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María Fernanda Di Giacobbe: "El cacao es la identidad del ser venezolano"

Tal Levy

Es una enamorada del cacao venezolano y todo lo que representa, más allá de ser emprendedora, cocinera, maestra chocolatera, investigadora, docente, autora, sembradora de conciencia. Entre más de 110 candidatos de 30 países, María Fernanda Di Giacobbe se hizo merecedora del Basque Culinary World Prize, galardón que reconoce iniciativas transformadoras a través de la gastronomía y la cocina, gracias a su labor como insigne promotora del cacao que ha capacitado a microempresarias del chocolate en comunidades rurales de Venezuela.

Esta coartífice del primer diplomado en Gerencia del Cacao y el Chocolate para la Universidad Simón Bolívar, que ha escrito libros como Cacao y chocolate en Venezuela y Bombones venezolanos, ha emprendido con éxito diversas iniciativas entre las que destaca Cacao de Origen, un espacio de encuentro que persigue la investigación y la preservación del cacao y que cuenta con su laboratorio “Bean to Bar” para convertir el cacao originario en tabletas de chocolate, y Kakao, que es mucho más que una tienda de bombones venezolanos. Pero dejemos sea ella, María Fernanda Di Giacobbe, también ganadora del Gran Tenedor de Oro 2015 (el mayor reconocimiento que se otorga a los chefs en Venezuela), quien tome la palabra.

El presidente del jurado del Basque Culinary World Prize, Joan Roca, destacó que María Fernanda Di Giacobbe refleja el paso que puede dar la cocina de ciencia a conciencia (Foto Gorka Estrada / EFE)
El presidente del jurado del Basque Culinary World Prize, Joan Roca, destacó que María Fernanda Di Giacobbe refleja el paso que puede dar la cocina de ciencia a conciencia (Foto Gorka Estrada / EFE)

¿Qué ha significado ser la ganadora de la primera edición del Basque Culinary World Prize, otorgado por un jurado tan prestigioso, y qué iniciativa impulsará con los 100 mil euros del galardón?

Fue una especie de visión del universo en la que vi el mapa de Venezuela sembrado todo de cacao y un gran grupo de gente caminando con sus mazorcas de cacao en la mano, con sus tabletas, con sus bombones. Fue una luz que nos decía: Van por buen camino, aquí tienes este apoyo. Y de allí todo lo que hemos ido construyendo día a día ha tenido un efecto no sólo multiplicador, sino aceleradísimo.

El premio hizo que nuestro mensaje que venía bajo tierra, uniendo raíces de las plantas de cacao con el espíritu de las mujeres emprendedoras, se hiciera público. Desde 2004, cuando montamos Kakao bombones venezolanos, hemos ido a muchas comunidades cacaoteras a enseñar a hacer lo que es un bombón relleno de todos los frutos que hay en el jardín, con las recetas antiguas de la dulcería criolla venezolana y nuestros ingredientes, nuestros licores, nuestra manera de cocinar.

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Kakao con “K” es mucho más que un concepto gráfico (Foto Julio Osorio)

Todo lo que hemos venido haciendo se está transformando en una escuela formal para las emprendedoras del chocolate. Se está consolidando un movimiento muy fuerte, que ahora tiene un aval internacional; hay más de 15 mil personas trabajando en esto. Venezuela es rescatable a través del cacao. El premio permitirá que la escuela que queremos montar, en vez de construirse lentamente, se haga muy rápido.

¿Cómo se llamará la escuela?

Cacao de Origen Escuela para Emprendedores. Ya tenemos hasta el logo diseñado, los empaques, y acuerdos con fabricantes de máquinas en Estados Unidos y en otros países de Europa.

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Hacer chocolate es todo un arte (Foto Gabriela Medina)

El chef Joan Roca, quien presidió el jurado del Basque Culinary World Prize, afirmó: “La ganadora refleja el paso que puede dar la cocina de la ciencia a la conciencia. En torno a un símbolo gastronómico como el cacao, articula esfuerzos que inciden positivamente en toda la cadena que involucra el chocolate. Es además un ejemplo inspirador, que refleja el poder que puede ser la gastronomía, independiente de cuán complejo sea el contexto. Los chefs sí pueden marcar la diferencia”. ¿Cuál ha sido el principal motor de María Fernanda di Giacobbe?, ¿cómo ha afectado su labor la difícil situación que vive Venezuela?

