Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Tal día como hoy Facebook manipuló tus recuerdos

Clara Paolini

Foto: Tom Sodoge
Unplash

Cuando aparecen fotos del pasado en nuestro muro de Facebook, ¿fortalecemos una memoria o la tergiversamos?, ¿puede el cerebro modificar la forma en la que recordamos los eventos a través de inocentes publicaciones?, ¿qué efecto tienen las redes sociales en la forma con la que experimentamos nostalgia?, ¿conseguirán los recuerdos digitales llegar a hackear la forma en la que pensamos? Ante las incógnitas, la ciencia responde.

“Mira, hace unos años pasó esto o lo otro”; esa es la idea superficial e inocente que ofrece Facebook cada vez que hace emerger en tu móvil o ordenador el aviso “Tal día
como hoy”. Son tus recuerdos, sí, pero en un curioso recipiente ajeno al espacio mental o físico donde solían depositarse antaño. No es releer un diario personal ni pasar las páginas del álbum de fotos familiar. Tampoco es hacer memoria para rescatar eventos depositados en cajones del cerebro. Es otra cosa, más novedosa, antinatural, omnipresente y puede que mucho menos inofensiva de lo que pudiera parecer.

Los recuerdos filtrados a través de redes sociales, recuperan momentos fieles a la realidad, pero también son capaces de contribuir a reinventar lo vivido. Tal y como
señala la psicóloga Julia Shaw en un artículo publicado en Scientific American, Facebook no sólo se está apropiando de nuestras imágenes y comentarios, sino que también está cambiando activamente lo que recordamos en la vida real. Y no sólo eso: mientras Facebook aprende, nosotros olvidamos.

Tal día como hoy Facebook manipuló tus recuerdos 1
Sticker Mule / Unsplash

En el baúl de los recuerdos, el muro es el rey

Según la revista Wired tu cerebro no contiene memorias sino que tu cerebro es, en esencia, tales memorias recopiladas, codificadas e interconectadas. Es en su capacidad de crear mosaicos de amplias impresiones en apenas milisegundos donde se sustenta su funcionamiento. Como clave indispensable del pensamiento racional, preguntarse sobre cómo establecemos la relevancia de cada recuerdo es un reto indispensable para entender nuestra forma de racionalizar la realidad. ¿Qué es lo primero que el cerebro recupera al poner en marcha el mecanismo de la memoria? Para bien o para mal, los posts de Facebook aparecen en el primer puesto.

En este hecho influyen dos aspectos clave: En primer lugar, las imágenes se recuerdan mejor que las palabras, y al traer memorias a la mente son éstas las que emergen en primera instancia con mayor facilidad. En segundo lugar, la ciencia ha demostrado que los humanos mostramos una mayor predisposición a recordar los buenos momentos que los malos. Teniendo en cuenta que las memorias de Facebook son principalmente imágenes de buenos momentos, se adivina una conclusión: tendremos más facilidad de recordar aquello que hayamos publicado en Facebook. Numerosos estudios así lo han demostrado: lo compartido en redes sociales se retiene mejor en el cerebro y las publicaciones en la red social llegan a ser más memorables y fáciles de recordar que incluso una cara.

Tal día como hoy Facebook manipuló tus recuerdos 2
Rachael Crowe / Unsplash

Realidad filtrada y memorias falsas

Según la ciencia, cada vez recuperamos un recuerdo, los rastros de dicha memoria en el cerebro se vuelven flexibles. ¿Podemos entonces distorsionar lo vivido hasta la
invención? Daniel Schacter, profesor de psicología en la Universidad de Harvard, ya demostró allá en los 90 que es posible implantar falsos recuerdos mediante las
imágenes. En sus experimentos, los sujetos a los que había enseñado fotografías aseguraban recordar eventos que en realidad no habían vivido. Por otro lado, el
psicólogo descubrió que cuando una persona observa una imagen no sólo se refuerza la memoria de ese evento en particular, sino que al mismo tiempo se deterioran el
resto de recuerdos de eventos que también ocurrieron pero para los que no hay imágenes.

