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Influencers

"Lo hagas bailando, cantando o haciendo el pino, gracias, Rosalía, por mantener vivo al poeta"

Foto: Amy Harris | AP

Días atrás me topé con una noticia sorprendente en los medios: la universidad de Murcia reedita El roman de Flamenca, cumbre de la literatura medieval occitana, porque parece ser que inspiró el famoso disco El mal querer, de la ínclita Rosalía.

Así, la obra pasa de la juglaría del medioevo a las radios por bluetooth del siglo XXI, sorprendente salto si tenemos en cuenta que ningún otro cantar, ni Buen Amor ni Cid ni otros de más afamado pelaje, ha logrado que la maestría de sus sílabas contadas alcance nuestros días en forma de miles de consumidores. Dicho de otro modo: la popular cantante ha conseguido en tres días lo que críticos, profesores, intelectuales, ensayistas y demás hijos de la historia menendezpidaliana no lograron en décadas. Y no alumbra sólo la opacidad de la Edad Media, Rosalía también salta al Renacimiento musicalizando endecasílabos de San Juan de la Cruz, y creo que sería capaz de clavar en las meninges de su público hasta una tesis del padre Feijoo, una oda de Espronceda o un novelón de Pardo Bazán si se lo propusiese. De alguna manera ha encontrado el canal, y lo que transmita por él, si es un poema, un alarido o una declaración de guerra, ya es secundario. Es otro caso de artista musical que consigue que la alta literatura cale, un caso poco habitual. Quizás Serrat, que colocó la poesía en el imaginario de una generación con sus discos sobre Machado y Hernández, Camarón con Lorca, casos aislados.

No creo que moleste si digo que Serrat o Rosalía son ejemplos de influencers de nuestra cultura contemporánea. En los últimos días he visto cómo Luna de Miguel y María Sánchez, dos autoras a las que admiro y respeto, criticaban el uso de este término en según qué ámbitos. Yo siento disentir. Un influencer en el ámbito de la cultura (perdonen si no encuentro el equivalente en el idioma hispánico) no se limita a tener éxito en su campo, sino que utiliza ese éxito para difundir el contenido ajeno que considere. Y si ese contenido pasa por, qué se yo, una elegía a Ramón Sijé o la paleta cromática de Van Gogh, pues bienvenido sea. Y si para reforzar este canal del que hablábamos, este puente entre la voluntad del creador y el acervo cultural de su público, se utilizan novelas, poemarios, fotos en yate por Instagram, videoclips en Cartagena de Indias o acordes sobre una Stratocaster, pues, mire usted, que el fin justifique silenciosamente los medios.

No creo que haya un ápice de condescendencia en el término, sino todo lo contrario: la necesidad de poner el acento en lo que ese artista consigue, es decir, ser un referente cultural para sus seguidores. Es cierto que ese canal que une contenido artístico y continente va cambiando, y que lo que antes se recitaba ahora se baila, y lo que antes se dramatizaba ahora se virtualiza. Poco importa, como ya digo. Tengo la sensación de que es este canal lo que hace que algunos rechacen el término, y no debería. Lo hagas bailando, cantando o haciendo el pino, gracias, Rosalía, por mantener vivo al poeta.

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