Dices mi nombre, pero hay que ponerlo en plural. Somos mucha gente, sobre todo muchas mujeres y lo que nos inspira es el trabajo de esas productoras de cacao que hoy tienen 80, 70, 60 años, que saben el tesoro que tienen en sus manos y que no han parado por ningún motivo a pesar de la situación de seguir haciendo su trabajo con el empeño, la sapiencia y el tesón de siempre. Nos inspira el amor por un país que es absolutamente maravilloso y esa identidad venezolana porque, si bien está muy golpeada y fracturada, aquí no hay nadie que haya perdido la sonrisa. Este tema del cacao y el chocolate nos une porque representa nuestra historia, porque todo lo que es el cultivo del cacao nos ha narrado lo que hemos sido como país.

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La idiosincrasia del venezolano es tan diversa como el cacao (Foto Susana González / Reuters)

¿Se pudiera afirmar que el cacao le da identidad al ser venezolano?

No, no le da; es la identidad del ser venezolano. Nosotros somos igualitos al cacao, mestizos. Cuando tú ves una plantación de cacao venezolano estás viendo un auditorio lleno de venezolanos, donde hay gente morena, rubia, blanquita, pelirroja, amarilla, de todos los colores juntos en un país que no ha tenido nunca, a pesar de todos sus gobiernos, límites para recibir a gente de otros lugares. El cacao nos da una manera de ser que hay que celebrarla, respetarla y seguirla promocionando.

El venezolano tiene en su lengua las papilas gustativas del mundo; hemos recibido ingredientes, técnicas de cocción, recetas, de todo el mundo y eso es lo que conforma nuestra identidad. Una mezcla que ha sido ilimitada y por eso es que nosotros somos tan globales como seres humanos. En Venezuela los límites se vencieron por el mestizaje, pero se vencieron en nuestra fisonomía, en nuestra mesa, en nuestra cultura. Y eso nos da una manera de ver el mundo muy distinta. En vez de ser eso un punto de pretensión, es un punto muy fuerte de una idiosincrasia que es bien biodiversa, como el cacao en Venezuela.

Estudió Arte, Filosofía y Letras en la Universidad Central de Venezuela, ¿qué le motivó a dar el salto a la cocina?

En mi familia todos son gastronómicos, porque todos son reposteros, cocineros, desde mi abuela, que fundó en los años 40 una pequeña tienda a las puertas de su casa donde vendía frutas, verduras, aves. Para nosotros lo difícil era llegar a la universidad porque era una casa en la que lo que se hacía era hablar de ingredientes y cocinar. Todo el tiempo se me dijo a mí y a mi generación: Estudien para que no sean cocineros. Haber pasado por la universidad me sirvió para regresar a las cosas que eran absolutamente normales en mi casa, como lo era cocinar, con una visión ya más académica, con un lenguaje distinto.

Es muy bonito que toda esa generación que fuimos a estudiar regresamos a la cocina y ver hoy a mi madre y a todas mis tías, que rondan los 80, los 90 años, contentas de que hayamos convertido el oficio de la casa en una profesión que es próspera, que se convierte en negocios gastronómicos, en restaurantes, en cafés, en chocolaterías, que da trabajo a muchas personas y que ha sido reconocida dentro y fuera de Venezuela.

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María Fernanda Di Giacobbe no estudió en una escuela formal de cocina, sino que aprendió de las mujeres tanto de su familia como de zonas cacaoteras (Foto Julio Osorio)

¿Cómo es su relación con los alimentos y el cacao?, ¿pudiera decirse que es un tanto mágico-religiosa?

Sí. Yo no estudié cocina formalmente en un instituto, sino que aprendí de muchas mujeres, de las mujeres de mi casa y de lugares cacaoteros como Barlovento. Todas ellas tienen una relación con los ingredientes en la que, por ejemplo, se santigua un aguacate antes de abrirlo, hay una conexión directa con la tierra, con la familia. Cuando tú escuchas a las mujeres de Chuao hablar de su plantación, se refieren a sus hijos, porque las plantas de cacao son sus hijos.