Según los hallazgos de Schacter, las intrusivas notificaciones de Facebook recordándonos ciertos eventos específicos de forma constante tienen el potencial de
distorsionar profundamente la realidad. No sólo podemos llegar a recordar noticias falsas como hechos fehacientes, alterando de forma irreversible la memoria colectiva, sino que a nivel personal, nuestra biografía quedará distorsionada por la representación parcial y filtrada de lo vivido.

Mientras fortalecemos un aspecto concreto del recuerdo todo lo que rodeaba al mismo se debilita, y si aquello que publicamos enmascara en cierta medida la realidad, corremos el peligro de recordar falsedades. La memoria distorsiona de por sí los eventos quedándose con los más positivo, por lo que Facebook, un contendedor donde la realidad se filtra y altera de antemano, no hace más que aumentar el efecto. El recuerdo queda así doblemente manipulado por tu propio cerebro y por el efecto amplificador de la red social.

Tal día como hoy Facebook manipuló tus recuerdos 3
Annie Spratt / Unsplash

Al permitir que Facebook elija los eventos supuestamente más significativos en nuestras vidas, los recuerdos que el algoritmo ignora se sacrifican hacia el olvido. Si
no lo compartiste, el recuerdo no existe en la red y como consecuencia, se vislumbra la posibilidad de que los olvidemos con mayor facilidad.

Memoria selectiva a base de algoritmos

El momento en el que por primera vez viste la cara de tu hijo o sobrino, el día que te enamoraste, o aquel instante en el que te percataste de estar viviendo una decisión
clave en tu biografía. Son recuerdos que ni las palabras ni las imágenes consiguen capturar con fidelidad, porque al reconstruir tales eventos en la mente aparecen los olores, los colores, el tacto y la forma en que todo aquello te hizo sentir. Por supuesto nada de esto aparece en el muro de la plataforma y lo más relevante se omite a favor de lo superficial. Nos quedamos con la imagen preseleccionada, parcial y probablemente irreal que un día decidimos publicar.

Obviamente esto no quiere decir que por recordar con mayor facilidad las imágenes brindadas por la plataforma vayamos a perder el resto de nuestras memorias, pero. los algoritmos no tienen empatía, y a parte de contabilizar y medir, resulta complicado que verdaderamente “entiendan” la importancia de lo publicado, ni mucho menos, de lo que no se compartió.

Tal día como hoy Facebook manipuló tus recuerdos 4
Annie Spratt / Unsplash

Cada vez que publicamos algo ayudamos a Facebook a aprender sobre qué nos gusta y cuanto más interactuamos con la plataforma, mejor funcionan los algoritmos que construyen la experiencia a medida que esperamos. Con nuestros likes, publicaciones y memorias proporcionamos la base de un lucrativo negocio además de crear una realidad sesgada, reducida por el filtro burbuja. Parece un mecanismo perfecto, pero en el caso de los recuerdos, resulta imposible garantizar que éstos sean la mejor moneda de cambio.

De nosotros depende ser conscientes de las transformaciones a las que se enfrenta el mecanismo de la memoria, lidiar con la dependencia de las redes a la hora de rescatar recuerdos y sobre todo, seguir reflexionando sobre lo esencial. Tal día como hoy, publicaste un vídeo de un gatito en tu muro, pero eres tú y no los algoritmos quien decide si quizá existen otros recuerdos más valiosos que rememorar.

Save

Continúa leyendo: El Filtro Burbuja o por qué aunque tengas muchos 'likes' no necesariamente tienes razón

El Filtro Burbuja o por qué aunque tengas muchos 'likes' no necesariamente tienes razón

Ana Laya

Puede que no hayas oído hablar del filtro burbuja, pero definitivamente tu visión del mundo está siendo configurada por él. A finales de 2009, específicamente el 4 de diciembre, comenzó la era de la personalización, un pequeño paso para un algoritmo de Google, un gran paso para la lenta pero segura edificación de un sinfín de universos paralelos, de realidades alternativas.

