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Hasta la boya

"A esa clase de encrucijada nos ha llevado una pandemia en que la prensa de izquierdas no ha escatimado en mitos bastante más obscenos que el del liberal inmisericorde"

Foto: Juanjo Martin | EFE

El forense de la localidad costera de Amity concluye que las heridas de la bañista hallada muerta en la playa son compatibles con un ataque de tiburón. En las aguas de Amity abundan los escualos pero nunca se había tenido noticia de uno con semejante diámetro de mordedura. La biología marina acredita, además, que estos depredadores tienden a echar el ancla en el medio que les procura alimento. La temporada turística, principal fuente de ingresos de la mayoría de los lugareños, está a punto de dar comienzo, pero ello no obsta para que el jefe de policía, Martin Brody, prohíba terminantemente el baño. El alcalde, Larry Vaughan, sopesa las consecuencias del éxodo de los veraneantes en la economía local y asume el riesgo de reabrir las playas. De acuerdo con las leyes de la ficción, el espectador infiere que el primero es un bienhechor y el segundo un malnacido; que uno obra en favor de sus convecinos y el otro vela únicamente por el negocio. Se trata, en cierto modo, del mismo precepto pseudocristiano por el que, sin apenas injerencias del sentido común (la incredulidad en suspenso general), damos por hecho que el viejo Quint no saldrá vivo de la peripecia: el tamaño de su arrogancia habría requerido, en efecto, un barco más grande. Si Amity no fuera un territorio mítico y el monstruo, un ingenio mecánico, Brody conservaría su vitola de héroe pero Vaughan no sería el villano que exige el guión, como saben los millones de españoles a los que hoy acecha la ruina. A esa clase de encrucijada nos ha llevado una pandemia en que la prensa de izquierdas no ha escatimado en mitos bastante más obscenos que el del liberal inmisericorde, como el que afirma que Grecia actuó de forma previsora porque no-tuvo-más-remedio (¡!), el que anuncia el advenimiento del novísimo hombre y, mi favorito, el que establece una relación causal, que no casual, entre el éxito en la gestión de la crisis y los gobiernos liderados por mujeres; la única condición, al parecer, es que Isabel Díaz Ayuso no figure entre ellas.

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