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La novela postmodernista que intentó cargarse el realismo literario español

El escritor Julián Ríos publicó en 1983 ‘Larva’, una meganovela joyceana que quiso llevar el postmodernismo español a las más altas cimas de la exigencia literaria

La novela postmodernista que intentó cargarse el realismo literario español

Amaya Aznar | Cedida por la editorial

Ya en una entrevista de 1977 mantenida con el escritor Julián Ríos, le preguntaba Ernesto Parra en El País a este si es que después de su libro quedaba algo más por escribir en castellano, a lo que Ríos contestaba que ningún libro debía ni podía pretender frenar el avance literario y que «tarde o temprano se puede ir más allá». Sin embargo, casi 40 años después, se hace bastante difícil encontrar una novela española que pueda igualar a Larva en su festividad carnavalesca, en su orgía idiomática, en su galantería trovadoresca; en definitiva, en su festín de la carne y el verbo. 

Comenzada a escribir en 1973, los primeros fragmentos de Larva se publicaron en la revista mexicana Plural y en la española Espiral (revista trimestral dependiente de la colección del mismo nombre que se publicaba en la editorial Fundamentos y que estaba dirigida por el propio Julián Ríos).  Y no era extraña esta relación mexicana ya que, un poco antes, en 1972, había publicado Ríos un libro de conversaciones con Octavio Paz, Solo a dos voces, editado por Joaquin Mortiz en México y con edición española en Lumen al año siguiente.

Ese mismo año de 1983 saldría Larva ya con el formato de libro que es ahora canónico, con cubierta de Antonio Saura, punta de lanza de lo que el autor llama su Ciclo Larvario y que ahora replica Jekyll & Jill. Da cuenta de su importancia y del revuelo que levantó en un primer momento Larva (al menos entre la intelligentsia) las tres reimpresiones con las que contó su primera edición, así como el libro Palabras para Larva (Llibres del Mall, 1985), donde escribieron sobre la fascinación que les había producido la obra, entre otros, Haroldo de Campos, Rafael Conte, Juan Goytisolo, Federico Jiménez Losantos, Andrés Sánchez Robayna o Severo Sarduy. Un año antes se había celebrado ya un ‘Diálogo a dos voces’, con la presencia de Julián Ríos, en el 23ª Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, en la facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, germen del libro que comentamos antes. En ese primer momento, la crítica celebró su invitación permanente al juego y su voluntariedad postmoderna, vanguardista, que se daba de bruces contra una cultura revisionista española, con una literatura que no se caracterizaba por su excesivo riesgo, asentada en los diferentes códigos del realismo. Esto es: se leyó en clave nacional. Se la enfrentó a otras novelas españolas de su tiempo, en especial con la así llamada «nueva narrativa española».

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Imagen de cubierta de ‘Larva’ vía Editorial Jekyll & Jill.

Habrían de pasar casi veinte años más para que una nueva revisión crítica viniese a releer Larva. Así las cosas, en abril de 2004, organizó el escritor Germán Sierra, con la colaboración de la Fundación Torrente Ballester, el Primer Encuentro de Nuevos Narradores, en Santiago de Compostela. En él, cerraba el encuentro una mesa redonda homenaje a Julián Ríos en la que participaron el propio Sierra, Eloy Fernández Porta y Juan Francisco Ferré y en la que se contó con la presencia del autor de Larva. Aquí se tiene ya una visión más internacionalista de la obra de Ríos, y se hace una lectura desde su conexión con las más innovadoras y experimentales obras posmodernas, tanto europeas como norteamericanas. Nos cuenta Eloy Fernández Porta, al teléfono, que en aquel momento interesaba más una lectura despolitizada, más centrada en aspectos creativos ligados a la innovación lingüística. Fruto de esa mesa redonda, apareció un dossier en la revista The Barcelona Review, celebrando el 20 aniversario de la Larva, en noviembre de 2004.

Y así llegamos a otro noviembre, concretamente el 4 de noviembre de 2020 cuando, nos cuenta Víctor Gomollón, editor de Jekyll & Jill, surge la propuesta de reeditar Larva. El libro se ha compuesto y diagramado de nuevo, siguiendo las pautas de la primera edición (un proceso laborioso, ya que Gomollón lo tuvo que trabajar línea a línea, tras el escaneo del OCR, el Reconocimiento Óptico de Caracteres). Y es que no es baladí la mención, ya que Larva «esconde juegos de palabras por todas partes y el OCR se volvía loco», nos dice Gomollón. El escritor Alejandro Hermosilla le ayudó al editor, revisando una y otra vez la obra, realizando unas segundas tareas de corrección. Para los curiosos, sépase que el texto está compuesto en tipografía Garamond de la American Type Founders, que es casi idéntica a la que se utilizó la linotipia de la primera edición. Esta nueva edición conmemorativa, con una tirada inicial de 1.000 ejemplares, además de tratar de respetar al máximo la edición original (incluyendo el mapa de Londres y las fotografías originales de la ciudad por la que callejeaban los personajes) está dedicado a la mujer y traductora al francés de la obra de Ríos (aunque, curiosamente, no de Larva), Geneviève Duchêne, quien murió mientras esperaba esta edición. Coincidiendo con la misma, la revista Tropelías, de la Universidad de Zaragoza, le ha dedicado un número extraordinario.

