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Cultura

Rafael Gumucio: Chile como destino y como vocación

La novela ‘Los parientes pobres’ indaga en la esencia del país andino a través de una familia encadenada al patriarca

Rafael Gumucio: Chile como destino y como vocación

Rafael Gumucio | Lorena Palavecino

A Rafael Gumucio (Santiago, 1970) le duele Chile. Aunque le intente quitar hierro al asunto, se nota que le duele. Tras pasar la infancia en el exilio, en Francia, regresó a su país natal para estudiar y empezar su carrera literaria, pero se largó en 2000, esta vez cuatro años a España y luego a Nueva York, por amor… Hasta que volvió a volver. Pese a seguir conectado a la Gran Manzana y no parar de viajar (ahora está en España promocionando su último libro), Chile se le impone como un destino siempre complicado, a veces desesperante.  

Se lo toma con humor, eso sí. Parece un tipo simpático, muy leído y viajado, pero cercano, hasta entrañable. Su obra siempre ha tenido cierta vis cómica y tiende a lo autobiográfico. Ambas pulsiones copularon al principio de su carrera hasta parir su obra más exitosa, Memorias prematuras (1999), y ahora han vuelto a hacerlo con el resultado de Los parientes pobres (Random House). 

En este caso, se trata de una novela, pero es evidente que Gumucio conoce de primera mano el arquetipo de su protagonista coral, una familia de la clase alta chilena. En concreto, de los «parientes pobres», que, «en el fondo, son más ricos, o más bien, más sofisticados», por eso la obsesión que tienen con ellos el tronco «serio», enclaustrados en «esa chilenidad tan chilena que lo está matando», como dice uno de los personajes de la novela.

Al frente de la rama bohemia se encuentra «el papá», un escultor que ejerce de patriarca absoluto de sus 11 hijos. La novela los presenta atribulados por el último estrambote del papá. Pasados los 90 años, decide echarse novia en la residencia en la que está recluido y elige a su propia hermana. La discusión al respecto va reabriendo heridas hasta el punto culminante en el que el papá desaparece y su ausencia desata lo más parecido al apocalipsis familiar.

El patriarca, esa figura tan cara a la literatura latinoamericana, es el corazón de la novela. Pero, matiza Gumucio, con «un elemento que no está en el patriarca del Boom: se trata un artista. Uno frustrado y frustrante». Porque, aunque «ya casi no puede hacer nada, ni hablar, ni andar…, las pocas cosas que hace son muy marcadoras para sus hijos y nietos, que amplifican sus actos, sobredimensionándolos. Hasta cierto punto, todos se han autofrustrado al decidir no tener ninguna vida fuera del padre».

Relaciones familiares

No es casualidad que la trama arranque con el escándalo ante el incesto del papá. El cortejo a su hermana comienza con una frase: «Su olor me resulta familiar». Entre las brumas de la demencia senil emerge un impulso puramente fisiológico. «Todas las relaciones dentro de las familias son muy sexuales», sostiene Gumucio. «En Chile dicen que no hay nada más aburrido que bailar con la hermana… Pero es mentira. Todos tenemos una tendencia muy fuerte en nuestra genética a bailar con la hermana. Por eso el tabú de incesto es tan central en la cultura, porque es tentador».

Los hijos se rasgan las vestiduras por la ruptura del tabú, pero en realidad participan de él más de lo que reconocerían: «Muestran un gusto exacerbado por sí mismos, por su propia realidad, la de una clase a la que yo pertenezco, la artística, relacionada con la clase alta y poderosa, pero desde una posición marginal». Para el resto de los mortales, «hay otra vida: uno trabaja, se echa novia, hace cualquier cosa, y los padres quedan en un cajón de su vida, pero para estos personajes nada es tan importante como ‘ser hijos de’. Quería describir una familia enamorada de sí misma, y por eso también enojada consigo misma».

La esperanza pugna por asomar desde la siguiente generación. Si las voces de los hijos aparecen en un interesante formato que replica las típicas conversaciones de un grupo de una red social, la de una nieta discordante irrumpe en capítulos alternos con una liberadora primera persona y un curioso plan de fuga de la vorágine bohemia estudiando Derecho: lo más convencional que se le ocurre. «No lo pensé cuando lo escribí, pero ahora puedo ver ahí esa voz femenina, de mujer joven, que emergió en Chile en 2017, una voz distinta», reflexiona Gumucio.

¿Distinta a qué? ¿En qué consiste esa chilenidad tan negativa a la que se refieren varios de los personajes? «Es un mundo muy provinciano, muy pequeño. La conciencia de estar lejos de todo nos ha construido como imitadores ciegos de lo que pasa en el mundo y amantes de los roles en un constante baile de máscaras».

Vuelta a Chile

Y eso, a Gumucio, ¿le duele? «No, no, yo creo que me lo inventé un poco este sufrimiento». Porque él sí tiene una vía de escape. «Podría haberme vuelto a vivir en Francia y haber sido un escritor francés que a veces toca temas chilenos o sudamericanos. Podría haber sido una especie de Manu Chao de la literatura. Pero por razones inexplicables para mí, preferí instalarme en Chile, preocuparme de su política interna, escribir sobre ello». 

Manu Chao como paradigma… «No querer ser como él me ayudó mucho a acelerar mi decisión. Es como el peor tipo de turista. Los hay que no conocen tu cultura y llegan a Barcelona y comen comida mexicana, digamos, pero este habla tu idioma, sabe dónde ir. Y hace esa cosa como tropical…» Una especie de infiltrado.

Él, por lo menos, intentó profundizar. «Participé en muchos periódicos, editoriales y cosas que me hacían creer que de alguna forma mi intuición de lo que era Chile o cómo debía ser había contagiado a un grupo mucho más grande… Y me di cuenta de que no, de que seguía siendo lo que siempre fui allá: un chileno, por supuesto, pero que viene de afuera, con una mentalidad un poco de afuera. Un afuerito. Bueno, fue una lección de humildad».

Y, sin embargo, ahí sigue, escribiendo de esa «chilenidad tan chilena».

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