Daniel Capó

El valor de lo inútil

"Porque ahora preferimos mirar el mundo desde el prisma de la utilidad, saber si nos sale a cuenta sostener tal o cual idea"""

Opinión

El valor de lo inútil
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Se diría que nada es más inútil que lo elevado. Nada tampoco más precioso. Pienso en la metafísica o en la poesía, en la pura abstracción matemática –ese lenguaje de dioses– o en el arte del contrapunto que edificó Bach. ¿Acaso es necesaria la belleza? ¿Y la verdad? Un cínico podría repetir la pregunta de Pilato y plantearse, entre dubitativo e irónico, si existe la verdad o si vale la pena entregar la vida a una verdad que se nos antoja inútil, fracasada o sencillamente falaz. ¿Fue útil o inútil que Sócrates bebiera la cicuta? ¿Es esa la pregunta que debemos hacernos o tal vez sería mejor preguntarnos acerca de la verdad? ¿Hizo bien o mal? ¿Y en relación a qué, en todo caso? Porque lo único indudable es que la verdad –cuando se la descubre– encomienda, se convierte en destino. ¿Cuál es si no la pasión del músico, del artista, del creador verdadero, del escritor, del matemático, del monje, del amante? ¿En qué se funda la familia si no en una entrega que desborda el frágil entramado de la utilidad para hacernos –y ahí radica la gran paradoja– realmente útiles? Los hombres no pueden soportar demasiada realidad, decía T. S. Eliot, aunque en este caso sospecho que realidad y verdad tienen que ser sinónimos. En este sentido, la novelista Marilynne Robinson escribió algo muy hermoso en su aclamada Gilead: «Creo que debe existir un valor preveniente que nos permite ser valientes, es decir, aceptar que existe más belleza de la que nuestros ojos son capaces de soportar, que nos han sido puestas en las manos cosas preciosas y que no hacer nada por honrarlas es causar un gran perjuicio. Y, por tanto, este valor nos permite, como decían los ancianos, hacernos útiles». En esa tenue frontera es donde suceden, contra toda lógica, los milagros. La resistencia humana frente a las dictaduras totalitarias, por ejemplo, o la continuidad en la historia de fidelidad de un pueblo hacia su Libro, o el especial vínculo con la tierra, el país y los siglos –pasados y futuros– que representa la Corona.

En la lengua hebrea, la palabra “verdad” se confunde con la “fidelidad”. Uno es verdadero al atreverse a perseverar en una alianza y en una amistad. Se diría entonces que el primer idioma es la amistad y que sólo al mirar al prójimo –¡y al adversario!– con ojos de amigo alcanzamos a ver las auténticas raíces hundidas en el barro de lo humano. Es un lenguaje que hoy resulta inusual, acostumbrados como estamos a otro tipo de juicios. Y de prejuicios.

Porque ahora preferimos mirar el mundo desde el prisma de la utilidad, saber si nos sale a cuenta sostener tal o cual idea. Y en la escuela nos preguntamos para qué sirve memorizar si todo se encuentra ya en la nube. Y de Europa nos cuestionamos su valor. Y de la monarquía –o del 78– se nos dice que ya no son útiles porque responden a unas preferencias del pasado que ya no son las nuestras. Y así lo que no es útil queda como un anacronismo, un fósil sin más sentido que el de la nostalgia de unos pocos; sin caer en la cuenta de que el origen de su grandeza es la persistencia de un hogar, con sus cotas altas y bajas. No su utilidad inmediata, sino el mundo que crea a su alrededor: sus relaciones, una especial densidad.

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