Sí, todo esto empezó hace más tiempo de lo que (muchos) pensamos y no, esta no ha sido la causa del Brexit, ni de Trump, pero sí de la sorpresa que le ha causado a una gran parte de la población.

¿Por qué? Eli Pariser, activista liberal y co-fundador de Upworthy y Avaaz, lo explica en su libro El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos (Editorial Taurus, 2017) y en la conferencia a la que ha sido invitado por la Fundación Telefónica y el Instituto Aspen como parte del ciclo Tech & Society. “Aquello que una vez fue un medio anónimo donde todo el mundo podía ser quien quisiera, ahora es una herramienta para recopilar y analizar nuestros datos personales.”

Es justo lo contrario a la famosa viñeta de The New York Times; en Internet ahora todo el mundo no solo sabe que eres un perro, si no que también conocen tu sexo, tu grupo etario, desde dónde te conectas, en qué dispositivo, a través de qué buscador, e incluso mediante micrófono, giroscopio y GPS si sueles buscar vuelos a destinos exóticos mientras caminas al atardecer del trabajo a tu casa… ¿o jamás te preguntaste por qué todos los banners que se te atravesaban en tus lecturas vespertinas eran de aerolíneas?

El filtro, como lo describe Pariser, empezó con Google en 2009, pero los algoritmos de los grandes gigantes de las redes han ido replicando la fórmula, una fórmula centrada en obtener beneficios económicos a través de la publicidad, en lugar de informar de manera equilibrada, contrastada, ética… o al menos lineal; por eso ahora los timelines de Facebook y Twitter dejaron de ser “líneas de tiempo” para pasar a mostrar los posts no en orden de aparición sino en orden de “relevancia” y por eso también Instagram dejó de ser “insta”.

Esto se convierte en un problema grave cuando dejamos de hablar de posts de gatos haciendo cosas o de #windowswithaview, sino de noticias. Tal como le gusta alardear a Mark Zuckerberg, puede que Facebook sea la mayor fuente de noticias del planeta, “al menos en lo que respecta a ciertas definiciones de lo que es una ‘noticia'”, alerta Pariser. De hecho los investigadores del Pew Research advirtieron ya en 2015 que Facebook es la fuente primordial de información política entre millennials estadounidensenses, seguidos de cerca por los GenX, un fragmento nada despreciable de la población votante.

El Filtro Burbuja o por qué aunque tengas muchos 'likes' no necesariamente tienes razón
Portada de El Filtro Burbuja, de Eli Pariser. Traducido por Mercedes Vaquero. Editado por Taurus. (2017)

“En una era en la que el intercambio de información es la base de la experiencia compartida, la burbuja de filtros actúa como una fuerza centrífuga que nos separa.”

Si bien se puede argumentar que antes de Internet y de sus algoritmos siempre hemos consumido medios de comunicación afines a nuestros intereses y aficiones, hay dos aspectos en los que el filtro burbuja es radicalmente diferente: en primer lugar, tú y tus filtros están solos. Tú eres la única persona dentro de tu burbuja. “En una era en la que el intercambio de información es la base de la experiencia compartida, la burbuja de filtros actúa como una fuerza centrífuga que nos separa.” Segundo: la burbuja de filtros es invisible. El individuo que activamente toma la decisión de comprar el Daily Mail o sintonizar FOX News sabe exactamente cuál es el punto de vista o la línea editorial de esos medios; en cambio, como señala Pariser, las intenciones de Google o Facebook al mostrarte lo que decide mostrarte (o no) son, cuando menos, opacas y para la mayoría están ocultas en la falacia de la neutralidad y la abundancia.

La cita con la que abre Pariser su libro es de Zuckerberg que dice lo siguiente: “saber que una ardilla se muere delante de tu casa en este momento puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera en África. “Esa afirmación, además de ser muy amarga de digerir, puede que sea válida para un mundo en el que las personas son meros consumidores y no ciudadanos. “Es una virtud cívica estar abierto a aquello que parece encontrarse fuera de tus intereses (…) en un mundo complejo, casi todo te afecta”, afirma en el libro Clive Thompson, periodista especializado en tecnología. Mientras el crítico cultural Lee Spiegel lo expresa de otro modo: “los clientes siempre tienen la razón, pero la gente no.”

