Miguel Ángel Quintana Paz

Eutanasia, o cómo salir derrotados de una batalla cultural

"Hablamos, en suma, de un terreno abandonado desde que todos nuestros argumentos éticos se basan en una sola cosa: rehuir el sufrimiento propio y ajeno, porque ya no sabemos darle sentido a ningún sufrimiento"

Opinión

Eutanasia, o cómo salir derrotados de una batalla cultural
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Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

Decía el sabio Sun Tzu, en su Arte de la guerra, que la ocasión de evitarnos una derrota yace siempre en nuestras manos, mientras que la de derrotar al enemigo es algo que nos suele proporcionar él mismo. No está mal rememorar esta pizca de filosofía china ahora que se acerca cierta derrota épica: la que vivirán en España cuantos se oponen a la eutanasia. Intentemos aprender algo de ella. ¿No nos machacan acaso los libros de autoayuda con lo muy instructivo que resulta el fracaso? (Suelen olvidar, es cierto, que también es de lo más útil ganar; pero supongo que quienes vencen andan demasiado ocupados con su éxito como para andar comprándose, ¡o escribiendo!, libros de autoayuda).

Cuando hablamos de derrota no nos referimos solo a la aritmética parlamentaria actual, que preludia una clara mayoría de votos para la legislación eutanásica. Ni siquiera nos referimos a las dificultades que tiene el PP, ese partido que siempre ha rehuido la guerra cultural, confiado en que se le votaría solo “por buen gestor”, para argumentar ahora nada menos que sobre la vida y sobre la muerte. Creo de hecho cercano el momento en que los peperos por fin habrán de darse cuenta del fardo que les supone haber abandonado toda estrategia de batalla intelectual. Ya se lo advirtió el mismísimo Sun Tzu: confiar en tus tácticas, pero sin una estrategia global, es solo armar ruido antes de la derrota.

Cierto es que para asuntos de índole moral la derecha española a menudo ha confiado en el trabajo de campo que realizaba aquí la mayor institución de la “sociedad civil”, la iglesia católica. Para qué fundar think tanks, escribir libros o crear cultura si toda la labor de defensa de principios morales (sobre el aborto, la eutanasia o mil cosas más) ya la realizan con gusto los católicos; con la fiable experiencia que además te otorga llevar dos mil años haciéndolo.

Por desgracia para esos principios, sin embargo, la citada iglesia no atraviesa sus mejores momentos en lo que a fuerza moral se refiere. No pensemos solo en los escándalos sexuales habidos en su seno (al fin y al cabo, no hay pruebas de que su tasa sea mayor que en cualquier otra organización religiosa). Ni tampoco pensemos solo en la pésima reacción inicial que mostró ante ellos (que la jerarquía episcopal se dedicara a proteger a sus pederastas sí que corroe la autoridad moral a la que pudiera aspirar, incluso en términos evangélicos: “por sus frutos los conoceréis”…). Pensemos más bien en qué tipo de discurso se pronuncia hoy desde los más elevados púlpitos eclesiásticos: uno favorable a la compasión, a la empatía, a la misericordia con el que sufre. (Pocos dudarían en ubicar ahí las notas principales del actual pontificado franciscano; de hecho, el único jubileo celebrado durante él, en 2016, se dedicó precisamente a tal Misericordia). Se trata de principios todos ellos loables y de honda raigambre cristiana, qué duda cabe; pero, como intentaré explicar en el resto de este artículo, se trata también del mismo racimo de ideas que nos ha conducido al peliagudo lugar en que nos hallamos.

Permítaseme ir al centro del dilema. ¿Cuál es la razón por la que los humanos debemos ocuparnos de aquel que sufre, con la de molestias que normalmente ocasiona tener que dedicarle nuestras atenciones? Dos grandes contestaciones se han dado a lo largo de la historia a esta cuestión.

La primera incide en los valores ya apuntados: hemos de ayudar al que padece, porque ¿acaso no merece toda nuestra compasión? Hay toda una veta cristiana detrás de esta respuesta, pero no solo. De hecho, el budismo abunda en la misma línea de solidaridad universal con todo lo viviente . Y durante la Ilustración europea, precisamente cuando los racionalistas de entonces quisieron liberarse de cualquier adherencia religiosa, fue común que también recurrieran, como base de su ética, a los sentimientos empáticos. Al fin y al cabo son algo natural, que incluso los animales exhiben, de modo que nos permiten alejarnos definitivamente de cualquier hálito espiritual. Las meras emociones compasivas parecían una alternativa lo bastante carnal para lograrlo: así pensaban autores por lo demás tan variopintos como Rousseau, Hume, Adam Smith o Montesquieu.

