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La caída de los dioses

Foto: Oscar del Pozo | AFP

Benito Pérez Galdós, “El Garbancero” para sus enemigos debido a su prosa descuidada, recuerda el incidente del “sombrerazo” que protagonizó Cánovas del Castillo en una de las primeras Cortes de la Restauración. En diciembre de 1879, el político malagueño decidió abandonar el hemiciclo ante los rumores de cesarismo y las quejas por preferir el Senado a las Cortes. Lo hizo con un gesto de clase, poniéndose el sombrero, y antes rematando con una frase entre cómica y soberbia referida a su oponente Linares Rivas:

“Su señoría no pasará acaso por ningún Gibbon a la posteridad, y si ciertamente el sujeto es más que la historia de la decadencia de Roma, también fuera fácil que fuese más pequeño el historiador”

La oposición pataleó ante la altivez del alfonsino, lo que llevó al presidente de las Cortes, Posada Herrera, a un intento de calmar los ánimos con cierta dificultad. Una isla de tensión, una de las pocas, en esos primeros años de la Restauración; época de consensos, leyes de prensa restrictivas y siesta ministerial luego de la “pesadilla” revolucionaria del sexenio democrático.

Hay algo de un Cánovas menor, algo de su visión fuera del mundo y del tiempo, en ese Mariano Rajoy que decide escapar de unas Cortes adversas. Para los legos, podría verse como cobardía, pero al igual que el malagueño, existe la sensación muy propia del viejo conservadurismo (“…continuar la historia de España” decía el propio Cánovas) de evitar esa política desesperada de sacrificios. En un tiempo -inaugurado en el 15M– donde cada gesto es el último, divierte encontrar alguien que se sabe gris; un orgulloso narigón sacado de las viejas y mejores viñetas del fallecido Forges. Se va sin aspavientos, de una obra ya sin público, y rodeado de un congreso saturado de gorgonas ambiciosas, actores también, que pretenden otra vez regenerar España…sin el libreto aprendido.

Ese gesto canovista de Rajoy es el símbolo de una clase que se extingue y funciona como extraña metáfora de un partido que parece haber puesto el “cerrado por derribo” desde hace al menos una década. La inactividad de sus próceres, la incapacidad de regenerar un discurso entre conservador y liberal, ha dejado a sus enemigos un electorado virgen. Decía Francisco Silvela, la pluma más fina que dieron nuestras Cortes, que Cánovas “sentía amor por los pillos”, refiriéndose al gran muñidor Romero Robledo; la historia vuelve como boomerang con la extraña relación vía SMS entre Rajoy y Bárcenas.

Ante esos “pillos” en prisión, es normal que gran parte de sus votos se vaya a opciones ultra identitarias como Vox, el partido de Putin (líder espiritual de Forocoches) en España, o a liberales de izquierdas como Ciudadanos. Y pensar que ese partido venía de mayorías absolutas…pero ¿cuándo empezó la caída?

La imposible mayoría natural

Los más jóvenes, aquellos que entraron en la política con Podemos, no tienen noción del largo invierno de las derechas españolas a inicios de la democracia. Una larga década perdida, en los 80, bajo la amenaza permanente de marginalidad y donde el partido suponía el chiste fácil, que llegó incluso a algún Mortadelo del tiempo, para hacer sátira de trayectorias políticas con muy cortos vuelos. En cheli, ser del PP a finales de los 80 tenía como único gran puesto la alcaldía de Mondoñedo, Villalar o cualquier villorrio castellanoleonés donde no hubo guerra civil a falta de enemigo presente. La imposible moción de censura de Hernández Mancha en 1987 fue la prueba empírica de su marginalidad y acotación en gabinetes de copa, café, puro y zapatos de rejilla.

A eso le habían abocado casi dos décadas de socialdemocracia, que se concretaron en una victoria pírrica en el 96, y un progresivo afianzamiento vinculado a las clases medias enriquecidas por el “boom” liberal. La poción mágica, el dinero, sería la ley del suelo de 1998, según la interpretación de Nacho Escolar. Esta financiaría todos esos proyectos megalómanos estatales y, a decir de los jueces, personales. Los políticos del Partido Popular, en origen conservadores de cortinilla pilosa o liberales de apellido inglés que no entendieron la ideología de medre transversal de Felipe González, pasaron de ser el patito feo a verse como protagonistas en auge y caída al estilo de las novelas de Rafael Chirbes. El ladrillo, primero, y la especulación de capitales, después, convirtió a la derecha atada a los tirantes de Manuel Fraga en ambiciosos lobos de Wall Street.

El cambio ético estaba dado y se unió pronto al estético: el estilo conservador de chalequitos de cuadros y reloj con cadena, tan querido por Luis María Anson -de la Real Academia-, dio paso a las regatas, los rayos uva y el desprecio al dinero ajeno. Los viejos moderados, aquellos que se deleitaban leyendo a Cánovas y sus cuitas contra el “masonazo” de Sagasta, transmutaron vía rayos uva en Sopranos levantinos: el ennegrecimiento de la piel llevó a la inevitable oscuridad moral (in vultu vitium…). Esa ostentosidad, esas bodas en El Escorial y alianzas internacionales, fueron miel para pequeños nicolases robando el pan con chocolate en congresos o regatas; tanto daba: la ideología había desaparecido ante el lucro personal como único ciclomotor. Se ha hablado mucho, más con las redes sociales, de las burbujas de socialización y cómo fanatizan a los militantes. Mucho, mucho antes de esas redes, los populares construyeron un imperio virtual y poco virtuoso de Gin tonic, salidas al Tony2 y tertulias “sí, bwana” en los medios afines. La vieja derecha ilustrada, que la hay y hubo, viró en políticos salidos de Vitaldent -que, no casualmente, ha visto su caída paralela al Partido Popular- y un prodigioso parecido a Silvio Berlusconi; mitad humano, mitad figura de cera.

Ah, pero las alas de betún de Ícaro se derriten al sol y muy pronto la corrupción se haría sinónimo del Partido Popular. El Congreso del PP del año 2008 legitimó la sucesión de Mariano Rajoy…salvado por la mínima gracias a esa subsección mafiosa que era Valencia. El resultado final, diez años después, es medio partido levantino condenado y sus protagonistas convertidos en figuras literarias de James Ellroy; ahogados en el alcohol y la pena. Fin de raza genovés para un proyecto que, a decir de Aznar, pretendía sacar del franquismo a las viejas clases conservadoras. Estas no han tenido piedad con su caída y llegaron a reír los memes furiosos dedicados a una muerta por cirrosis como Rita Barberá. No, sin duda, no era ya ese alegre 1999 y poco podían hacer ya los conservadores por obtener mayorías.

Las perspectivas electorales, a junio de 2018, no resultan halagüeñas e incluso se llega a especular que esa travesía del desierto acabe sin encontrar agua potable. Quizá el “sombrerazo” de Rajoy sea un síntoma de despedida, de melancolía, ante lo que pudo ser y no fue. ¿No tienen derecho los dioses a una última bacanal antes de caer envueltos en llamas? En esa ópera wagneriana hace tiempo ya que el telón ha bajado, el primer soprano de la revista liberal -neoliberal, dirían nuestros progresistas sin remedio- se despide y el público no aplaude ya. La función, hace tiempo, dejó de ser gratis y nadie tiene suficiente dinero para entrar.

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