The Objective
Política

El llanto de Susana Díaz en el Comité Federal de 2016: «Ni mamparas, ni insultos. ¡Ya está bien!»

La andaluza se erigió en adalid de los críticos contra el secretario general: «Por favor, Pedro, te pido que lo aceptes»

La urna habilitada «de tapadillo» en un cuartucho trasero a la sala Ramón Rubial de Ferraz hizo saltar por los aires la estrategia de la dirección de Pedro Sánchez. A partir de ese momento, los ánimos se caldearon hasta su punto más álgido en el Comité Federal del PSOE. Los vídeos exclusivos obtenidos por THE OBJECTIVE durante la redacción del libro Todos los hombres de Sánchez (Editorial Deusto) retratan de forma descarnada el desgarro que se vivió en la reunión de 12 horas del máximo órgano entre congresos que acabó con la destitución del secretario general del PSOE en octubre de 2016. La decisión de Ferraz de precipitar la colocación de la urna, por orden del número dos de Sánchez, César Luena, soliviantó a los 253 miembros natos del órgano por el intento de «pucherazo».

Las lágrimas de la ex portavoz parlamentaria Soraya Rodríguez, que abandonó la sala desconsolada mientras el alcalde de Soria, Carlos Martínez, se llevaba las manos a la cabeza; la rabia del secretario de Organización del PSOE andaluz, Juan Cornejo, se sucedía con los gritos y enfrentamientos entre los oficialistas y los críticos, mientras una lista interminable de veteranos, como Pepe Blanco, intervenían para poner algo de «sentido común» al esperpento nunca antes vivido en la sede del partido. Fue entonces cuando Susana Díaz se erigió en adalid de los críticos, con constantes llamamientos al orden para suspender la votación secreta y permitir que se realizara una votación nominal por llamamiento en el Comité Federal del PSOE.

«Vamos a ver, compañeros, hemos llegado al punto del día en el que estamos destrozando la organización», intervino Susana Díaz tomando posesión del atril. El griterío y el nerviosismo interrumpían la intervención de la entonces presidenta de la Junta de Andalucía, quien dos años atrás había sido el apoyo clave para que Pedro Sánchez se alzara con la victoria en las primarias de 2014 frente a Eduardo Madina. «Un momento, por favor… Veréis, ya me da igual que vote la ejecutiva, que se vote en secreto, que se vote el orden del día, que se vote lo que quieran, pero que salga la urna aquí, ¡que haya una mesa, que haya transparencia, y que toda la organización salga unida! ¡Eso es lo que quiero!».

Sánchez desoye a Borrell

Josep Borrell le flanqueaba por la izquierda y cogía el micrófono del atril: «¿Puedo yo ahora?». Ni el principal puntal de Pedro Sánchez apoyaba las formas elegidas por el secretario general, que habían derivado en un dantesco y tenso espectáculo: «Lo que voy a decir no es muy diferente de lo que ha dicho la compañera Susana. Yo estoy a favor del voto secreto, pero creo que hay que hacerlo con las debidas formas y garantías; por lo tanto, Pedro, yo creo que debemos hacer una votación, secreta, como propone la mayoría de la mesa, pero, como ha propuesto la compañera Susana, con la urna visible y todo el mundo votando como Dios manda». 

Sánchez estaba a su lado, con la mandíbula tensa, apretando los puños. Asentía: «Ya está… gracias, Pepe». Sin embargo, pocos segundos después, era Sánchez quien intervenía el atril para ignorar la petición de Borrell, animando a votar en el cuartucho trasero: «Compañeros y compañeras, es evidente que había un proceso electoral en el que tanto la compañera Susana Díaz como el compañero Pepe Borrell han pedido mayores garantías para que se vote el punto dos del orden del día. Y, por tanto, ¡lo que pido es que aquellos compañeros que quieran votar, pasen a votar!». 