Tú entras a nuestras cocinas, a nuestros cafés y ves a cantidad de mujeres que escogen los granos, que cuentan sus problemas alrededor de la mesa de trabajo, con horarios que son mucho más flexibles y humanos que en un hotel 5 estrellas, donde hay puros hombres en la cocina y en el que todo el mundo tiene que estar en silencio, parado, trabajando 12 horas. Nosotros trabajamos con mujeres, ellas llevan a sus hijas a trabajar, a sus hermanas, a sus tías, y es un ambiente muy familiar, muy parecido al de las cocinas latinoamericanas. Nuestro interés es cambiar la realidad de un grupo de familias para que todos vivamos mejor.

Estoy muy emocionada porque llevamos 30 años diciendo que hacemos negocios prósperos que no caben en una página de Excel porque cuando lo ve un contador, sobre todo si es varón, no entiende que nosotros con todo ese dinero compremos una moto para una chica o un coche para una señora que cocina con nosotros o la cuota inicial de una vivienda. Son negocios absolutamente orgánicos y flexibles.

Todos los que hemos estado juntos hemos vivido mejor y hemos logrado traspasar todas esas barreras y hacer puente entre un abismo a veces social, sobre todo con este gobierno que ha sido muy duro en separar a ricos de pobres, a empresarios de trabajadores. Nuestro tipo de emprendimiento es todos juntos: todos juntos pagamos la cuenta, todos juntos vamos adelante, todos juntos compramos una casa y todos juntos de todos los colores tenemos un mensaje, un plato o un bombón que dice: Somos Venezuela.

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“El interés es cambiar la realidad de un grupo de familias para que todos vivamos mejor”, afirma la maestra chocolatera venezolana (Foto Julio Osorio)

Hace más de una década hizo un viaje a Barcelona que le marcó…

Sí. Nosotros habíamos logrado ser cocineros muy prósperos con nueve cafés en distintos lugares de Caracas. Incluso, por primera vez, teníamos una tienda, Soma Café, en Las Mercedes, que es así como el tope, el hito de la gastronomía en Caracas. En 2002 hubo un paro nacional y nosotros nos sumamos porque el gobierno de Hugo Chávez había perdido el rumbo o quizá nunca había tenido un norte en pro del bienestar de todo un país. Eso hizo que nos sacaran del Centro de Arte La Estancia, del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, y nosotros decidimos irnos del Ateneo de Caracas por razones políticas. A la Paninoteka y la Empanadoteka, al estar frente a la sede de la petrolera estatal PDVSA, como esa calle fue cerrada durante ocho meses, no podíamos acceder ni nosotros como trabajadores ni los clientes.

Todos los negocios quebraron y sólo nos quedamos con el de Las Mercedes. Teníamos 110 personas que trabajaban con nosotros y no teníamos dinero para pagarles el finiquito. Quedaba un solo café que tenía que pagar todas las deudas. Entonces, mi amiga Matilde Sánchez, que fue la arquitecta de muchos de nuestras tiendas, me invita a Barcelona y me dice que debía salir porque no iba a poder superar todo eso si no lo veía desde otro punto de vista.

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En la tienda Kakao, recetas enraizadas en la tradición se conjugan con innovaciones gastronómicas para hacer un bombón con sabor a Venezuela (Foto Julio Osorio)

¿Y qué fue lo que sintió al visitar en Barcelona la chocolatería Cacao Sampaka y leer: Todos los productos de nuestra chocolatería se hacen con el mejor cacao del mundo, cacao venezolano?

Un venezolano que es un genio del canto, Iván García “El Negro”, fue quien me llevó en Barcelona a merendar a Cacao Sampaka. Me dijo: Te voy a quitar esa tristeza con chocolate. Y allí al leer esas palabras y ver la foto de la iglesia de Chuao pensé: Pero ¿qué estoy haciendo yo aquí?, tengo que volver a Venezuela y montar un concepto gastronómico en torno al producto más importante que tiene el país.

