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¿Es el cosmopolitismo una virtud?

"Un poder universal, si fuera tiránico, no tiene nada de loable; la mera rebeldía ante tus compatriotas tampoco parece especialmente meritoria, salvo que seas un adolescente que recién ha leído al citado Savater"

Foto: Cesare Abbate | AP

A muchos les resultará ociosa esta pregunta. Son aquellos que no solo aprecian lo cosmopolita, sino que lo ven como epítome de toda bondad. “¿Acaso no es prueba de benevolencia preocuparse por otros seres humanos?”, discurren estos. “Y, entonces, ¿no lo será con más razón preocuparse por todos y cada uno de los habitantes de la Tierra? ¿No es eso justamente el cosmopolitismo: la capacidad de ver semejante a mí a cualquier congénere, sin reparos a cuenta de fronteras, color de piel o creencias? ¿No es entonces el cosmopolitismo la cumbre de la virtud?”.

Este modo de razonar es un excelente ejemplo de cuán descarriados podemos acabar por la senda del pensamiento de no pertrecharnos antes con un buen mapa. Y los mapas del pensamiento nos los dan los conceptos claros. Creer que “cosmopolita” simplemente equivale a “humanista” es digna muestra de un mapa embrollado.

En efecto, lo que hemos descrito en el párrafo primero no es en realidad lo propio del cosmopolitismo, sino más bien del humanismo. Lo definió en su día Unamuno, parafraseando a Terencio: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño” (Homo sum, humani nihil a me alienum puto). Este anhelo humanista, esta preocupación por tus semejantes, ha sido alabado por la ética estoica, cristiana, ilustrada e incluso, como vemos, unamuniana. Pero una cosa es sentirte ligado a los demás miembros de tu especie, sentir que sus alegrías son un poco tuyas y asimismo sus pesares; y otra muy distinta es ansiar que sus naciones cada vez importen menos y que todos se sometan, de un modo u otro, a cierto poder mundial común. Esto último, y no lo otro, es lo que sí caracteriza a los cosmopolitas. Y por tanto tendrán que convencernos a todos, incluidos los humanistas, de que esa idea política suya es la mejor: de que el modo más perfecto de preocuparte por tus semejantes es incitarles a relajar los vínculos que les unen a sus compatriotas y aconsejarles que acepten algún gobierno superior (¿la ONU?, ¿las altas finanzas?, ¿una Nueva Democracia Mundial?: dejemos el discernimiento de esto para otro momento).

Con miras a persuadirnos de su postura, los cosmopolitas han recurrido a dos procedimientos tan diferentes entre sí que (seguimos con las distinciones) merecen analizarse por separado. El cosmopolitismo es viejo y por eso existían ya estas dos variedades suyas en la Grecia antigua. La primera de ellas la encarnaron de modo primordial los pensadores estoicos; la segunda, los filósofos cínicos. Pero ambas poseen plena vigencia hoy. Veámoslas, pues, con mayor detenimiento para comprender si acaso a tenor de una, acaso a tenor de la otra, podría considerarse el cosmopolitismo una virtud.

¿Qué entendían los estoicos por cosmopolita, y por qué les gustaba tanto? Para captar su mentalidad hay que recordar que, a su juicio, la parte esencial de cada uno de nosotros no está en nuestro corazón o nuestro hígado, sino en nuestra razón. Razonar no solo es nuestra facultad más excelente, la que alcanza maravillas cuando se pone en marcha, sino que además es la que nos une con nuestros semejantes. Mientras que de otros hombres pueden distanciarme mis gustos, o mi parentesco, o mis meras opiniones, lo cierto es que, cuando razonamos, todos somos uno: dos más dos es siempre cuatro, te guste lo que te guste o sea tu padre quien sea; la Tierra siempre medirá más o menos lo que Eratóstenes calculó que medía, opines lo que opines o tengan tus amigos el poder que tengan.

Cuando uno se fija solo en la razón como reina de todo lo humano, no tiene mucho sentido seguir manteniendo países y soberanías diferentes basados en cuestiones tan secundarias como las costumbres que tienes, la lengua que hablas o los afectos que profesas. Por eso los estoicos eran cosmopolitas. Según ellos, toda la humanidad debería regirse bajo un mismo gobierno, el único racional, el único humano, que supere esas cosas tan secundarias llamadas “diferencias”, “afectos” o “comunidades”. Y este es el motivo por el que cosmopolitismo y estoicismo han sido siempre pensamientos muy queridos por los emperadores: son la mejor filosofía si quieres montar tu propio imperio. Ya Alejandro Magno entendió que le convenía promover matrimonios entre griegos y bárbaros, que limaran sus diferencias, si aspiraba a reinar por igual sobre ambos. Y de ahí que entre los más famosos filósofos estoicos tengamos a un Séneca, asesor del emperador, y a un Marco Aurelio, que llegó él mismo a ostentar tal cargo.

