The Objective
La otra cara del dinero

Kevin O’Rourke: «No puedes llamar populista a alguien solamente porque critique a las élites»

«Los políticos peligrosos para la democracia son los que afirman que los únicos representantes del pueblo son ellos»

Kevin O’Rourke: «No puedes llamar populista a alguien solamente porque critique a las élites»

El historiador y director de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique, Kevin O'Rourke, durante su intervención en la Fundación Ramón Areces. | Fundación Ramón Areces

«Nunca hay que enamorarse de una idea», me confiesa con fatalidad Kevin O’Rourke, y no le falta razón.

En nuestra sociedad se nos previene constantemente contra el apego a lo material, pero no se nos advierte lo suficiente sobre el apego a lo inmaterial, que llega a ser incluso más peligroso. Después de todo, el consumismo suele ser un vicio solitario, que perjudica principalmente a quien lo practica, pero raro es el converso que se dedica a disfrutar de su gran teoría en la intimidad de un apartamento. Lo normal es que la exhiba en el bar, en la máquina del café, en las celebraciones familiares y, si tiene éxito en su proselitismo, puede arrastrar tras de sí a millones de personas.

«Sé bien de qué hablo», añade O’Rourke, como si su pasado encerrara alguna oscura pasión, pero no se refiere a sí mismo, sino a Tony Blair, Bill Clinton y Gerhard Schroeder, los líderes socialistas que dominaron los años 90.

«Los historiadores del futuro —se lamenta— verán esa década como la gran oportunidad perdida para construir un mundo mejor. La Unión Soviética acababa de caer y podía haberse diseñado un nuevo orden internacional, pero la izquierda sucumbió a la fascinación del mercado».

La fe en el laissez faire se llevó «demasiado lejos» y ahora nos toca apechugar con las consecuencias: el auge descontrolado de China, la concentración de activos estratégicos en naciones hostiles o vulnerables, las turbulencias financieras, la desigualdad, la xenofobia, el descrédito de la democracia…

De todo ello ha venido a hablar en Madrid este experto en comercio internacional y director de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique, invitado por la Fundación Ramón Areces y el Instituto Figuerola de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III. El diálogo en el que participará cuando concluya la entrevista se titula «La economía mundial ante la desglobalización: ayer y hoy», y permítanme llamar su atención sobre esa muletilla final: «ayer y hoy», porque la precisión temporal de O’Rourke no carece de miga.

P.- Insiste usted en que la globalización empieza a finales del siglo XIX, y que lo que había antes (el imperio mongol, el español) no era auténtica globalización. ¿Por qué? Y, sobre todo, ¿qué más da cuándo empezara?

R.- El momento en que arranca la globalización depende de cómo se defina y lo que vemos en los siglos XIII o XVI presenta semejanzas con la situación presente, pero también grandes diferencias. Por ejemplo, con la plata que los españoles encuentran en América, se va a financiar la compra de seda o de especias en Asia. Eso ampliará espectacularmente el comercio, pero ni la seda ni las especias sustituyen a productos europeos o desplazan a los trabajadores de la metrópolis y, por tanto, no alteran la distribución de la renta.

En el siglo XIX, en cambio, el transporte se abarata tanto que surge un intercambio masivo de materias primas, como trigo, hierro o carne. América produce lo mismo que el Viejo Continente, pero a precios inferiores, y esta competencia provoca ganadores y perdedores. Ese es el proceso que yo llamo globalización y se da por primera vez en el siglo XIX, no antes.

«Al mundo le ha pasado de todo en 15 años: el auge de China, la crisis, la covid, Ucrania… Lo raro sería que el orden internacional hubiera aguantado»

P.- ¿Quiénes fueron los perdedores entonces?