Regresé y empezamos a reunirnos con mi madre, con mis tías, con cocineros como Héctor Romero, Sumito Estévez, María Elisa Romer, a hablar de la importancia del cacao en Venezuela. Queríamos incorporar la dulcería criolla dentro del concepto del bombón. Nos sentamos a diseñar un concepto gastronómico que ensalzara las bondades del cacao venezolano, que supiera a Venezuela y que pudiera competir internacionalmente en bombonería.

De allí nace Kakao, escrito con dos “K” para hacer referencia a nuestra identidad indígena, porque muchas de las palabras indígenas se escriben con “K”; y también por repetir la experiencia exitosa de la Paninoteka, que había sido escrita con K para diferenciarla del concepto italiano y llevarla a un plano venezolano. La Paninoteka fue un negocio próspero que nos enseñó mucho, porque ya hace 30 años manejábamos, sin saberlo, unos conceptos que hoy podemos decir que eran de gastronomía transformadora, de Kilómetro Cero y de muchas más cosas que no sabíamos cómo se llamaban.

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Para María Fernanda Di Giacobbe, el cacao es un fruto que une a Venezuela como nación (Foto Julio Osorio)

Estuvimos trabajando todo el 2003 en el concepto y abrimos en el 2004 la bombonería. Hoy, 12 años después, te puedo contar que la primera vez que una persona probó en la tienda el bombón de parchita con aguardiente dijo: Me siento en Playa Grande, en Choroní. En ese momento supimos que teníamos que darle a los bombones los nombres de todos los pueblos, regiones, ciudades de Venezuela, porque este es un concepto venezolano que tiene la posibilidad de llevar a la persona a su infancia, a sus recuerdos, a una zona del país.

Fue un camino que nos llevó a las plantaciones, que nos hizo conocer a los productores de cacao y que nos dio una iluminación de saber que el cacao es un ingrediente y un fruto que nos une como nación, y que debemos trabajar todos los días por restaurar nuestras plantaciones, por revelar las bondades de las semillas del cacao, que es nuestra herencia y nuestro tesoro.

Todo eso, años después, se convierte en Cacao de Origen, un lugar de encuentro donde van productores, chocolateros, estudiantes de cocina, emprendedoras del chocolate, científicos, estudiosos y comelones de chocolate para entender las bondades del cacao venezolano, pues el cacao es el fruto que narra toda nuestra historia y el fruto que es capaz de unir a Venezuela desde Zulia hasta Sucre, desde Caracas hasta Amazonas, en un solo país que pueda echar hacia adelante, que sea próspero y que tenga un mensaje muy claro al mundo como el país con la mayor diversidad de cacao del planeta.

Continúa leyendo: Estas son las 41 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017

Estas son las 41 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017

Redacción TO

Foto: Marcos Brindicci
Reuters

Se confirma la muerte de otra mujer en España. No conocemos su nombre, pero tenía 66 años y vivía en Rubí, muy cerca de Barcelona. La asesinó presuntamente su expareja, que fue detenida horas más tarde.

Su nombre se suma a una larga lista de víctimas que, ya en el último trimestre del año, alcanza las 41 mujeres asesinadas. En 2016 fueron 44. Desde 2003, 912. Los datos pertenecen al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Los números podrían ser más alarmantes, según el portal Feminicidio.net, que aporta información sobre sus identidades y circunstancias.

Estas son las mujeres asesinadas por sus parejas desde el pasado 1 de enero en España:

1 de enero:

Matilde Teresa de Castro. 40 años. En Rivas Vaciamadrid (Comunidad de Madrid). Había denunciado y tenía una orden de protección activa; su pareja la quebrantó por consentimiento mutuo.

Identidad desconocida. 25 años. En Madrid (Comunidad de Madrid). Deja un hijo huérfano.

14 de enero:

Blanca Esther Marqués Andrés. 48 años. En Burlada (Navarra).

15 de enero:

Antonia García Abad. 33 años. En Huércal de Almería (Almería, Andalucía).

27 de enero:

J.D.L.M. 40 años. En Seseña (Toledo, Castilla-La Mancha). Había denunciado. Deja un hijo huérfano.