El Filtro Burbuja o por qué aunque tengas muchos 'likes' no necesariamente tienes razón 1
Eli Pariser en la rueda de prensa ofrecida en la Fundación Telefónica.

¿Atrapados sin salida?

Usando la misma metáfora que utiliza Pariser en su libro, el genio está fuera de la botella y es prácticamente imposible hacer que vuelva. La publicidad es la fuerza que guía la manera en la que los algoritmos son construidos y ya existe un mercado de miles de millones de euros que se basa en la recolección de data personal a través de cookies y en su venta, en cuestión de microsegundos, al mejor postor. Google, por ejemplo, promete no difundir tus datos personales, sí, pero otras páginas y apps bastante populares no lo garantizan en ninguno de esos Términos y Condiciones que aceptamos sin leer. La fórmula funciona y en opinión de Sheryl Sandberg, la jefa de operaciones de Facebook, el hecho de que una página no esté personalizada para un usuario en particular parecerá raro.

Pero tranquilo, que si has llegado hasta este punto en el artículo, significa que estás genuinamente interesado y que por lo menos ahora te estarás planteando activamente romper esa burbuja invisible. Y básicamente ahí está todo el truco. Pariser afirma que si bien el filtro burbuja sigue bastante vigente, desde la primera edición de su libro el contexto ha cambiado y ahora la gente está más familiarizada con los procesos que ocurren detrás de cámara en las redes sociales y los ingenieros que trabajan en estas grandes plataformas también son más conscientes de la responsabilidad que tienen en sus manos.

El Filtro Burbuja o por qué aunque tengas muchos 'likes' no necesariamente tienes razón 2
Captura de pantalla de Escape Your Bubble.

Entre esos ingenieros ingeniosos y los activistas de Internet hay ya algunos que se han dedicado a construir maneras de romper la burbuja, por ejemplo la página Escape Your Bubble, que te propone ayudarte a entender mejor ciertos fenómenos o el pensamiento de cierto grupo con el que no estás familiarizado.

“Tenemos que aceptar y entender más a nuestros compatriotas”, dicen en su manifiesto. Después de todo no parece casualidad que a los filtros burbuja lo acompañe el ‘thin-skinnedness’ (el síndrome de la piel delgada) gracias al cual el debate abierto y el intercambio de ideas sea algo cada vez menos frecuente en las redes, y en su lugar la respuesta ante opiniones contrarias suele ser el insulto, el trolleo y el ataque personal.

Ahora bien, si ya no confías en la inteligencia (o estupidez) artificial para hacer el trabajo de ir explotando todas estas burbujas invisibles que te permiten ver solo un fragmento del mundo, te toca a ti activamente hacerlo. Eli Pariser con su libro te facilita un alfiler. ¡Buena suerte!

 

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Save

Continúa leyendo: Ellos lo saben todo

Ellos lo saben todo

Clara Paolini

¿Por qué trabajamos gratis para Google y Facebook?

Internet es una mansión de cristal donde todo lo que miramos, sobre qué hablamos, lo que nos interesa o preocupa, dónde estamos, qué hacemos, con quién y cuándo, queda registrado para siempre. Vaya novedad, ¿verdad? A estas alturas todos hemos aceptado en mayor o menor medida que nuestra identidad, el más preciado bien de todo individuo, se nos escapa cada día un poco más de las manos a golpe de click. También sabemos, o al menos eso espero, que alguien se beneficia de todos esos valiosos datos que compartimos “sin querer queriendo”.

Sabemos todas esas cosas, pero en general, evitamos pensar en ello. No nos gusta hurgar más de la cuenta en el irrefutable hecho de haber entregado nuestras identidades; en primer lugar, porque resulta incómodo y molesto sabernos desnudos, listos para ser arrojados en la caja de las estadísticas o nichos de mercado, y en segundo, porque resulta sencillamente más cómodo y placentero seguir disfrutando de lo fácil que nos hace la vida internet, prefiriendo no detenernos en preguntas que puedan ocasionar conflictos internos imposibles de resolver.

