Nadie triunfa solo: la cara oculta del éxito
Todos sabemos de personas talentosas, trabajadoras y simpáticas cuyas carreras, sin embargo, no despegan. ¿Por qué?

Steven Spielberg empezó su carrera colándose en los estudios Universal. En la imagen, el director posa durante la última ceremonia de los Oscar. | Billy Bennight (EP)
En el otoño de 2010 Alex Banayan acababa de entrar en la Universidad del Sur de California. En teoría, iba a estudiar medicina. En la práctica, no sabía muy bien qué hacer con su futuro y decidió buscar inspiración en la sección de biografías de la biblioteca.
«Pensar en lo que había logrado Bill Gates —recapacitó hojeando un libro sobre el fundador de Microsoft— era como estar al pie del Everest y atisbar la cima. […] ¿Cómo fueron los primeros pasos del ascenso? […] ¿Cómo se convirtió Spielberg en el director de estudio más joven de la historia de Hollywood? ¿Cómo consiguió Lady Gaga, a los 19 años y cuando era camarera en Nueva York, su primer contrato discográfico?».
Banayan se dio cuenta de que no había un volumen que recogiera los inicios de todas esas celebridades y se dijo a sí mismo: «Si nadie ha escrito la obra que sueño leer, ¿por qué no lo hago yo?».
Así arranca La tercera puerta, el entretenido y no exento de suspense relato de sus andanzas «en busca del éxito de Bill Gates, Steven Spielberg y Lady Gaga».
Revelaciones
Les confesaré que los consejos que Banayan obtiene de boca de sus interlocutores no son muy allá. Los que no resultan obvios («nunca faltes a tu palabra») o triviales («lleva siempre un bolígrafo encima»), son a menudo contradictorios.
El boxeador Sugar Ray Leonard le dice que perseverar es la clave, pero el fundador de los encuentros Summit, Elliot Bisnow, opina que no hay que obsesionarse con el plan A y Dean Kamen, el inventor del Segway, admite que a veces no queda más remedio que abandonar, aunque tampoco sabe precisarle cuándo ni por qué.
Bill Gates recomienda a Banayan que exagere sus capacidades y sus conocimientos, y el mítico entrevistador de la CNN Larry King le insta a ser él mismo. Richard Saul Wurman, el fundador de las charlas TED, le revela que su primer mantra es «El que no llora no mama», pero el inversor y autor de La semana laboral de cuatro horas Tim Ferriss, al que Banayan ha sometido a un inmisericorde bombardeo de correos, le advierte educadamente que «hay una línea muy fina que separa al perseverante del molesto». Tony Hsieh, el CEO de la firma de calzados Zappos, decía que la clave era preguntarse a uno mismo por qué hacía lo que hacía, pero Wurman da a entender que da un poco igual, porque, como sostiene su segundo mantra, «la mayoría de las cosas no funcionan».
Al término de este tortuoso y a ratos divertido periplo, Banayan se las arregla, sin embargo, para encontrar un hilo conductor.
La discoteca
«Todas las personas que había entrevistado —recapitula Banayan— encaraban la vida, los negocios y el éxito de la misma manera. Desde mi punto de vista, era como ir a una discoteca. Siempre hay tres entradas».
Está la principal, cuya «cola llega incluso a doblar la esquina. Frente a ella espera el 99% de la gente». Luego está el acceso para VIPS, que es «por donde se cuelan los millonarios, los famosos y los que vienen de buena familia». La escuela y la sociedad nos hacen creer que estas son las dos únicas vías, «pero —sigue Banayan—, durante estos últimos años me he dado cuenta de que siempre, siempre… hay una tercera puerta. Para llegar a ella tienes que dejar la cola, meterte en el callejón, llamar cientos de veces, romper una ventana… Siempre hay una forma de entrar».
La historia de Steven Spielberg es quizás la que mejor ilustra esta tesis.
El tiburón
«Spielberg —cuenta Banayan— comenzó su carrera cuando tenía más o menos mi edad [21 años]. He leído varias versiones, pero, según él, esto fue lo que ocurrió».
Spielberg se había apuntado a un tour por Universal y, en un momento dado, «saltó del autobús, se ocultó en un cuarto de baño» y se pasó el resto del día deambulando por los estudios, donde conoció a un empleado llamado Chuck Silvers. «Charlaron un rato y, cuando Silvers supo que Spielberg era un director novel, le extendió un pase de tres días». Spielberg lo apuró y, cuando llegó el cuarto día, siguió acudiendo, pero ya trajeado y con el maletín de su padre. «Se plantó en la entrada, […] dijo ‘¡Hola, Scott!’ y el guarda de seguridad le devolvió el saludo».
Durante tres meses, Spielberg se presentaba en Universal, daba los buenos días y accedía sin problemas.
Abordaba a los actores y los ejecutivos y los invitaba a comer. Se colaba en los sets de rodaje y en las salas de edición y absorbía toda la información que podía, hasta que Silvers le advirtió de que así no iba a ningún lado y que lo que tenía que hacer era rodar un buen corto. El resultado fue Amblin’, un romance que deslumbró a Sid Sheinberg, el vicepresidente de producción de Universal TV. «Así se convirtió Spielberg en el director más joven del mayor estudio de la historia de Hollywood».
Nadie va a discutir a estas alturas el talento de Spielberg, reconoce Banayan, pero ¿cuántos directores noveles no lo tienen? La diferencia era que Spielberg contaba con un topo dentro de la organización que pretendía asaltar. «Si Chuck Silvers no le hubiera ofrecido […] un pase de tres días ni hubiera llamado al vicepresidente de producción para que viera Amblin’, nunca habría logrado el contrato».
La tercera puerta
La literatura de autoayuda está llena de fórmulas para triunfar en la vida.
Malcolm Gladwell dice que hacen falta 10.000 horas de práctica y recuerda cómo los Beatles las reunieron noche a noche en los tugurios de Hamburgo. Dale Carnegie ponía el énfasis en las habilidades sociales, más que en la competencia técnica. La psicóloga Carol Dweck está convencida de que el éxito es una actitud.
Pero todos conocemos a personas que se esfuerzan, que son encantadoras y que tienen una mentalidad positiva y cuyas carreras, sin embargo, no despegan. ¿Por qué?
«No tendríamos los frescos de la Capilla Sixtina —escribe el crítico de arte Will Gombritz— de no haber sido por la tenacidad del papa Julio II y su inquebrantable fe en el talento de Miguel Ángel». Los impresionistas también habrían desfallecido si el marchante Paul Durand-Ruel no hubiera comprado sus cuadros. Y a Jackson Pollock lo lanzó «prácticamente en solitario» una rica coleccionista, Peggy Guggenheim.
Todo es mucho más fácil si cuentas con un topo, un prescriptor, un cómplice que te abra desde dentro esa tercera puerta de la que habla Banayan.