29 de enero:

Virginia Ferradás Varela. 55 años. En O Carbaliño (Orense, Galicia).

5 de febrero:

Cristina Martín Tesorero. 38 años. En Mora (Toledo, Castilla-La Mancha).

7 de febrero:

Carmen González Ropero. 79 años. En Suria (Barcelona, Cataluña).

11 de febrero:

Laura Nieto Navajas. 26 años. En Seseña (Toledo, Castilla-La Mancha).

13 de febrero:

Ana Belén Ledesma. 46 años. En Daimiel (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

19 de febrero:

Margaret Stenning. 79 años. El Campello (Comunidad Valenciana).

21 de febrero:

Gloria Amparo Vásquez. 48 años. En Valencia (Comunidad Valenciana). Deja una hija huérfana.

Dolores Correa. 47 años. En Gandía (Valencia, Comunidad Valenciana). Había denunciado y tenía una orden de alejamiento activa.

22 de febrero:

Identidad desconocida. 91 años. En Villanueva del Fresno (Badajoz, Extremadura).

Leydi Yuliana Díaz Alvarado. 34 años. En Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona, Cataluña). Había denunciado y tenía orden de alejamiento activa. Deja a cinco hijos huérfanos.

1 de marzo:

Erika Lorena Bonilla Almendárez. 32 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

29 de marzo:

Ana María Rosado. 42 años. En Campo de Criptana (Ciudad Real, Castilla-La Mancha).

31 de marzo:

Yurena López Henríquez. 23 años. En Telde (Las Palmas, Canarias).

1 de abril:

María Victoria Zanardi Maffiotte. 44 años. En La Laguna (Tenerife, Canarias).

10 de abril:

Andra Violeta Nitu. 24 años. En El Alquián (Almería, Andalucía).

16 de abril:

María Rosario Luna Barrera. 39 años. En Alcolea del Río (Sevilla, Andalucía). Deja una hija huérfana.

21 de abril:

Rosa. 45 años. En Barcelona (Cataluña).

2 de mayo:

Raquel López Airas. 45 años. En Alcobendas (Madrid, Comunidad de Madrid).

12 de mayo:

Eliana González Ortiz. 27 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

27 de mayo:

Susana Galindo Morena. 55 años. En Madrid (Comunidad de Madrid).

Valentina Chirac. 37 años. En Collado Villalba (Comunidad de Madrid). Deja una hija huérfana.

28 de mayo:

Beatriz Ros. 31 años. En Molina de Segura (Región de Murcia).

13 de junio:

Encarnación García Machado. 55 años. En Las Gabias (Granada, Andalucía).

24 de junio:

Encarnación Barrero Marín. 39 años. En Sevilla (Andalucía). Había denunciado y tenía una orden de alejamiento activa. Deja varios hijos huérfanos.

25 de junio:

Fadwa Talssi. 29 años. En Salou (Tarragona, Cataluña).

15 de julio:

Mari Carmen Carricondo Reche. 66 años. En Huéscar (Granada, Andalucía).

16 de julio:

Irina G. 38 años. En Valencia (Comunidad Valenciana).

2 de agosto:

María Raquel Castaño Fenoll. 63 años. En Getafe (Comunidad de Madrid).

5 de agosto:

Ana Belén García Pérez. 38 años. En Santa Cruz de Tenerife (Canarias).

16 de agosto:

Catalina Méndez García. 48 años. En Totana (Región de Murcia).

24 de agosto:

María Sofía Tato Pajares. 42 años. En Arroyo de la Luz (Cáceres, Extremadura). No solicitó orden de alojamiento. Deja dos hijas huérfanas.

25 de septiembre:

Rosa María Sánchez Pagán. 20 años. En Canteras (Cartagena, Región de Murcia). Había denunciado.

28 de septiembre:

Noelia Noemí Godoy Martínez. 32 años. En Sestao (Vizcaya, País Vasco).

1 de octubre:

Felicidad Bruhn. 25 años. En Barcelona (Cataluña). Deja una hija menor huérfana.