Aun así, por mucho que intentemos evitar pensar en ellas en un intento de hacerlas desparecer, las preguntas incómodas siguen ahí, acechando nuestra apacible existencia en conectividad: ¿cuál es el precio que en realidad pagamos al utilizar servicios digitales gratuitos?, ¿qué consentimos, sin saberlo, al instalar cookies, aceptar las condiciones de Facebook o hacer una inocente búsqueda en Google?, ¿qué saben de nosotros las grandes empresas digitales y cómo lo utilizan?, ¿somos conscientes de que cómo los grandes gigantes digitales monetizan nuestro tiempo en red, nuestras reacciones y hasta nuestras relaciones?

En la cúspide de esta montaña de dudas se eleva la incógnita sobre si hallar respuestas de verdad nos preocupa o es más cómodo optar por el “ojos que no ven corazón que no siente” para poder seguir disfrutando de las innumerables maravillas que ofrece la web. Como primera respuesta a todas estas preguntas, un aviso a navegantes: lo más probable es que estas cuestiones quede sin resolver mientras el tiempo que pasas en esta página se monitoriza. Y resulta complicado dilucidar si eso es bueno o malo.

further-trabajar-gratis-facebook-google-1
Instalación de Rick Smolan para la exposición Big Bang Data vía Torene Project

¿Cómo utilizan nuestra información?

En los últimos años, un reducido número de corporaciones digitales ha conseguido hacerse con más información de la de ningún servicio de inteligencia en la historia soñara jamás. Compilar la ingente cantidad de datos que hoy nutre el llamado fenómeno Big Data ha resultado una tarea sorprendentemente fácil, porque la hemos entregado a cambio de cosas que nos gustan, o en este, punto, que consideramos hasta indispensables. Dar tu nombre, fecha de nacimiento y ubicación para poder enviar emails o hacer llamadas sin pagar un duro parece a simple vista, una oferta irrechazable.

Con el mismo principio, usamos Google Maps aceptando informar sobre dónde estamos, traducimos textos en otra lengua mientras dejamos un rastro de los contenidos que antes no entendíamos o adquirimos objetos baratos de importación dejando bien claro qué tipo de consumidores somos y cuáles son nuestros hábitos de compra. No es una trampa en la que hayamos caído de forma pasiva, e incluso nos convertimos en creadores de contenidos con los que rellenar los espacios sobre los que se publicitan las marcas. De lo que no nos damos cuenta es que en el fondo, todos esos fantásticos servicios que hacen de internet un espacio más útil y enriquecedor cada día, no son gratis. Son plataformas de las que disfrutamos gracias al sistema de trueque “servicios a cambio de datos”.

Estos intercambios, ¿contribuyen a hacer nuestra existencia un poco mejor, más fácil y agradable? Desde mi punto de vista sí, pero no conviene perder de vista el hecho de que Google o las redes sociales son empresas de publicidad cuyo modelo de negocio es utilizar nuestros datos para que el resto de compañías, que sí venden bienes o servicios a cambio de dinero, lo hagan de forma más efectiva. El principal objetivo de los gigantes digitales es enriquecerse. Si de forma colateral crean un mundo mejor conectado y más avanzado, o por el contrario, una sociedad más fácilmente manipulable, son a fin de cuentas, efectos colaterales.

En una entrevista al economista Yann Moulier-Boutang en la contra de La Vanguardia el experto ofrece una visión clara sobre lo evidente: todos trabajamos gratis para la GAFA (siglas de G-oogle, A-pple, F-acebook y A-mazon). “Millones de humanos no cobran ningún sueldo pero dedican gran parte de su vida a generar dividendos para las GAFA. Ocupando todas las facetas de nuestra vida, la digitalización consiste en poner online, ergo monetizar, todas las relaciones humanas (…) Se van apropiando de todos los signos que los humanos generamos en el planeta: el presupuesto de una empresa o el cumpleaños de la abuela en Facebook. Es la economía de la atención, cuanta más atención les prestamos, más datos les damos y más rentables son. Los convierten en dinero, acompañándolos de publicidad viralizada, o en información mercancía para venderlos como big data a otras empresas”.

Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography
Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography

Lo queramos o no, muchos de nosotros somos esclavos de internet, y como tal, ponemos al servicio de las grandes corporaciones nuestra mano de obra gratuita. Como resalta Moulier-Boutang, “nadie se daba cuenta de que gratis eran las baratijas con que los esclavistas engañaban a los nativos hasta encadenarlos”, como puede que tampoco estemos apreciando en toda su complejidad el nuevo status de control por parte de las compañías digitales porque lo que nos ofrecen, nos encanta.

Las mentes más brillantes de nuestra generación trabajan en sus oficinas, por lo que resultan “amos” bastante considerados. Manejando a la perfección el ambiguo concepto de libertad, pocos nos sentirnos cautivos, y aunque la publicidad nos molesta, seguimos considerando que somos medianamente libres y anónimos. Pasar tiempo navegando es tan entretenido, didáctico y útil, que llegamos a la conclusión de que nos están haciendo un favor, y como somos tantos los usuarios, el sentido de esclavismo o falta de privacidad queda diluido entre la masa. A fin de cuentas, ¿qué importa que sepan todo acerca de mí si no soy nadie? Mientras no utilicen mis datos bancarios sin mi consentimiento, todo bien.

Lo gratis, ¿sale caro?

En palabras extraídas del libro Código 2.0 de Lawrence Lessing “la mayoría de usuarios de Internet no tiene ninguna conciencia de si su conducta está siendo vigilada o de si puede ser rastreada. Más bien al contrario, la experiencia de la Red nos sugiere anonimato”. El libro de Lessig, aunque imprescindible, ha cumplido ya 10 años, por lo que cabe preguntarse si acaso ¿no hemos perdido ya la inocencia? Las evidencias acerca de cómo la GAFA y sus compinches utilizan nuestros datos se han ido amontonando de forma gradual, y a día de hoy, resulta casi imposible no ver cuáles son las consecuencias. Si por ejemplo escribimos en la página de Facebook de una aerolínea una queja, al cabo de los meses aparecerá entre las fotos de nuestros amigos el anuncio de una empresa que gestiona reclamaciones sobre cancelaciones, o si ojeamos un producto en cualquier plataforma de venta online, nos perseguirá su fotografía en forma de anuncio allá donde vayamos en la web. Estaremos hablando con un familiar en Facebook, leyendo el periódico online o usando una app y allí estarán; los zapatos sobre los que te detuviste 1,3 segundos o los mejores hoteles de aquel destino de vacaciones que googleaste por pura curiosidad, te perseguirán hasta el último rincón.

La publicidad a medida, dando en el clavo de tus deseos, necesidades y gustos, aparece como por arte de magia, pero dado que hemos llegado a la madurez como internautas, sabemos que tiene truco. Los métodos que las marcas utilizan para crear y segmentar la publicidad en internet no son ningún secreto, y no hace falta ser un gurú del marketing digital para conocer las claves sobre el funcionamiento del mecanismo que mueve los hilos. No es necesario que hayamos visto nunca un Google Analitycs mostrando gráficos de comportamiento, ni sepamos de forma exacta las opciones que Facebook ofrece a las marcas para elegir los perfiles adecuados sobre los que publicitarse. En un alarde de demostrar lo bien que nos conocen y lo mucho que nos quieren (como consumidores), el sistema con el que las empresas monetizan nuestras navegaciones se exhibe en nuestras propias narices cada vez que aparece un anuncio a medida.

Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.
Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.

Pueden persuadirnos, ¿pero no manipularnos?

Las campañas de publicidad online son cada vez más invasivas, pero también es cierto que nuestras habilidades para distinguir y esquivar anuncios se ha desarrollado a la par. Dado que hemos aceptado trabajar gratis para Facebook y Google y que sabemos cómo utilizan nuestra información, nos hemos visto obligados a desconfiar de todo como forma de vida. Sin embargo, nuestro impermeable anti publicidad tiene sus límites y a veces resulta difícil complicado distinguir la fina línea que separa la persuasión de la manipulación.

