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El debate final

El que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte

Foto: Juanjo Martin | EFE

Antes de que empezara el debate final (segundo y último) me he acordado de esos japoneses que en las corridas de toros se van después del tercero, antes de que los toreros repitan: porque total, ya los han visto. Ayer, total, ya vimos a los cuatro candidatos debatiendo. ¿Para qué otra vez? Pero ha resultado que esta ha sido más entretenida. No ha llegado a cuajar ninguna faena memorable, pero ha habido chispacitos. El formato de Atresmedia era más dinamizador. Lástima que Tele 5 no esté en el grupo, porque el epílogo ideal sería que los candidatos se tirasen con Isabel Pantoja del helicóptero de ‘Supervivientes’ (una posibilidad que me inspiró un tuit de Maite Rico).

Mi balance intuitivo, sumando los dos debates, sería este: el único que gana votos es Pablo Iglesias; el único que los pierde es Pedro Sánchez; y Pablo Casado y Albert Rivera se quedan como estaban. Estos dos no han conseguido su propósito de noquear a Sánchez, aunque –sobre todo en este segundo debate– lo han tenido tambaleándose varias veces.

Pero no han logrado rematar la faena, sobre todo por Rivera: demasiado nervioso y verborreico, con golpecitos histéricos en vez de buenos golpes (aunque algunos ha dado de estos, y entonces sí le ha salido bien). Pero el que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte, un beso vampírico con el que le ha chupado votos.

La gran estrella del debate ha sido el jersey negro de Iglesias, que le ha funcionado muy bien. Por algún motivo, el jersey transmite confortabilidad, confianza hogareña (y si es en Galapagar no digamos). Iglesias ha entrado divinamente en el sistema y el sistema lo quiere. Debería ir a más debates y a menos mítines. Creo que este Iglesias, más tranquilo, más moderado, con el puntito justo de reivindicación, hubiese ganado las anteriores elecciones.

Pero claro, le faltaba aún el componente fundamental: ser padre y tener una hipoteca. Aquí se le ha terminado de forjar el carácter. Y en esos meses pasados en la minería del pañal. Lo desconcertante es cómo ha tirado su minuto de oro: el tío ha ido fenomenal durante todo el debate en plan Iglesias nuevo y en el momento decisivo va y saca al Iglesias viejo… Ha sido el único momento del debate en que le ha ido bien a Sánchez: pero se terminaba justo ahí y este se ha quedado sin usufructuarlo.

Casado y Rivera empezaron bastante bien, golpeándole duro a Sánchez, no como ayer sino como adultos, sin aniñamiento. Y Sánchez, a diferencia de ayer, lo acusaba. Durante los primeros minutos parecía que la velada iba a ser una masacre. Pero empezaron a disiparse –sobre todo Rivera, como digo– y la cosa no cuajó.

Sánchez se recompuso y tuvo ráfagas presidenciales. Pero él mismo las abortaba pronto: con sus tics, sus resoplidos, su acartonada gestualidad, sus menesterosas dotes de actor. Pero lo peor es cuando se le contraría de verdad y se enfada: entonces le brota sin poder dominarlo el déspota que lleva dentro. Los guapos están muy mal acostumbrados. Con todo, mi impresión es la de ayer: es el único que da como presidente. Casado y Rivera no dan. Aunque tal vez les baste serlo para que den.

En fin, que el perdedor ha sido Sánchez, pero no mucho. Casado y Rivera han estado ahí, manteniéndose (ayer mejor Rivera, hoy mejor Casado). Y ha ganado Iglesias, aunque tampoco mucho, y sin que le vaya a servir para nada.

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