R.- Los propietarios de la tierra, que era un bien relativamente escaso en Europa, mientras que en las grandes llanuras de América [el Medio Oeste de Estados Unidos o la Pampa argentina] salía casi gratis. Los colectivos afectados varían de un país a otro: en Francia son los campesinos; en Prusia, los junkers [«señoritos», en el bajo alemán medio]; en Inglaterra, los grandes terratenientes… Pero lo que todos ellos tienen en común es que se movilizan para defender sus intereses.

P.- Eran gente poderosa…

R.- Correcto. La prueba es que obtuvieron una protección de la agricultura que a día de hoy aún se mantiene.

«Los historiadores del futuro verán la década de 1990 como la gran oportunidad perdida para construir un mundo mejor»

P.- Los perdedores de la globalización actual son asalariados mucho menos influyentes.

R.- Esa es una primera diferencia. La segunda es cómo la sociedad ha acogido sus protestas. En el siglo XIX, los políticos tradicionales se alinearon con quienes propugnaban la imposición de aranceles. Pedir protección para la agricultora era algo perfectamente respetable, nadie te llamaba radical ni antisistema.

Por el contrario, ¿quién ha asumido la defensa de las víctimas de la desindustrialización? No los grandes partidos, y eso supone un riesgo para la democracia, porque los damnificados pueden acabar votando a auténticos demagogos. Los líderes tradicionales deberían ayudar a los afectados por la deslocalización con medidas que no tienen por qué consistir necesariamente en aranceles.

P.- ¿Qué habría que hacer?

R.- La respuesta liberal tradicional consiste en habilitar subsidios para los damnificados mientras se deja que el mercado reasigne los recursos a los sectores de futuro. Aunque entiendo la lógica, no creo que funcione. Primero, porque muchos de los desempleados no buscan paguitas, sino la dignidad que va asociada a una tarea productiva. Y segundo, porque la reasignación espontánea no suele concentrarse en las zonas que más lo necesitan. Por eso pienso que un buen modelo puede ser Taiwán, que ha combinado proyectos que encauzan a trabajadores y empresas hacia sectores ganadores [semiconductores y alta tecnología] con una ampliación del Estado de bienestar [seguro de salud universal, programas de recualificación, etcétera].

«Con la plata de América, España financió la compra de seda y especias en Asia. Eso amplió el comercio, pero ni la seda ni las especias sustituían a productos europeos»

P.- La crítica fundamental de la izquierda a la globalización es que genera desigualdad. Su trabajo, sin embargo, sugiere un panorama más matizado.

R.- Depende muchísimo del contexto, temporal y geográfico. En el siglo XIX los salarios eran bajos y la tierra cara. Como los ganadores fueron los trabajadores y los perdedores, los terratenientes, aquella globalización redujo la desigualdad. En cuanto a la actual, los asalariados de China y el sureste asiático han salido claramente beneficiados. La historia ha sido distinta en Estados Unidos, donde la participación del capital en la riqueza nacional ha crecido a costa de las rentas del trabajo.

En Europa continental las cosas se han hecho algo mejor. Las redes de seguridad se mantuvieron y por eso las diferencias no han crecido tanto. No es casual que las grandes movilizaciones estallaran en el mundo anglosajón.

«En el siglo XIX, en cambio, América produce lo mismo que Europa, pero a precios inferiores, y esa competencia provoca ganadores y perdedores. Esa es la actual globalización»

P.- La globalización lleva en su seno las semillas de su destrucción, dice usted. ¿Cuáles son?

R.- Hay varias. La primera y más obvia es la que hemos comentado: si los perdedores de la globalización tienen poder, se organizarán para imponer restricciones, bien a la circulación de bienes [como los agrícolas durante la primera globalización], bien a la de personas [como ocurre ahora con la inmigración en Occidente].

Otra vía es más política. Con la división internacional del trabajo, te pones en manos de otras naciones para obtener alimentos, materias primas, tecnología e incluso equipamiento militar. Eso mejora la eficiencia y, por tanto, lo abarata todo, pero requiere que las relaciones sean buenas. Cuando empeoran, la dependencia pasa a ser una vulnerabilidad y puede obligar a reconsiderar la apertura al comercio.

