'La isla de Amrum': la guerra vista a través de los ojos de un niño
La película combina la belleza del paisaje y la emoción de las aventuras infantiles con los horrores de la Historia

Fotograma de 'La isla de Amrum'.
La mirada infantil es un punto de vista interesante para contar el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, porque ese niño no siempre entiende la complejidad de lo que está sucediendo a su alrededor. Esta perspectiva es la que se adopta en La isla de Amrum, basada en los recuerdos infantiles del actor y cineasta Hark Bohm, que aparece en la escena final, ya anciano, pocos meses antes de fallecer. La película es de 2025 y él murió el 14 de noviembre de ese año. Lo vemos contemplando la playa de esa isla en la que pasó de niño los últimos meses de la guerra.
Quizá hayan visto el rostro enjuto de Hark Bohm en relevantes papeles secundarios en largometrajes de Fassbinder, como Desesperación, El matrimonio de María Braun o Lili Marlene. También dirigió varias películas, que es menos probable que hayan visto, porque ninguna se ha estrenado aquí. Su hermano menor, Marquard Bohm, también fue un notable actor.
Nacido en 1939, Hark Bohm pasó los meses finales de la guerra en Amrum, en el mar del Norte, antaño un puerto ballenero. La familia era originaria de esa isla y regresaron allí cuando su casa en Hamburgo fue destruida en un bombardeo. El niño vivía con una madre muy nazi y una tía nada nazi. El padre, un científico también muy nazi, era autor de libros sobre genética y estaba combatiendo en el frente. En una escena, el protagonista le enseña a un amigo la biblioteca de su casa. Le muestra una de las obras de su padre y le presta un ejemplar de Moby Dick en alemán. La novela da pie al comentario de un personaje no precisamente entusiasta del nazismo: «Hitler es Ahab y Alemania el Pequod».
La perspectiva infantil y la carga emocional de los recuerdos reales en los que se inspira la película ofrecen una conmovedora mirada sobre ese sombrío periodo, que esquiva los clichés más manidos. La isla queda protegida de los horrores más cruentos de la guerra. En la escena inicial, los niños contemplan cómo los aviones aliados que se dirigen hacia el continente para bombardear Alemania sueltan en el mar algunas bombas para evitar el exceso de peso. Para ellos es ya una rutina, saben que sus vidas no corren peligro. Sin embargo, el candor del protagonista puede desencadenar situaciones terribles. Como cuando, sin maldad alguna, explica en presencia de su madre el comentario irónico sobre Hitler que ha hecho una granjera (estupenda y siempre bella Diane Kruger) que les paga a él y su amigo unas monedas por ayudarla a recoger patatas. La indiscreción tendrá consecuencias.
La película está construida de un modo episódico, con pequeños acontecimientos que van componiendo un mosaico de emociones y percepciones. La madre acaba de dar a luz al hermano del protagonista y tiene el antojo de comer pan blanco con mantequilla, algo nada fácil de conseguir. De modo que el niño va a ver al panadero… al que le falta un brazo, perdido en el frente. Llegan refugiados de Silesia, porque los rusos están ya a solo 50 kilómetros de Berlín, y los niños de la isla los desprecian y los llaman «polacos», aunque son alemanes. Otro momento brillante es el descubrimiento en la playa del cadáver de un aviador británico que ha traído el mar, cuyos ojos han sido devorados por los peces. Uno de los episodios más sutilmente narrados es el de las fotos guardadas en un baúl del tío del que nunca se habla en casa. El tío que emigró a América…, porque se había casado con una chica judía.
Ritos de paso
La isla de Amrum es un bildungsroman en toda regla; está construida como una sucesión de ritos de paso hacia la madurez. No solo provocados por la guerra. El protagonista, niño de ciudad, roba huevos de oca y aprende el truco para saber si en ellos ya se está desarrollando el pollito. En otra escena es obligado a vencer sus escrúpulos urbanitas y despellejar un conejo. En otra, bellísima e inquietante, se enfrenta a la rápida subida de la marea en las marismas. Y descubre la realidad de la muerte. Al cadáver del aviador se suma después el del jefecillo local de las Juventudes Hitlerianas, que, ante la inminencia del derrumbamiento del régimen, se ha pegado un tiro. Ya hacia el final hay otra secuencia memorable: cuando los cupones nazis ya no sirven para comprar comida, la madre sucumbe a la tentación de robar una salchicha al carnicero y sufre una humillación que su hijo contempla desolado.
Dirige, con elegancia, Fatih Akin, cineasta alemán de ascendencia turca conocido hasta ahora por películas de ritmo enloquecido como Soul kitchen, thrillers de venganza como En la sombra y el crudísimo retrato de un psicópata en El monstruo de St. Pauli. Aquí cambia radicalmente el registro y, tirando de sutileza y sencillez, consigue emocionar.
No es la primera vez que se utiliza la mirada infantil para retratar el nazismo y la guerra. Hace unos años generó cierta polémica la estupenda Jojo Rabbit de Taika Waititi, que, con tono de comedia, contaba las andanzas de un niño metido en las Juventudes Hitlerianas, que tiene al mismísimo Hitler como amigo imaginario. Hasta que un día descubre pasmado que los judíos no son demonios con cuernos, porque su madre tiene escondida en casa a una niña judía. La película abordaba cómo se adoctrina a los niños en las teorías más dementes. La isla de Amrum, una producción modesta y hermosa, tiene un planteamiento muy diferente. Consigue combinar la belleza del paisaje isleño y la emoción de las primeras aventuras infantiles con el trasfondo de los horrores de la Historia.
