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El premio Planeta y la Cataluña asediada

"Hasta sus últimos días, José Manuel Lara Bosch, el presidente de Planeta, estuvo reclamando diálogo para evitar el conflicto en Cataluña"

Foto: Andreu Dalmau | EFE

Hasta sus últimos días, José Manuel Lara Bosch, el presidente del descomunal Grupo Planeta, estuvo reclamando diálogo entre las administraciones para evitar el conflicto civil en Cataluña. “Dialoguen, por favor”. A mediados de octubre de 2014, después de años de lucha contra un cáncer de páncreas, mermado físicamente, compareció pundonoroso para afrontar su último encuentro con la prensa y el premio. Lara Bosch, un magnate con la familia y la cartilla del origen presente para amarrar los pies a la tierra. Fumó cigarrillos sin límite y bebió latas de Coca Cola como si fuera accionista del jarabe de Atlanta. En esa despedida de la vida y de la vida editorial, que venían a ser lo mismo, insistió en parar todo aquel disparate: él era el principal representante exitoso de la Cataluña mestiza, el puente aéreo Madrid-Barcelona con avión privado.

Cumbre del espectáculo literario, de la fabricación de famas librescas, los primeros Planeta se celebraron en ese vetusto eufemismo de “un céntrico hotel madrileño”, hasta que Lara Hernández, el viejo Lara, se decidió a trasladar la celebración a Barcelona, capital industrial de la edición en español. Con un pie puesto en el mercado y otro en el poder, la celebración de los Planeta se ensanchó, año tras año, incorporando las sensibilidades políticas, las tendencias partidistas de una tierra varia que fue perdiéndose en la tensión hasta acabar, hoy, en el abismo del fuego, las barricadas, la venganza de acera y madrugada y la insurgencia callejera.

Los radicales y los necios, con la anuencia y el aliento de las autoridades catalanas trataron de tomar Barcelona por las bravas y el lugar de celebración del premio de referencia se vio expulsado fuera del epicentro de la ciudad. Para evitar problemas se cedía a la fuerza mayor, con los invitados y los autores recluidos en un suerte de nave espacial de otro mundo. Esa noche de las llamas del pasado 15 de octubre tampoco hubo representación del Gobierno autónomico, cuando la tradición de los Lara, siempre fue ofrecer la cara vistosa del éxito, resaltar el lustre del mayor galardón de las letras comerciales en Español.

La última noche del 15 de octubre, el LXVIII premio Planeta, se exilió al Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Montjuic, lejos del perímetro de seguridad de la barcelona burguesa y ambiciosa en la que se abrió paso José Manuel Lara Hernández, el fundador del grupo. Él representó la amplitud del logro que podía ofrecer aquel país, probó la dimensión de las reglas del juego que aceptaban que un serrano del pequeño pueblo de El Pedroso, al norte de la provincia de Sevilla, criado al calor de la astucia y el arrojo, legara, en su adiós, un imperio familiar. Al amparo del criterio mesurado de su esposa, la catalana Teresa Bosch (por quien decidió celebrar el 15 de octubre, Santa Teresa, la ceremonia de entrega), Lara contribuyó a la riqueza y diversidad de aquel lugar, un lugar cuya faz es hoy irreconocible.

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