3 de octubre:

Ana Belén Jiménez. 44 años. En Miranda de Ebro (Burgos, Castilla y León). Deja un hijo menor huérfano.

14 de octubre:

Identidad desconocida. 66 años. En Rubí (Barcelona, Cataluña).

Estas son las 40 mujeres asesinadas por sus parejas en España en 2017 1
MAPA ELABORADO POR THE OBJECTIVE. | FUENTE: MINISTERIO DE SANIDAD, SERVICIO SOCIALES E IGUALDAD

Este mapa de 2017 evidencia aquellas regiones donde se han producido más casos. Así, la Comunidad de Madrid lidera la lista con 8 feminicidios, y le siguen Cataluña y Andalucía (6),  Castilla La-Mancha (5), Comunidad Valenciana (4), Canarias y Región de Murcia (3), Extremadura (2) y País Vasco, Navarra, Castilla y León y Galicia (1).

Continúa leyendo: Las voces de los españoles en Venezuela

Las voces de los españoles en Venezuela

Lidia Ramírez

Foto: Harold Escalona
The Objective

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los españoles éramos los extranjeros. Con no mucho más que un petate lleno de atuendos y recuerdos muchos de nuestros abuelos se vieron obligados a abandonar España huyendo de la Guerra Civil y posterior dictadura. Los archivos demográficos recogen que fueron más de medio millón de personas las exiliadas. Los principales países de destino fueron Francia, México y Argentina, pero importantes grupos también fueron amparados en otros países europeos y americanos como Venezuela, país que a día de hoy alberga a 180.497 españoles, 7.528 inscritos menos respecto a 2016, según datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, actualizados el pasado mes de enero.

Venezuela, “el país de las oportunidades”, “el paraíso terrenal”, “el de la gente amable, sonriente, feliz…”. Una nación que durante 40 años (1959 a 1999), fue una democracia ejemplar y un país muy próspero al que inmigrantes de todo el mundo acudían en busca de trabajo. Hoy, casi dos décadas después, ¿qué queda de ella tras años de corrupción, miseria y muerte? Para muchos nada, y es que el aparente resultado de las elecciones regionales en Venezuela este pasado domingo muestra que cualquier esperanza de un desenlace bienaventurado de la crisis a corto plazo es ya lejana. Sin embargo, son muchos los que se agarran con fuerza a los recuerdos sin perder la esperanza de recuperar al país que un día les tendió la mano, porque hoy son ellos los que prometen no soltarlo.

María del Pilar Puig, 66 años.

Nacida en Chelva, Valencia | 59 años en Caracas, Venezuela

Española de sangre y venezolana de corazón, abandonó España con tan sólo seis años, en el año 1958, “por razones política y económicas evidentes”, nos cuenta emocionada con voz entrecortada a través del teléfono. “Mi padre era republicano, no teníamos otra opción que salir de nuestra España”.

Su primer recuerdo de su llegada a Venezuela: “Gente sonriendo, muy feliz. Los venezolanos se reían muchísimo, era un contraste muy grande con los recuerdos que yo tenía de España”. Y es que por aquel entonces María del Pilar dejaba atrás la España franquista.  “Allí dejaba gente desolada, eran malos tiempos para el país”. Sin embargo, no los eran en Venezuela, la cual María del Pilar define por entonces como “la tierra de la abundancia”. Algo que contrastaba con la España de los 50, la del hambre, el atraso y la pobreza. Un país donde “no existía el futuro, solo la miseria”, recuerda. Ahora esa estampa parece repetirse en el día a día de esta española, pero en un país diferente y por situaciones distintas.

Entre tanta destrucción -económica y social- María del Pilar destaca la violencia delincuencial del país venezolano. “La violencia se usa como un mecanismo de estado, no hay ninguna seguridad, han tomado el país”, cuenta, y agrega: “El deterioro de la vida en estos últimos años de Maduro ha sido brutal”. Y es que con un acumulado de 21.752 homicidios durante 2016, Venezuela ratificó su condición como uno de los países más violentos del continente. Son datos proporcionados en el mes de marzo por la fiscal general Luisa Ortega Díaz.