¿Qué ocurre con esta respuesta “compasiva” cuando nos las habemos con la cuestión de la eutanasia? Cierto es que se puede argumentar contra esta basándonos en aquella. Subrayar, por ejemplo, que la eutanasia termina con la vida de personas débiles y enfermas, necesitadas más de nuestro apoyo que de nuestras manos ejecutoras. O recordar que una ley de eutanasia pone justo a esos semejantes bajo la presión de aceptar que se los elimine cuando constatan todas las molestias y costes que están ocasionando a su alrededor. ¿De veras queremos someterlos a tal intimidación? Sin olvidar que en todos los países en que se aprueban prácticas eutanásicas acaban produciéndose casos poco claros, en que el consentimiento del fallecido no fue todo lo fehaciente que se nos promete: compadecerse de todos esos humanos así enviados a la tumba resulta bien plausible.

Con todo y con eso, esta clase de argumentos misericordiosos en contra de la eutanasia me temo que se hallan abocados al fracaso. Y la razón de ello es que chocarán con un doble muro de contención.

El primer muro lo forman, naturalmente, los casos más mediáticos. El de Ramón Sampedro, por ejemplo, y la película Mar adentro, mucho más eficaz que mil tratados de ética para marcar las preferencias del público. “¿No sientes compasión por personas como Sampedro?” es a menudo un argumento, también de carácter empático, empleado con éxito a favor de la eutanasia. Y que coloca a quien discrepe de ella en la incómoda posición (casi hereje en nuestros días) de consentir el sufrimiento de uno de sus semejantes.

Pero aún mayor influencia ejerce un segundo muro de contención: el pánico colosal que todos sentimos ante nuestro propio sufrimiento, en una sociedad que ha ido perdiendo todos los motivos para darle sentido a eso de sufrir. Parafraseando el refrán, se diría que la compasión bien entendida comienza por uno mismo. Y a la enorme autocompasión que sentimos todos le aterroriza la posibilidad de, algún día, sufrir de modo incesante (enfermos, doloridos, incapacitados). Terror que se incrementa si, por añadidura, cuando lleguemos a ese estado hemos perdido la capacidad de recurrir a una última panacea: el suicidio. Si hoy vivimos vidas cuyo único sentido es el goce, ¿no será un sinsentido prolongarlas cuando ya no podamos gozar más? Ramón Sampedro nos infunde pena, pero también algo mucho mayor: miedo a poder quedar algún día como él.

Es así que la veta compasiva (y autocompasiva) de nuestra moralidad acabará inclinando a la mayoría de los españoles a favor de la eutanasia. Es entonces cuando quizá venga bien mencionar la otra respuesta que cabe dar a la pregunta que antes formulamos: ¿por qué motivo habríamos de ocuparnos de aquellos que lo pasan mal, pese a todas las molestias que esto causa a menudo? Esta segunda respuesta no se basa en los cálidos sentimientos compasivos que nos pueda suscitar aquel que padece, sino en captar algo que hoy resulta casi imposible de expresar.

Se trata de captar que la vida es algo que no vale solo si la disfrutas. Que la vida es un valor precioso, digno, superior incluso a lo que en un momento dado yo quiera hacer con ella. Esto incluye, naturalmente, la vida de los otros: debe provocarme tal reverencia, tal admiración moral, que me detenga antes de osar atacarla. No digamos ya eliminarla. Por mucho que el otro me pida que le asista en el suicidio, no solo rehusaré colaborar en esa destrucción, sino que intentaré ayudarle a la reconstrucción. En sentido sanitario, esta ha sido siempre la misión de los médicos (ya el juramento hipocrático, hace 2.400 años, les prohibía obedecer a un paciente que les solicitara cualquier veneno).

Desde esta perspectiva no será la emotivista compasión, sino el frío respeto ante lo que nos supera la guía que orientará nuestro trato hacia los demás. Y es que la vida nos supera. Antiguamente se les llamaba, a este tipo de cosas, sagradas. Hoy, que no queremos reconocer que nada nos supera, que no queremos reconocer nada sagrado, hemos abandonado este tipo de razonamientos. Ningún político recurrirá a ellos durante la tramitación de la eutanasia. Quien los utilice encontrará medias sonrisas. Tal vez alguien los añore, mientras lee viejos tratados rebosantes de reverencia ante la dignidad.

Hablamos, en suma, de un terreno abandonado desde que todos nuestros argumentos éticos se basan en una sola cosa: rehuir el sufrimiento propio y ajeno, porque ya no sabemos darle sentido a ningún sufrimiento. Lo anunció hace siglos Mei Yaochen, comentando a Sun Tzu: “la naturaleza del terreno es el factor más importante para que un ejército obtenga una victoria segura”. O también una derrota.

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