«Los perdedores de la primera globalización eran terratenientes, gente influyente que obtuvo una protección de la agricultura que a día de hoy aún se mantiene»

P.- Es lo que pasa ahora con las baterías y las células fotovoltaicas chinas…

R.- Estaba pensando en algo más básico aún, como los alimentos. Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes y los austriacos sufrieron grandes penurias como consecuencia del bloqueo aliado y se dijeron: «Esto no puede volver a pasarnos».

Pero, sí, la enseñanza puede aplicarse a China. Darle demasiado control sobre nuestras tecnologías de la información puede ser peligroso. Igual que dárselo, por cierto, a Estados Unidos en defensa.

P.- Branko Milanovic sostiene que el abuso de las represalias económicas por parte de Estados Unidos ha herido de muerte a la globalización. [El número de sanciones activas se ha multiplicado por 10 desde 2000, pasando a más de 9.000 designaciones individuales en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés)].

R.- Sin duda. Un segundo factor fue la pandemia. Cuando la seguridad física se ve amenazada, las personas quieren que el Estado las proteja y es impresionante el apoyo que hubo a medidas muy drásticas, como el confinamiento. Lo mismo ocurre con las amenazas militares: de Rusia, de Estados Unidos o de quien sea. El miedo es un poderoso motor de relocalización y repatriación de actividad.

«¿Quién ha asumido, en cambio, la defensa de las víctimas de la desindustrialización? No los grandes partidos, y por eso muchos damnificados votan a auténticos demagogos»

P.- Mi impresión es que la Gran Recesión supuso un punto de inflexión.

R.- Ha habido una acumulación de eventos extraordinarios en apenas 15 años. Primero, el ascenso de China, cuya competencia ha afectado a muchos asalariados en Occidente. Luego la crisis financiera de 2008, que se parece un poco a la de 1929 y suscitó descontento y demandas de intervención. En la década de 1930, los aranceles se consideraban un modo perfectamente razonable de combatir el desempleo. Ahora no hemos llegado a ese extremo, pero la confianza en el mercado ha quedado muy debilitada y ha facilitado que el péndulo de la política económica basculara hacia la izquierda.

Finalmente, la covid, la invasión de Ucrania… Lo extraño habría sido que después de tanto desastre el orden internacional hubiera salido incólume.

«En el siglo XIX los salarios eran bajos y la tierra cara. Como los ganadores fueron los trabajadores y los perdedores, los terratenientes, aquella globalización redujo la desigualdad»

P.- ¿Qué papel ha desempeñado la tecnología?

R.- Las redes sociales han contribuido a polarizar la sociedad. Muchos ciudadanos viven encerrados en cámaras de eco que reafirman sus prejuicios, neutralizan el debate y alimentan la crispación.

P.- Donald Trump ha salido en defensa de los perdedores de la globalización. ¿Es esa la solución?

R.- De momento, Trump es claramente parte del problema, aunque debo decir que una intervención bien diseñada, con objetivos claros, es perfectamente legítima cuando el mercado falla. La lucha contra el cambio climático ofrece una buena muestra. El libre juego de la oferta y la demanda no va a aportar los recursos que requiere la descarbonización. El Estado tiene ahí un papel claro que desempeñar y, si además canaliza la inversión hacia los afectados por la desindustrialización, aliviará un problema social.

Eso es lo que haría un líder comprometido con los perdedores de la globalización, pero no da la impresión de que esa sea la estrategia de Trump. Usa el proteccionismo como banderín de enganche, para capitalizar el descontento, sin un plan consistente.

