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Cómo la música está cambiando a los directivos y equipos empresariales

El proyecto de Pedro Alfaro explora la idea de que puede ser una herramienta de transformación en el mundo corporativo

¿Qué pasaría si, en lugar de una reunión, un equipo directivo tuviera que tocar música juntos? ¿Si en vez de un PowerPoint, alguien les pusiera un instrumento en las manos y les pidiera escuchar, coordinarse y crear algo en común? Puede sonar extraño, incluso incómodo, pero esa es precisamente la propuesta que está transformando la forma en la que muchas empresas entienden el liderazgo y el trabajo en equipo.

En el nuevo episodio de The positive, Gonzalo Bans conversa con Pedro Alfaro, violonchelista, emprendedor y CEO de The Musical Thinkers, un proyecto que lleva más de 15 años explorando una idea tan sencilla como revolucionaria: la música puede ser una herramienta real de transformación en el mundo corporativo.

Alfaro no viene del mundo de la empresa tradicional. Su trayectoria comienza en la música, en la interpretación, en el escenario. Pero hace casi dos décadas decidió trasladar ese lenguaje al ámbito de las organizaciones. Primero en el mundo educativo, después en dinámicas de team building y, finalmente, en procesos más complejos de transformación empresarial.

Lo que descubrieron en ese camino fue inesperado. «Cuando pones a personas que nunca han tocado música a hacerlo juntas, ocurre algo muy potente», explica Alfaro durante la conversación. «Se genera una conexión emocional que no aparece en otros contextos», añade.

Esa conexión no es solo una sensación. Es medible. En sus programas, analizan parámetros como la creatividad, la cohesión o la percepción de confianza dentro de los equipos. Y los resultados son claros: tras las experiencias musicales, los niveles mejoran de forma significativa.

Pero, ¿qué tiene la música que no tienen otras herramientas más habituales en la empresa? La respuesta, según Alfaro, está en el plano emocional. La música obliga a escuchar. A estar presente. A coordinarse con otros sin jerarquías rígidas. Y, sobre todo, a salir de la zona de confort. «Cuando alguien recibe un instrumento que no conoce, su reacción inicial es de incertidumbre. Pero justo ahí empieza el aprendizaje», señala.

Esa incomodidad inicial se convierte en una oportunidad. Porque en ese proceso, las personas empiezan a comportarse de forma distinta: escuchan más, colaboran más, se muestran más abiertas. Y eso, trasladado al día a día de la empresa, cambia dinámicas profundamente arraigadas.

¿Cómo impacta esto en perfiles directivos? Alfaro es claro: «Un equipo afinado es un equipo capaz de todo». Afinado, en este contexto, no significa perfecto, sino conectado. Con confianza. Con capacidad de escuchar y adaptarse.

Los ejemplos que comparte durante la conversación son reveladores. Desde organizaciones que han creado auténticas «sinfonías de valores» junto a sus empleados, hasta compañías que han convertido la presentación de sus resultados anuales en una pieza musical que refleja sus éxitos, sus errores y su evolución. Más allá de lo llamativo del formato, lo importante es el fondo: la música permite traducir conceptos abstractos como el propósito, el liderazgo o la cultura en experiencias vividas.

Otro de los aspectos clave que destaca Alfaro es la relación entre música y comunicación. En muchas empresas, los empleados se sienten desconectados, convertidos en números, alejados de una comunicación auténtica. La música rompe esa barrera de forma casi inmediata. «Cuando alguien comparte una canción que le representa, ya está abriendo una puerta», explica. «Está mostrando algo personal. Y eso genera confianza», sostiene.

Esa confianza, a su vez, es la base de cualquier equipo que aspire a innovar o a adaptarse en entornos cambiantes. En un momento en el que las empresas buscan fórmulas para gestionar la incertidumbre, Alfaro defiende que la música puede ser una de las herramientas más eficaces, precisamente porque conecta razón y emoción.

La conversación también aborda el papel de la tecnología y la inteligencia artificial en este ámbito. Lejos de verlo como una amenaza, Alfaro lo interpreta como una oportunidad para democratizar el acceso a la creación musical y potenciar nuevas formas de colaboración.

Pero el momento más inesperado del episodio llega al final. Después de hablar durante minutos sobre liderazgo, equipos y transformación, Gonzalo Bans lanza un reto: cerrar la entrevista con música. Lo que podría haber sido una interpretación preparada se convierte en algo mucho más especial.

Alfaro propone crear una pieza en directo a partir de una sola palabra. La palabra elegida es «escucha». Entonces, saca su violonchelo. El silencio se impone. Y, sin mayor explicación, empieza a sonar una música íntima, emocional, profundamente evocadora. Una pieza que no necesita discurso porque lo contiene todo: la conexión, la atención, la sensibilidad de la que ha hablado durante toda la entrevista.

Es, en cierto modo, la mejor demostración posible de su tesis. Porque lo que ocurre en ese momento no se puede explicar del todo. Solo se puede sentir. Y quizá esa sea la verdadera lección de esta conversación: que en un mundo empresarial obsesionado con los datos, las métricas y los resultados, hay algo igual de importante que a veces olvidamos. Escuchar.

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