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De Esperanza Aguirre a Isabel Díaz Ayuso: así se abrió paso el «liberalismo a la madrileña»

Diego Sánchez de la Cruz, autor de ‘Liberalismo a la madrileña’, defiende modelo implantado en la comunidad desde Esperanza Aguirre

De Esperanza Aguirre a Isabel Díaz Ayuso: así se abrió paso el «liberalismo a la madrileña»

Diego Sánchez de la Cruz. | Deusto

Madrid puede ser, a la vez y dependiendo de nuestro interlocutor, una cosa y la contraria. Un extraterrestre se las vería tiesas para comprender qué piensan los españoles y los madrileños sobre su capital, hasta tal punto son divergentes las percepciones. Madrid es, para unos, un ogro inhóspito, agujero negro y sumidero de las Españas, desagüe del Estado del bienestar, la ciudad donde se apaliza al diferente en razón de odio y los jóvenes sobreviven hacinados; para otros, es el parteolas de la libertad, locomotora del país y edén del desarrollo, el lugar donde uno va a hacer lo que en otro sitio no puede o no le dejan, ya sea levantar una empresa como pasear de la mano con la pareja del mismo sexo. 

En este último bando militan los liberales, que ven en el auge de la ‘madrileñofobia’ un claro síntoma cervantino: «Ladran, luego cabalgamos». El éxito de la capital explica sus detractores. En esas está Diego Sánchez de la Cruz, autor de Liberalismo a la madrileña (Deusto), firme defensor del modelo implantado en la comunidad desde la llegada al poder de Esperanza Aguirre. Para este analista, esa espita abierta por la ‘lideresa’ y evolucionada hasta dar con la actual presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, «no es una moda sino un modelo». Una hoja Excel bien rematada en la que deberían mirarse los demás para hacer de España lo que se resiste a ser: el motor del Sur de Europa.      

La propia existencia de este libro explica la exitosa progresión del liberalismo madrileño, y aun español, que hace tres décadas no hubiera tenido quien lo cantara. En los 80, recuerda Sánchez de la Cruz, se acuñó aquello de que «los liberales caben en un taxi», adobado posteriormente con «y el taxi lo paga Fraga». Los liberales puros eran escasos, cobijados bajo el ala conservadora de Alianza Popular. Entre ellos se encontraba Esperanza Aguirre, que veía en Margaret Thatcher y Ronald Reagan una vía valiente hacia el progreso desacomplejado. Recuerda Aguirre en el prólogo a este libro que «si ya el establishment político y mediático español era socialdemócrata sin fisuras, las críticas de ese mismo establishment hacia la alternativa liberal que encarnaban Reagan y Thatcher eran durísimas».  

A finales de los 90, la llegada de Aznar a la Moncloa y, luego, Aguirre a la Real Casa de Correos, propició que el liberalismo tuviera cabida y hasta mando. Desde entonces, Madrid ha acometido hasta 65 rebajas de impuestos, ha llevado a cabo todo tipo de políticas de desregulación mientras, añade De la Cruz, ha mantenido y mejorado los servicios básicos. «El liberalismo a la madrileña es el resultado de dos décadas de políticas económicas muy concretas, que han avanzado todas en la misma dirección y se han mantenido a lo largo del tiempo, lo cual es poco habitual en España, donde los ciclos económicos son cortos y duran lo que la mayoría política», señala el autor. Este modelo ha hecho que otras comunidades se rebelen contra el presunto dumping fiscal de Madrid, algo que De la Cruz ve «delirante» en boca de regiones que cuentan con regímenes propios, fueros y financiación ad hoc.  

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Isabel Díaz Ayuso. | Foto: Eduardo Parra (EP)

Pero a la pata económica la sustenta o la acompaña una concepción de la sociedad liberal. Ahí radicaría la variante madrileña e incluso «cañí». «La otra fuente del liberalismo madrileño es popular: cuatro de cada 10 personas en la comunidad vienen de otras partes, a menudo a que le dejen en paz. Es un liberalismo de calle». La imagen de Isabel Díaz Ayuso ha prosperado haciendo bandera de «nuestra forma de vivir», de las tabernas y los atascos, de la posibilidad de no encontrarte a tu ex en las calles de la gran ciudad. Su liberalismo es, para algunos, genéticamente populista. Pero De la Cruz cree que su éxito está en su gestión: «Isabel no era el monstruo político que es hoy cuando llegó al gobierno, trenzó mayoría en situación delicada y en los peores momentos de la pandemia, cuando más difícil han sido las políticas públicas, ha demostrado capacidad de gestión muy importante. Eso es lo que le da popularidad, medidas acertadas y a contracorriente. El sistema funciona, los madrileños lo abrazan, lo notan a diario, saben que pagan menos impuestos, que pueden elegir colegio y médicos, que Madrid capta inversión, que hay oportunidades…». 

Cataluña sería la némesis de este Madrid liberal. El analista recuerda que los datos de confianza interpersonales entre catalanes son un 50% más bajos que entre madrileños. El nacionalismo ha cerrado mentalidades pero también negocios. «Las ideas tienen consecuencias, las buenas y las malas ideas. Madrid produce más que Cataluña a pesar de tener millón y medio menos de habitantes. Generar división tiene un coste clave para la economía catalana. El nacionalismo es una fórmula perdedora». El sorpasso se ha consumado y Madrid es no solo la capital institucional que siempre fue sino la región que el inversor marca en rojo y donde el estudiante (por más que digan) quiere venir a sacarse el título. Así lo cree De la Cruz: «La mayoría de las críticas a Madrid están total y absolutamente alejadas del debate a pie de calle, provienen de las clerecías intelectuales, de contertulios y periodistas que satisfacen a sus clientes, pero a pie de calle solo se confirma que la comunidad sigue ganando población, los indicadores de calidad de vida son francamente buenos, las listas de espera, más cortas y los servicios, satisfactorios. La gente mira con admiración el modelo madrileño e incluso lo imitan aunque lo critiquen, como Revilla en Cantabria, y Ayuso es muy valorada en toda España».

La cuestión es si la mandataria cañí por antonomasia acabará en La Moncloa. O, mejor, si en una España tan fraccionada e inestable, lejos ya del bipartidismo de antaño, el liberalismo puede retomar el poder e implementar la receta madrileña. «Un número mayoritario de españoles preferiría que en Moncloa estuviese un mayoría de derechas, confían en que eso pondría fin a las políticas de sobrerregulación, opresión fiscal y restricciones sanitarias… Los españoles desean ese cambio, pero el sitio de Ayuso ahora mismo está claro. Dar el salto a la política nacional no está en su cabeza. Lo importante no son las personas sino los postulados». El futuro de la facción liberal pasa también por sobreponerse al fuerte componente conservador de la derecha española. Conservadores y tradicionalistas recelan del capitalismo y el laissez faire como si de un nihilismo se tratase. Las voces que, desde el pensamiento conservador, se alzan contra los mercados y el globalismo a ultranza, van a más. «La derecha política ha construido proyectos ganadores cuando ha mantenido el equilibrio entre libertades y tradiciones. Alejarse de proyectos políticos económicos que promuevan el bienestar y el crecimiento es no solo dar la espalda a la historia política de la derecha, que recomienda esa alianza entre conservadores y liberales, sino rechazar unos datos abrumadores. El bienestar económico apuntala las tradiciones. Por eso ambas facciones están condenadas a entenderse», concluye este analista.

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