Profesora de literatura española en la Universidad Central de Venezuela, asegura que el número de estudiantes matriculados en los últimos años ha bajado de forma considerable, destacando, por otro lado, como los chavales se ausentan de las clases para ir a defender su país. “De una clase de 25, vienen unos 7 alumnos. A ellos no les importa perder clases, lo que no quieren es perder su derecho a protestar“.

Guillermo López Gómez, 70 años

Nacido en Bilbao | 67 años en Caracas, Venezuela

Las voces de los españoles en Venezuela 1
Guillermo López junto a su mujer María de los Ángeles en su vivienda de Caracas, Venezuela. | Foto: The Objective

Con tres años Guillermo llegó a Venezuela, como María del Pilar, por razones políticas. “Mi padre luchó contra Franco, a terminar la guerra tuvimos que huir porque mi padre no encontraba trabajo”.  Poco recuerda de la España franquista que dejaba atrás, pero sí de su años de juventud en el país sudamericano. “Venezuela era el paraíso”, rememora Guillermo añorando aquellos años en los que en su tiempo libre le gusta realizar deportes acuáticos.

Trabajó duro, asegura, para construir un hogar. Hoy, a sus 70 años, se ve obligado a seguir trabajando junto a su mujer, María de los Ángeles, de 65, para simple y llanamente “poder comer”. Ambos trabajan como cobradores de deudas. Y es que de aproximadamente tres millones de adultos mayores que hay en el país, 900 mil no gozan de una pensión que les permita sobrellevar la crisis de la cual terminan siendo más vulnerables, sobre todo porque no encuentran medicinas, alimentos y no tienen dinero para comprar esos productos.  “A mí edad me veo en una situación muy complicada, debería estar tranquilo, sin embargo,  mi tranquilidad queda aún muy lejos”.

Guillermo asegura que reza cada día para no enfermar. Porque en Venezuela no tienes derechos ni a enfermar,  pues no existe un sistema de salud pública óptimo, las farmacias se encuentran sin medicamentos y cada vez son más las calles invadidas por largas colas de personas mayores que esperan cobrar la pensión al amanecer.

Con un hijo que emigró a España hace unos años, él también lo tiene claro: “Me iría a España con los ojos cerrados,  pero ni vendiendo todo lo que tengo aquí me alcanza para comprar un piso en España. Entonces, ¿qué hago, mendigo? Me tendré que aguantar”, apunta resignado antes de aclarar: “Que conste que amo a Venezuela, ella nos lo dio todo cuando lo necesitábamos. No se merece lo que le están haciendo“.

Montserrat Ranera, 55 años

Nacida en Barcelona | 33 años en Caracas, Venezuela

Montserrat lo tiene claro: “El país está peor que cuando llegué. Hemos retrocedido 60 años“.  Profesora de catalán en Caracas, asegura que cada vez son más los jóvenes, y también familias completas, que quieren aprender el idioma para en un futuro emigrar a Barcelona. “El país no ofrece futuro”, asegura Montserrat que también cuenta con una hija en España. En 2016 los venezolanos lideraron por primera vez las peticiones de asilo en España con 3.960 solicitudes del total de 15.755. Por detrás solo se sitúan sirios (2.975 peticiones) y ucranianos (2.570) cuyos países se encuentra en escenarios de guerra abierta. En 2012, un año antes de la llegada de Maduro al poder, sólo 28 venezolanos solicitaron asilo. Estas peticiones se han multiplicado por 141 durante con el ‘madurismo’.

Esta catalana residente en Caracas, llegó con 22 años a Venezuela de vacaciones tras estudiar un grado de Secretariado Ejecutivo y desde entonces allí sigue. De aquella acogida recuerda “un país muy alegre, con mucha vida. Había muchas posibilidades de hacer multitud de cosas, era un país muy virgen”, rememora. Ahora tres décadas después, queda un país para construir. “La destrucción económica y social ha sido terrible”, cuenta Montserrat, que además de dar clases de catalán en la capita venezolana, también imparte lecciones de cómo ahorrar en servicios en España, cómo buscar vivienda, etc.

A pesar de todo, Montserrat asegura: “No me arrepiento ni un solo día de haber venido a este país”.

