Laura Ferrero

La fiesta terminó

La culpa la tiene ese aire de fin de fiesta, esa premonición de que están a punto de encender las luces. No es algo que ocurra solo en discotecas o en verbenas de pueblo. También cada etapa de la vida tiene sus propias prisas, y esos minutos basura en los que siempre, al menos para mí, ocurre lo mejor.

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La fiesta terminó
Foto: Matt Sayles

La culpa la tiene ese aire de fin de fiesta, esa premonición de que están a punto de encender las luces. No es algo que ocurra solo en discotecas o en verbenas de pueblo. También cada etapa de la vida tiene sus propias prisas, y esos minutos basura en los que siempre, al menos para mí, ocurre lo mejor.

A todo esto, yo estaba en Nueva York y me había despedido de un amigo querido y volvía hacia casa aunque mi casa era ahí un hotel. Y la fiesta, efectivamente, parecía haber terminado. O eso decían, porque yo veía por todas partes a gente que seguía bailando.

Recordaba, porque siempre llueve sobre mojado, una de las últimas escenas de Boyhood, a esa Patricia Arquette que rompe a llorar en la cocina cuando su hijo se gradúa y dice algo así como “Pensé que habría algo más”. En Boyhood, Richard Linklater cuenta muchas cosas pero sobre todo una: que la juventud es algo más que un estado de ánimo, que a veces ocurre que uno se sienta a esperar en la cocina y han pasado diez años de un plumazo. O veinte. Niños, matrimonios y carreras. Lo decía de otra forma Lorrie Moore en Pájaros de América: “Tenía forma de ele, como una vida que girara para ser algo más”.

Así que crucé Greenwich Avenue y quedaban restos de confeti en el suelo, globos con forma de corazón, algunos ya deshinchados, banderitas del arcoíris por todos lados. Sonaba Maluma a través de un altavoz y pasaban las últimas carrozas. Delante de mí, alguien se giró para decirle a su acompañante, con un acento cantarín que “la fiesta ya terminó” .

Me lo repetí a mí misma, como si fuera, en realidad, un mensaje en clave, una de esas metáforas que siempre apunto para mis artículos. Me escurrí entre la multitud y tomé una callejuela pequeña casi vacía. Qué paz de repente. Venían andando hacia mí, tres policías y una mujer que vestía, como hubiera dicho mi abuela, de manera un poco estrafalaria. Pelo rubio largo, muy maquillada, tacones blancos. Me sonrió y yo hice lo mismo. Hello, me dijo. Creí conocerla pero no. No había ido a mi universidad ni era mi vecina de Barcelona. Le devolví el saludo y seguí andando unos metros hasta que, al ver a una horda de gente que se dirigía corriendo hacia mí, me detuve.

¡Lady Gaga! ¡ Lady Gaga!

Casi me embistieron, pero tuve tiempo de girarme y ver cómo la rubia había desaparecido en el interior de un coche negro.

¡Lady Gaga! ¡ Lady Gaga! La gente grabando con sus móviles y preguntándome si la había visto. Y claro, ¿iba a decir que la había confundido con una vecina, con una chica de la universidad?

Dije que no, que no la había visto pero tuve ganas de decir que sí, que Lady Gaga me había saludado. Reí para mis adentros porque esa, creo, era la ele de la que hablaba Lorrie Moore.

Lo cuento porque los fines de fiesta tienen esto. Cuando las luces amenazan, cuando el penalti, cuando las prórrogas, cuando la juventud ay divino tesoro, es entonces cuando aparece Lady Gaga. Siempre habrá quien diga que la fiesta terminó pero hay muchas fiestas que empiezan justo cuando se encienden las luces. Hay algo más, Patricia Arquette, lo que pasa es que a veces confundimos lo que hay de lo que nos hubiera gustado que hubiera.

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