Conozco a pocas personas que hayan visto un anuncio completo en YouTube antes de dar al botón de “saltar publicidad” y he llegado a presenciar los superpoderes de algunos individuos a la hora de evitar el campo de minas de pop ups y publicidad en algunas páginas ilícitas de visualización o descarga de películas. Pero si muchas de las empresas digitales marcan el paso de la economía, por algo será. ¿Por qué sigue funcionando tan bien? La clave está en mezclarlo todo y usar el mismo formato, haciendo que cada vez resulte más complicado distinguir, si es que alguna vez fue posible, qué es publicidad y qué es información. De ahí que Facebook incluya los anuncios en nuestro timeline en lugar de la fácilmente esquivable columna lateral de antaño, o que los medios de comunicación incluyan a pie de página impactantes “noticias” virales de dudosa procedencia con links a plataformas plagadas de anuncios.

“Los vendedores ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos.

El abuso está a punto de devaluar no solo la publicidad, sino la propia información, pero por lo visto por ahora funciona. Y es más, antes de que estas tácticas dejen de ser efectivas, ya se habrán instaurado otras aún más penetrantes. Hace un tiempo un artículo publicado en el diario The Atlantic predecía certeramente el futuro del marketing asegurando que “ las futuras aplicaciones que hacen uso de grandes volúmenes de datos, localizaciones, mapas, seguimiento de los intereses de un navegador y flujos de datos procedentes de dispositivos móviles y portátiles, prometen marcar el comienzo de la era de poder sin precedentes en manos de los vendedores, que ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos”.

En el lado opuesto a eta afirmación, podemos pensar que es imposible llegar a tal manipulación. Somos demasiado inteligentes como para no darnos cuenta del efecto que la publicidad tiene en nosotros, y algo hay que dar a cambio de los servicios de los que disfrutamos. Por ejemplo, los usuarios de Wallapop intercambian entre ellos productos mediante una plataforma gratuita en la que todo parecen ventajas. Por ahora, a pesar de las multimillonarias inversiones, no ganan ni un duro por lo que se prevé que en un futuro, habrá publicidad. Es posible que utilizando nuestra ubicación y búsquedas, se ofrezca información sobre comercios a nuestro alrededor donde comprar lo que queramos de primera mano. ¿Estarán manipulando nuestra información para vendernos cosas? Sí, pero establecer si esto nos perjudica al manipular nuestras acciones, o nos beneficia al hacer más fácil que encontremos lo que queramos, depende del cristal con el que se mire.

Apocalípticos e integrados

apocalipticos-e-integrados-umberto-eco-4970-MLA4008899551_032013-FTomando como referencia el conocido libro Apocalípticos e Integrados de Umberto Eco, es posible aplicar las concepciones opuestas con las que el filósofo dividía la percepción de la cultura de masas a esta nueva dominación de los gigantes online.  Según los apocalípticos, la cultura de masas, o en este caso, la nueva era del marketing digital, genera homologación, manipula a sus públicos, provoca emociones pre construidas y está dominada por las leyes del mercado. Uno de las personalidades que mejor ejemplifica esta corriente de opinión sea quizá Andrew Keen, autor de Internet no es la respuesta. Por otro lado, desde la visión de los integrados, la actual era de la digitalización, no puede ser reducida a un fenómeno capitalista, permite el acceso democrático a la cultura y la información, puede servir como agente de formación y satisfacer necesidades. Como ejemplo de esta postura, cualquier trabajador de Sillicon Valley que considera que gracias a nuestros datos, la tecnología está haciendo del mundo un lugar mejor.