Con todo y con eso, pese a la enorme propaganda que se ha hecho del cosmopolitismo estoico desde los palacios donde se pretendía regir a toda la humanidad, algunas sombras emergen por entre sus bóvedas y columnas. ¿Es de veras racional considerar que tus obligaciones morales ante cualquier ser humano son idénticas a las que tienes ante cualquier otro? ¿Debes preocuparte lo mismo de un forastero habitante de tierras extrañas que de tu propio hijo? Si caen a un estanque un amigo tuyo y un desconocido, ignorantes ambos de las artes natatorias, ¿debes ser ecuánime y sortear antes de lanzarte al agua a cuál de los dos ayudarás primero? ¿Cometes una grave injusticia al pagar impuestos en Hispania, pero no enviar luego un cofre con los mismos emolumentos hasta la India, por mor de no discriminar injustamente a los humanos hindúes en tu contribución?

A un buen cosmopolita estoico le costará entender esas distinciones de trato que hace la gente sensata, obsesionado como está en suprimir todo vínculo especial. Mas ¿de veras es secundario, como él piensa, que mi madre sea la que me trajo al mundo, que mi amigo sea con quien puedo contar si las cosas se tuercen, que mi vecino sea el que me ayudó con el percance que nos surgió en casa ayer? Y, yendo un poco más allá, ¿no debo especial reconocimiento a mis antepasados, que son los que construyeron este país en que vivo? ¿No tengo una obligación especial ante los hijos de mis hijos, que lo habitarán? ¿Ni tampoco debo un especial cuidado a esos pelmas que hoy comparten conmigo país?

El segundo grupo cosmopolita al que aludimos antes, el cínico, respondería taxativo a todas esas preguntas, al igual que los estoicos, con un no. Ahora bien, los cínicos, a diferencia de un estoico, no sueñan con un gobierno universal futuro; su propósito es más humilde: les basta con socavar los gobiernos particulares que existen hoy. Ni los cínicos antiguos, ni sus discípulos actuales aceptan motivos especiales para comprometerse con tus conciudadanos. ¿No es algo completamente arbitrario que lo sean? Sí, de acuerdo, quizá algunas leyes nos acomunen en un mismo orden, pero ¿no son ellas también meras convenciones, no podrían ser completamente distintas? El cínico cosmopolita no pretende aunar a todos los hombres en un imperio global, se conforma con separarlos del Estado en que les ha tocado vivir. Su cosmopolitismo no nos impone deberes hacia todo el mundo: solo nos proporciona excusas para librarnos de aquellos con que nos carga nuestra ciudad.

Seguro que al lector se le ocurren ejemplos de este cosmopolita cínico en nuestros días: ese que se ríe de las obligaciones que le impone algo para él tan secundario como su país… solo porque son las que le acucian de verdad. Cierto es que, a diferencia del cosmopolita estoico, que pretende imponer a la humanidad entera normas y más normas universales, el cínico resulta al menos más relajante: él se conforma con clamar, como aquel título de Fernando Savater hace décadas, “Contra las patrias” o contra cualquier otro compromiso particular. Aunque quizá ese relajo se le acabe temprano: tan pronto como necesite ayuda de sus semejantes y note que son casi solo los de su convencionalísima patria los que le podrían ayudar.

En suma, y volviendo a nuestra pregunta inicial: ¿son modelos de virtud los cosmopolitas que insisten en ligarnos a un poder universal? ¿Lo son quienes insisten en desligarnos de nuestra comunidad más cercana? No está nada claro ni en uno ni otro caso. Un poder universal, si fuera tiránico (y nadie nos asegura que, por el hecho de ser cosmopolita, un gobierno mundial no lo vaya a ser), no tiene nada de loable; la mera rebeldía ante tus compatriotas tampoco parece especialmente meritoria, salvo que seas un adolescente que recién ha leído al citado Savater.

Esto no significa, claro está, que para huir tanto del cosmopolitismo estoico como del cínico hayamos de agarrar cualquier bandera nacionalista y ponernos a golpear con su mástil a cuantos se opongan a nuestra “voluntad nacional”. Solo significa que las banderas de la ONU, o de ese cosmopolitismo más relajado que a veces representa la UE, también tienen mástil: y que golpear con ellos no es más tolerable simplemente por el color de la tela que puedan enarbolar.

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