María Teresa Fernández Merino, 82 años

Nacida en San Felices de Buelna, Cantabria | 59 años en Caracas, Venezuela

Libre es como se sintió esta cántabra de carácter alegre y jovial. Con 23 años llegó a Caracas junto a su hermano que ya llevaba varios años en la capital venezolana. Inmediatamente comenzó a trabajar de recepcionista en una clínica dental. Esto era casi impensable en la España de la postguerra que días antes había dejado a miles de kilómetros. “Me sentí libre por primera vez”.

Por libertad y por amor se resistió a volver, porque meses después de estar en Caracas, María Teresa conoció al amor de su vida, su “único amor”. Un músico mexicano que trabajaba en Radio Caracas Televisión. “Me enamoró mi marido, pero también el clima y la gente, porque una amistad aquí vale más que una fortuna“.

Durante 36 años estuvo trabajando en el Instituto de Previsión de las Fuerzas Armadas venezolanas donde tenía tres tiendas boutique. Allí se codeaba con los altos mandos del Gobierno. “Chávez me decía ‘la gallega’. Era muy amable.  Eso es lo peor”. Lobos con piel de cordero.  Y es que  María Teresa, que vive en una zona residencial de Caracas, asegura: “A esta zona no nos llega nada.  A ellos les encanta la gente pobre”.

Sin achaques importantes más allá que “los de la edad”, son su familiares en Costa Rica, Panamá, España y México los que les envían los medicamentos necesarios. “El paraíso terrenal, ahora es la caldera del diablo”. Y es que no hay una mejor descripción para un país con grandes reservas de petróleo, gas natural, hierro y oro, y que sin embargo, cuenta con un déficit del 90% de los productos básicos y la pobreza ha sufrido un aumento del 81%.

Con viajes frecuentes a España, su tierra madre, señala que nunca pensó en volver. “Después de haber vivido en un país tan acogedor, sin diferencias sociales, sólo de pensar en la nieve de mi pueblo me da algo”, cuenta risueña María Teresa, que a pesar de lo crudo de la conversación, no ha perdido la sonrisa ni el buen humor en ningún momento. Y es que ella lo tiene claro: “De mi casa en Caracas al cementerio, porque de aquí no me mueve nadie”.

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

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La retirada melancólica

Ricardo Dudda

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Es difícil ser optimista con el problema del independentismo catalán. El procés puede durar eternamente porque es un fenómeno retórico, eufemístico, una sucesión de escenificaciones. Pero sus efectos en la sociedad catalana son reales y se perciben. Aunque las sociedades son muy volubles y nada es nunca irreversible, el esfuerzo de unir a las dos Cataluñas será enorme; el esfuerzo del independentismo para reconducir el entusiasmo hacia cauces menos rupturistas también.

Es posible que, del mismo modo que desde 2012 hasta hoy el independentismo ha crecido radicalmente, podrá retroceder. Pero tardarán en desaparecer el victimismo, el resentimiento y el rencor, la cultura del agravio, el uso de la memoria, siempre selectiva, la política como un acto expresivo, épico y “divertido”, más allá de la transacción y la negociación. Vivimos una época en la que cada generación necesita un momento épico fundacional, una Transición a nuestra medida. Como escribía un difunto tuitero, cada nueva generación piensa que el colectivismo (y puede sustituirse con cualquier otro ideal político) falló porque no lo lideraron ellos.

El procés vive jornadas históricas casi cada semana; acostumbrados a esto, los independentistas, y quizá no solo ellos, exigirán algo más que bienestar o reconocimiento. Quizá exijan entretenimiento, emoción, pasión. Durante años, millones de ciudadanos catalanes han depositado mucho capital emocional en el procés. El processisme ha devuelto eufemismos, hipérboles, momentos históricos, pero es posible que su impresionante capacidad para renovarse llegue a su fin. Difícilmente habrá un momento de responsabilidad colectiva de las élites, y dudo que llegue el momento de la rendición de cuentas. El procés intentará sobrevivir. La sociedad civil se decepcionará. Y, cuando esto ocurra, quizá lo mejor sea una lenta y melancólica retirada.

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