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Geneviève Duchêne en la exposición «Antonio Saura et les livres de sa vie», Instituto Cervantes de París, 15 de diciembre de 1992 | Foto: Julián Ríos..

Preguntado el propio autor, Julián Ríos, quien lleva más de treinta años viviendo en el norte de París, en la Île-de-France, por la lectura de su obra en la actualidad, nos dice que: «Yo soy el que es hoy. Podría hacer mío ese lema de Milalias, uno de los personajes de Larva. Pero como tengo 80 años y como para mí ahora, desde la muerte de mi mujer, cualquier tiempo pasado fue mejor, a modo de conclusión debería añadir: rey ayer».

Pero, ¿de qué va exactamente Larva?

Una larva es un animal que se encuentra en la primera etapa del desarrollo postembrionario, pero también es una máscara, la de aquel que todavía no ha adquirido la forma y organización propia de los de su especie. Y de esto va Larva: de las máscaras y de los vaivenes de la identidad.

El contexto es una larga noche de San Juan, en la que tres personajes se pierden por la madrugada londinense, mediados los años setenta del siglo pasado, en una interminable fiesta en una villa abandonada en Fulham. Una mansión de dos plantas, en forma de T, «rodeada de un jardín selvático, y con toda clase de árboles exóticos, que parecía un jardín botánico abandonado», escribe Ríos.  Y, al fondo del todo, se halla la revisión del mito de Don Juan Tenorio, que cumple una función ritual de celebración de la vida y de la muerte, una función asimismo liberadora y subversiva, ya que pone en conflicto la responsabilidad individual frente a las normas de la sociedad de la cual forma parte.  

El libro está lleno de juegos verbales e idiomas que se contagian, dialogan e interpelan (italiano, francés, inglés, catalán, español, portugués…). Es una pura fiesta de retruécanos, neologismos, aliteraciones, hipérbatos. Un caos sintáctico y musical lleno de comicidad y fanfarronería. Una mascarada sin inicio ni fin. 

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Julián Ríos | Foto: Amaya Aznar | Cedida por la editorial.

Son tres los personajes que, de una u otra forma, llevan la batuta: Milalias, Babelle y Herr Narrator. Tres también los dispositivos narrativos principales a través de los que se desarrolla la acción: las páginas pares (a la izquierda del libro), compuestas por notas al pie, las páginas impares, en las que se produce el desarrollo de la acción, de tintes más fantasiosos y carnavalescos, y, ya en la parte final, las «Notas de la Almohada». Se trata de -por decirlo de alguna forma- la parte más realista y que sirve para asentar el carnaval lingüístico precedente en la realidad matérica, escritas por Babelle y traducidas por Milalias. Asimismo, tres son los puntales literarios sobre los que se asienta Larva: la alquimia del lenguaje de Rabelais, lo que Ríos llama «el principio de incertidumbre de Cervantes», con el que este destruye el código convencional de lectura de su tiempo y la experimentación con la página de Laurence Sterne. A esta triada se les podría sumar el Eros joyceano y la comicidad de Juan Ruiz. Como dice el escritor Juan Francisco Ferré, «Larva es otro Libro de Buen Amor escrito seis siglos después del originario por un Ovidio hispano versado en el Ars Amandi»; un libro que es un animal vivo y que, al revivir cuarenta años después en su misma edición original, es como si acabase de ser publicado, tal que una calentita novedad recién salida del horno

«Son poquísimas las obras que sobreviven a su autor. Hay ese momento supremo en que el escritor se convierte en escrito.»

Al respecto de la trascendencia y preguntado por si cree que su obra le sobrevivirá, nos dice Julián Ríos que se siente «construido para durar, como dirían los victorianos. Y el escritor que diga que no le preocupa la transcendencia, miente o adopta la pose de displicente. Por suerte, el escritor nunca sabrá si su obra le va a sobrevivir. Son poquísimas las obras que sobreviven a su autor. Hay ese momento supremo en que el escritor se convierte en escrito. En esa metamorfosis final el escrito se queda sin la posible ayuda del autor, de sus cortesanos, de sus portavoces. Lo escrito, escrito está, o estaba, porque la mayoría de las veces cae en el olvido permanente».  Sea.

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