El líder del PSOE no daba su brazo a torcer. Mientras se multiplicaban los gritos de «¡Fuera! ¡Pucherazo!» y «¡Sinvergüenzas!», Susana Díaz le quitaba el micrófono nuevamente de las manos: «Compañeros, el PSOE es mucho más importante que todos y cada uno de nosotros. A partir de este momento, nadie le va a decir a este Comité Federal lo que tiene que hacer. ¡Porque los que estáis aquí tenéis que levantar este partido desde la unidad, desde el consenso, desde el respeto y la fraternidad! Por eso pido que se han acabado ya las mamparas, las mesas, las órdenes… Si hemos llegado a las seis y cuarto de la tarde, si hay que votar una mesa, si hay que empezar un nuevo comité, si hay que elegir una dirección y si hay que dar ejemplo ¡a miles de compañeros que están avergonzados de nosotros y a los que están llorando en esta sala, ya está bien! ¡Basta ya y vamos a hacer un comité de verdad, desde la legalidad pensando en el PSOE!».

Una pelea física

Situado a su izquierda, Pedro Sánchez negaba con la cabeza con rictus serio, inasequible al desaliento, mientras la baronesa socialista defendía la necesidad de que cada uno se retratara públicamente con su voto. «Y Pedro, te pido: lo mismo que voy a hacer yo, por este partido que lo merece, que nos sentemos todos, que levantemos nuestra papeleta, la papeleta que nos trae aquí. Nosotros no somos hoy militantes de base, somos representantes de una agrupación a la que le tenemos que contar qué hemos votado y por qué, qué hemos elegido y por qué. Hagámoslo respetándonos, levantemos nuestra papeleta, digamos si queremos un congreso o si no lo queremos… Y libremente levantemos la papeleta y, cuando volvamos a cada agrupación, expliquemos a los compañeros por qué votamos cada uno de nosotros aquí, en el máximo órgano del partido, el futuro de nuestro partido. Ni más lágrimas, ni más insultos. Respeto. Y le pido al compañero Pedro que acepte, igual que aceptaré yo y todos y cada uno, la voluntad libre de nuestros compañeros. Si los que queremos darle voz a los militantes queremos esconder nuestra voluntad aquí, es que confiamos poco en la libertad de este partido. Gracias».

Como si en un partido de tenis se tratara, era Sánchez ahora quien tomaba el micrófono en un tono aparentemente tranquilo y sin inmutarse: «Compañeros y compañeras. Creo que en cualquier organización democrática el voto es libre cuando es secreto y hay plenas garantías para ejercerlo, y por tanto, lo que pido es que se vote en urna, que es precisamente lo que han defendido los compañeros que me han precedido en el turno de la palabra. Muchísimas gracias». 

Una lucha de poder descarnada que pivotaba sobre esos dos ejes: Sánchez y Díaz marcaban el ritmo de los acontecimientos mientras se producía una lucha de legitimidades. Uno de los susanistas, el secretario general del PSOE de Jaén, Paco Reyes, empezó a recoger firmas para una suerte de «moción de censura» contra Pedro Sánchez y que se constituyera una comisión gestora. Mientras, la votación en la urna secreta seguía sucediéndose, aunque apenas media docena de personas llegaron a introducir su voto en la urna, cuando la votación tuvo que suspenderse. Las tensiones eran constantes. Los dirigentes del PSOE alzaban las manos para pedir calmar los ánimos, pero, en un momento concreto, «Paco Reyes cogió por la pechera a un trabajador de la organización del partido», subordinado de César Luena, por el intento de «pucherazo».

Así se recoge en el libro Todos los hombres de Sánchez, que incluye el testimonio de múltiples dirigentes presentes en el Comité Federal. La disputa jurídica sobre el cumplimiento de los estatutos acabó derivando en una pelea física. Se había traspasado una línea insoportable para todos, y la única solución de consenso era someter a votación la convocatoria de un congreso extraordinario, pero de forma transparente: por llamamiento y a mano alzada. El resultado fue la puntilla: 133 votos en contra, 107 a favor. Tras 12 horas de agonía, Sánchez había sido derrotado.

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