En el fondo importa poco de qué lado nos situemos, ya que lo cierto es que parece imposible escapar. La única alternativa a este nuevo mundo creado donde la publicidad mueve los hilos de nuestras acciones es no utilizarlo, y sinceramente, no parece una opción más beneficiosa que continuar compartiendo datos. Lo de poner en Facebook “no permito que se venda mi información” es una verdadera chorrada, leerse el rollo de las cookies cada vez que visitamos una página es impensable y por más que Google se empeñe en convencernos en su página de administración que no vende nuestra información a terceros, queda claro que eso es extensamente discutible.

La ley establece nuestro derecho a saber qué saben las empresas de nosotros, ¿pero de verdad nos importa? Tomando prestada una frase de Dan Ariely, los humanos somos “predeciblemente irracionales” por lo que no siempre actuaremos en nuestro mejor beneficio. Mientras unos sigamos disfrutando y otros enriqueciéndose, la maquinaria seguirá en marcha, aunque nunca está de más abrir los oídos al permanente murmullo que desde segundo plano se burla de nosotros susurrando “si lo barato sale caro, lo gratis ya ni te digo”.

Continúa leyendo: Los beneficios de hablar solo

Los beneficios de hablar solo

Néstor Villamor

Foto: Noah Silliman
Unsplash

Hablar solo sigue siendo una actividad polémica. Por una parte, la percepción general es que se trata de un síntoma de inestabilidad mental o emocional; por otra, la ciencia no deja de tumbar ese estereotipo. Un estudio publicado en la revista Nature ha concluido que conversar con uno mismo ayuda a regular las emociones y mantener el autocontrol.

Pero este estudio, a diferencia de otros publicados anteriormente, da una nueva vuelta de tuerca al asunto. Para empezar, plantea que es preferible que el soliloquio no sea en voz alta, así que adiós al estigma. Y además, sugiere que estos beneficios aparecen cuando la persona habla consigo misma en tercera persona. Es decir, en lugar de preguntarse “¿Cómo me siento?”, es más beneficioso plantearse “¿Cómo se siente Carlos?”. De ese modo, sugieren los investigadores, Carlos tendrá un mejor control sobre sus sentimientos al poder percibirse con la distancia que siempre se tiene con cualquier interlocutor.

Como dice el estudio, “todos tenemos un monólogo interno en el que nos sumergimos de vez en cuando; una voz interior que guía nuestras reflexiones cotidianas”. Pero el modo en el que nos dirigimos a nosotros mismos tiene efectos diferentes en función de qué pronombre utilicemos. “Concretamente”, observa la investigación, “utilizar el propio nombre para referirse a uno mismo durante esta introspección en lugar del pronombre de primera persona ‘yo’ aumenta la habilidad de las personas de controlar sus pensamientos, sus sentimientos y su comportamiento bajo situaciones de estrés”.

Dos experimentos

Para llegar a tales conclusiones, los autores del estudio -liderados por el investigador de Psicología Jason Moser, de la Univeresidad Estatal de Míchigan- llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, los investigadores pidieron a 37 voluntarios que hablaran consigo mismos acerca de lo que sentían cuando les enseñaban imágenes desagradables. Midiendo la actividad cerebral con un electroencefalograma, los científicos descubrieron que cuando la conversación se producía en tercera persona no solo se conseguía reducir la ansiedad antes, sino que se reducía en menos de un segundo.

“Los resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”

En el segundo experimento, los investigadores pidieron a los participantes que reflexionaran en silencio sobre experiencias dolorosas de su vida, tanto en primera como en tercera persona. Utilizando esta vez escáneres cerebrales, los científicos descubrieron que, de nuevo, la segunda opción ayudaba a los participantes a regular mejor sus emociones. “Juntos, estos resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”.

Los beneficios que ha encontrado este estudio se suman a muchos otros sobre el mismo tema, del que la ciencia se está empezando a preocupar. Una investigación de hace cinco años publicada en The Quarterly Journal of Experimental Psychology mostraba que hablar solo (pero esta vez en voz alta) ayuda a encontrar objetos perdidos. El motivo, según los investigadores, es que oír en alto el nombre del objeto que se busca crea una asociación visual más poderosa.

Continúa leyendo: Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

Si quieres conocer un poco más sobre el Rey, te contamos siete cosas que quizá no conocías sobre él.

TOP