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De la moción a la conmoción

"Pedro Sánchez ha venido haciendo campaña con el fin declarado de frenar a la ultraderecha y la ultraderecha ha doblado sus escaños"

Foto: Francisco Seco | AP

Hace tiempo que no ganamos para sustos: la política española comenzó a romper consensos hace unos años y de momento seguimos en las mismas. Entonces, nos parecía muy bien; ahora ya no nos lo parece tanto. Hace apenas tres años, Podemos obtuvo 71 escaños y ahora está en 35; Vox ha pasado en seis meses de 24 a 52. Por su parte, Ciudadanos se ha dejado la friolera de 47 escaños en ese mismo semestre; un desplome que tiene un punto enigmático a pesar de la errática política comunicativa del partido. Se trata de una volatilidad temible, que también ha castigado a un Errejón incapaz de aproximarse siquiera a sus expectativas: España no acaba de ser Lavapiés.

Nuestro Parlamento, en cambio, se parece cada vez más a una dieta tardomedieval: aumenta la representación de los partidos nacionalistas y aparecen las agrupaciones en defensa de intereses provinciales. Por su parte, la suma de los partidos constitucionalistas -PSOE, PP, Cs- da un número total de escaños inferior a la salida de las elecciones del pasado abril. Ironía: Pedro Sánchez ha venido haciendo campaña con el fin declarado de frenar a la ultraderecha y la ultraderecha ha doblado sus escaños. El ascenso de Vox es una noticia deprimente, cuyas causas habrá que estudiar con el debido rigor si queremos evitar un incremento de su base popular. A mi juicio, la clave sigue siendo Cataluña: las imágenes de las revueltas callejeras tras la sentencia del Tribunal Supremo sintetizan un conflicto que sigue concitando pasiones adversativas. En todo caso, no es seguro que Sánchez y Redondo vean con malos ojos a un partido que frena a Pablo Casado y le ofrece el relato que andaba buscando para formar gobierno.

Si bien se mira, la inestabilidad política que venimos padeciendo tiene su causa en la moción de censura que acabó con el Gobierno de Rajoy. Hay otros factores; faltaría más. Pero fue entonces cuando se rompió el consenso constitucional. Y lo hizo en un momento delicadísimo, apenas unos meses después de la declaración de independencia y con el voto favorable de los partidos del procés. Aquella moción destructiva -y no constructiva como exige el texto constitucional- hizo a Sánchez presidente con una nueva mayoría. Pero esa base parlamentaria no ha aparecido después por ninguna parte: se ha gobernado a base de decretos-leyes, fuimos a elecciones porque el gobierno socialista no pudo aprobar sus presupuestos y hemos vuelto a votar porque el parlamento negó su confianza al líder socialista. Y no hemos salido aún de aquel bucle rupturista.

De ahí que hayamos de olvidarnos, por ahora, de cualquier giro al centro. Sánchez perseguirá reeditar aquella mayoría, quizá esta vez con Podemos en el Gobierno, invocando la conmoción provocada por la subida de Vox. O sea: Frankenstein contra el monstruo de la ultraderecha. Si de ahí puede salir un Gobierno estable, capaz de facilitar la convivencia y afrontar con garantías los serios problemas que la sociedad española tiene sobre la mesa, es asunto distinto.

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