«Darle demasiado control sobre nuestras tecnologías a China puede ser peligroso. Igual que dárselo, por cierto, a Estados Unidos en defensa»

P.- No tiene un buena concepto de Trump…

R.- Creo que es un hombre terrible, aunque no puedo ser totalmente objetivo, porque mi madre es danesa y Dinamarca ha llegado a mandar a jóvenes a Groenlandia, con munición real y reservas de sangre, por si tenían que detener una invasión estadounidense.

P.- En su opinión, la etiqueta populista confunde más que aclara.

R.- [El profesor de la universidad de Dublín] Alan de Bromhead y yo analizamos en un artículo [«Should history change the way we think about populism?»] el origen de la palabra y explicamos que surge en Estados Unidos a finales del XIX, durante una movilización contra una de las periódicas deflaciones que provocaba el patrón oro. [Cuando un Gobierno vendía reservas porque había incurrido en un déficit comercial, debía retirar de la circulación una cantidad equivalente de dinero, para que la cotización en oro de cada unidad monetaria se mantuviera. Al quedar menos billetes para los mismos bienes, aquellos valían más o, lo que es lo mismo, los precios caían]. Muchos agricultores veían impotentes cómo sus ingresos se desplomaban y la carga de la deuda aumentaba y se enfadaron, con razón. Adoptaron el nombre de US Populism y su lema era «Las élites nos explotan», pero nunca abogaron por subvertir el sistema. Eran un movimiento democrático, compuesto por hombres y mujeres en pie de igualdad en una época en la que todavía no había sufragio femenino, y con algún racista también, pero como tantos estadounidenses de la época.

El caso es que a raíz de ese episodio, la etiqueta populista quedó asociada en Estados Unidos a un ideario izquierdista, parecido al de Bernie Sanders [el rival de Hillary Clinton en las primarias demócratas de 2016]. Y de Sanders puede decirse de todo menos que suponga una amenaza para el Estado de derecho o que vaya a secuestrar las instituciones, como han hecho Viktor Orbán en Hungría y [Recep Tayyip] Erdogan en Turquía.

El error es meter en el mismo saco a todos los que se quejan de las élites o de los expertos. Yo sería más escrupuloso con el término. Me gusta la propuesta que hace [el politólogo de Princeton] Jan-Werner Müller [en ¿Qué es el populismo?]. Dice que deberíamos reservarlo para quienes, además de antielitistas, afirman que son los únicos representantes verdaderos del pueblo. Esos son los peligrosos.

«Cuando Trump proclamó el Día de la Liberación, violó el principio de no discriminación que sustenta el comercio desde 1945. Fue una especie de Brexit americano»

P.- Ha dicho antes que en la Europa continental no se hicieron tan mal las cosas, pero no andamos escasos de populistas: Marine Le Pen en Francia, Orbán en Hungría, Santiago Abascal en España… ¿De dónde sale tanta extrema derecha?

R.- No estoy seguro de que haya una explicación única. En el caso de Le Pen, su caladero de votos son las zonas desindustrializadas. Es similar a lo que ha pasado con el Rust Belt [literalmente, cinturón de óxido, región del nordeste y medio oeste] de Estados Unidos. La decadencia manufacturera explica también el auge de la AfD [siglas en alemán de Alternativa para Alemania] en la antigua República Democrática.

Y luego no debemos descartar factores aleatorios. En España sigue existiendo un Partido Popular fuerte, pero en Francia [Emmanuel] Macron absorbió todo el espacio de centroizquierda y centroderecha, entregando la oposición a los extremistas. Y al convertirse Le Pen en la alternativa, es cuestión de tiempo que acabe llegando al Elíseo.

«Ya es hora de defender el derecho internacional y enviar al mundo la señal de que Europa es un bloque con el que se pueden hacer negocios de manera fiable»

P.- Si la globalización se ha acabado, ¿qué viene a continuación?

