestos, endeudándote más o recortando de otros gastos.
Eso es exactamente lo que estamos viendo.
El sector público español debe hoy más dinero que nunca, la presión fiscal es casi seis puntos porcentuales mayor que en 2010 y asistimos a un abandono general de todo tipo de servicios: la sanidad, la educación, el transporte…
El profesor y colaborador de esta casa Benito Arruñada dice que en España no vemos las leyes como instrumentos que facilitan la convivencia, sino como mecanismos que directamente configuran la realidad. El remedio a cualquier mal pasa por promulgar una nueva norma. Basta con tener voluntad política y exigirlo con la suficiente intensidad.
Es un resto de esa mentalidad mágica en virtud de la cual el hombre de Altamira pintaba en la pared de sus cavernas un bisonte para atraerlo y cazarlo cómodamente al día siguiente.
No sé si lo han probado ustedes, pero no funciona.




