Carlos Mayoral

Eufemismos

"Vivimos alegremente la era del eufemismo. La sociedad de hoy necesita que las palabras escondan, sugieran más que muestren"

Opinión

Eufemismos
Foto: Elisa Cabot
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Viajé a Sevilla el viernes, en AVE, recordando aquellas palabras de Umbral: es un tren pensado para ir con prisa a una ciudad donde no existe el tiempo. Allí me topé con la noticia: el gobierno quiere bajar el precio de los productos «de higiene femenina». Más tarde, en el hotel, transcurre el día de Andalucía y observo cómo la presentadora del informativo da de nuevo la noticia, y bajo ese acento maravilloso que aspira la ese posvocálica no pronuncia ni una sola vez la palabra «menstruación», «regla», o sinónimos. Qué maravillosa es la mística de la palabra, pienso. Vivimos alegremente la era del eufemismo. La sociedad de hoy necesita que las palabras escondan, sugieran más que muestren. Recuerdo que, hace unos meses, un reputado psicólogo comentaba que el Quijote era un personaje con «capacidades mentales distintas». No, hombre, Alonso Quijano se volvió loco, lo-co. Aquellos libros le derritieron el seso, ¿no se acuerda? Aunque, claro, en caso de ser alcanzado por el caballero de la Blanca Luna, el hidalgo no irá al manicomio, tendrá que acudir al «centro especializado». A su compañero Sancho le han dicho que no está gordo, sino «pasado de peso». No pasan toda la novela molidos a palos, es que con ellos se practica el «uso desproporcionado de la fuerza». Y al acabar, el Quijote no muere: «pasa a mejor vida».

Es una epidemia. Izquierda y derecha debaten para hacerse con el control del eufemismo: ¿pin parental o veto educativo? ¿Violencia machista o violencia intrafamiliar? La palabra cada día es más importante porque ya nadie bucea en las intenciones. Así se pierde la lírica: la masa forma parte de una «sociedad civil», en la que los hombres no viven en la pobreza, ahora son «económicamente débiles», donde no se despide al trabajador, sino que se «extingue la relación laboral» con la empresa, y entre todos hacen frente al «crecimiento negativo» del país. Pero no sólo se pierde la lírica, pienso mientras en la calle Sierpes doy buena cuenta de un plato de chicharrones, también se pierde la épica: ya no se acaban las guerras, sino que «cesan las hostilidades», los combatientes pueblan los «centros penitenciarios», y al retirarse ya no quedan genocidios sino «limpiezas étnicas», «reajustes sociales», «equilibrios territoriales».

Triunfa el eufemismo porque vivimos con etiquetas. Volviendo a uno de los primeros ejemplos, al «pasar a mejor vida» nos importa más esa «vida» que cruza por el término que la propia muerte. La superficialidad de las palabras ha colonizado al ser humano, obviando que la semántica es una relación entre el signo lingüístico y la realidad. Realidad, digámoslo alto y claro. Por mucho que a través de la lengua intentemos cubrir con un velo superficial esa existencia cruda y desagradable, tarde o temprano acaba descubriéndose ante nosotros. Por mucho enrevesamiento que le ofrezcamos al día a día para pintarlo políticamente correcto, la verdad es siempre elemental. En el AVE de vuelta, la frase de Umbral que me viene a la cabeza es otra bien distinta: «la genialidad española se cifra en las cosas simples, desde Velázquez, que pintó las cosas como son». Pues eso.

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