R.- No lo sé… Cuando Trump proclamó el Día de la Liberación, violó el principio de no discriminación que ha sustentado el comercio internacional desde 1945. Fue una especie de Brexit americano. Es verdad que hablamos del 25% del PIB mundial [en términos nominales], pero va a menos y, si el resto de las naciones nos comportamos de forma civilizada, podremos seguir adelante. Es más, los siguientes inquilinos de la Casa Blanca probablemente terminarían dándose cuenta de su error, como ha pasado en el Reino Unido, y acabarían volviendo al redil.

Por desgracia, los europeos reaccionamos mal. Rusia había invadido Ucrania, algunos misiles «perdidos» habían caído sobre Polonia, nos aterraba que nos dejaran solos frente a Putin y accedimos a suprimir los aranceles de determinados productos estadounidenses. Como no aplicamos esa misma reducción a los artículos equivalentes de otros socios, también hemos violado el principio de no discriminación. Me parece una catástrofe. ¿Alguien cree, además, que Trump acudiría en nuestra ayuda si Rusia se anexionara los países bálticos? Ya es hora de defender el derecho internacional y enviar al mundo la señal de que Europa es un bloque con el que se pueden hacer negocios de manera fiable. Estamos ignorando nuestra responsabilidad política y moral. No deberíamos dejarnos intimidar.

«Aunque China respetara las reglas de la OMC, su superávit comercial persistiría. Debe, además, impulsar su consumo interno. Xi lo sabe, pero no parece dispuesto a hacerlo»

P.- ¿Qué espera de China?

R.- Tengo sentimientos encontrados. Lo que Pekín está haciendo en el mar de la China Meridional es muy agresivo. También dice que respeta las reglas del comercio internacional y luego hace lo que le da la gana, pero incluso aunque las respetara, no creo que ello bastara para reducir sus enormes superávits por cuenta corriente. Sería preciso que impulsara mucho más su demanda interna. Esa es la solución. El presidente Xi Jinping lo sabe, pero no parece dispuesto a hacerlo.

Casi dan ganas de reiniciar el sistema y crear una Organización Mundial del Comercio (OMC) sin China ni Estados Unidos, con nuestras propias reglas. Pero tener a China dentro ofrece ventajas: al menos mantenemos la interlocución y eso permite rebajar tensiones…

Es un tema muy complicado, para el que no tengo una respuesta clara.

P.- Con todo lo que sabemos ahora, ¿qué podemos hacer para evitar que la globalización actual acabe como la anterior, en una catástrofe del calibre de la Primera Guerra Mundial?

R.- Hemos entrado en un orden multipolar y hay quien pensaba que eso sería algo positivo. A mí me resulta inquietante. Es un mundo peligroso, inestable, con potencias emergentes como el Japón y la Alemania de hace 100 años, y aquello no terminó bien.

Los promotores del GATT [siglas en inglés de Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, el compendio de normas que precedió a la OMC] supieron extraer lecciones de lo sucedido la década anterior. Insistieron en la no discriminación porque habían visto cómo la marginación de Alemania tras la Conferencia de Versalles había generado un enorme resentimiento. Lo mismo pasa hoy con los aranceles de Trump. Mucha gente está indignada y, si todos hacemos lo mismo, mucha más gente lo estará. No digo que eso vaya a desencadenar una guerra, pero claramente no es bueno. Donde se puedan suavizar tensiones, hay que hacerlo.

En segundo lugar, debe quedar claro que invadir otros países para apropiarse de su territorio es algo tabú. En ese sentido, Ucrania importa más allá de Ucrania: hay un principio básico en juego. La buena noticia es que, por ahora, los ucranianos están resistiendo.

P.- Sí, Rusia tiene muchos problemas para sostener la guerra.

R.- Todo sería mucho mejor si la perdiera.

P.- Putin no parece que pueda ganar, pero ¿puede perder?

R.- Aunque nunca accederá a retirarse, el número de bajas se aproxima peligrosamente a la capacidad de reposición de su Ejército actual, y eso no es sostenible. Habrá que estar pendiente de qué impacto tiene en la política interna, en los militares y en la sociedad.

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