José Antonio Montano

La espuma de las obras

"El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros"

Opinión

La espuma de las obras
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

He leído un libro divertidísimo y la mar de instructivo: ‘Proust, Premio Goncourt’, de Thierry Laget (Ediciones del Subsuelo). Se ocupa del Goncourt que le concedieron en 1919 a Marcel Proust por A la sombra de las muchachas en flor, segundo tomo de En busca del tiempo perdido (el primero, Por el camino de Swann, se había publicado en 1913, antes de la guerra, y ya estaba casi olvidado). 

Lo instructivo es que el premio fue despreciado por la prensa, que prefería la novela del excombatiente Roland Dorgelès, Las cruces de madera. Se ensañó con Proust con una profusión mareante, que prueba que los periódicos de entonces eran tan infectos como las redes sociales de ahora. La novedad es que hoy todos participamos directamente en la infección.

Instructivos son también los entresijos del premio, la cantidad de vanidades de nombres olvidados y de detalles de gusanera. Ocurre lo mismo cada vez que se estudia un episodio de la historia: metes un palo en el hormiguero y se llena de hormigas. La realidad es abigarrada, infinita, y lo que va quedando es una decantación. Retornar a sus complejidades produce aturdimiento. Se nos termina olvidando que todo ha sido siempre un lío.

El propio Proust tuvo que trabajarse el premio, porque nada es gratis: resulta embarazoso leer sus cartas de adulación. Y luego, cuando lo obtiene, el cachondeo sobre él y su obra. Como nosotros mismos con cualquier libro que sale. Recuerdo que en una biografía de Baudelaire se citaban risitas de otros por ‘Las flores del mal’; lo ridiculizaban como hoy ridiculizaríamos a Suso de Toro. Con Proust no se ahorran chistes, agotan los juegos de palabras: «Proustitución», «proustatitis»… Parece Twitter por momentos.

Dan ganas de escapar, de consumirse en la inacción. Y sin embargo seguimos, porque sabemos algo más poderoso: todo lo anterior no es más que la espuma de las obras. Son las obras lo que cuenta: lo que se escapa. Al lector que lee A la sombra de las muchachas en flor no le interesa otro mundo. Como no le interesaba a Proust cuando escribió ese tomo, ni cuando continuó escribiendo los siguientes. El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros.

Tal vez por lo que escribió Aristóteles en un memorable pasaje de su Ética a Nicómaco (1167b y ss.; traducción oral de Lledó): «Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad; y la obra es en cierto modo su creador en acto; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser.» Efectivamente: lo mejor del autor.

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