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La guerra privada de Ian McEwan

Conque ¿ciencia ficción? Supongo que sí, pero poco importa. La literatura, si es buena, se sustrae a toda etiqueta

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Yerran los críticos, tan propensos a colgar etiquetas, al obcecarse en la tarea de dilucidar si Máquinas como yo (Anagrama) de Ian McEwan (Aldershot, 1948) es una novela de ciencia ficción. Cierto es que en esta ucronía el bombardeo de Hiroshima no tuvo lugar, Inglaterra ha perdido la Guerra de las Malvinas y el matemático Alan Turing sigue vivo, gozando de los honores que le fueron negados; Lennon salvó el pellejo a la salida del Hotel Dakota y los Beatles, reagrupados, hacen el ridículo con discos orquestales sobreproducidos. Para colmo, hay un androide. Pero eso es lo de menos.

Aunque se ubica en los ochenta y su tiempo externo, por decirlo como un narratólogo, queda bien definido, la novela apunta al presente con firmeza. La irrupción del cíborg Adán sirve a McEwan para someter las humanidades a una acerba sátira, tanto por su deriva política («el movimiento académico aceptado normalmente como ”teoría” había tomado la historia social ”por asalto”», p. 45) como por su renuncia al pensamiento científico (en la academia, “hablar de genes en relación con la conducta evocaba el Tercer Reich hitleriano”, al tiempo que «los fabricantes de Adán cabalgaban sobre la nueva ola del pensamiento evolutivo», p. 58). En una marcha contra la maquinización de los oficios se cuelga de una horca a un robot y se le abuchea por los empleos que ha robado. Fácil es columbrar que, despuntando la Cuarta Revolución Industrial, de poco servirá entregarse a un nuevo ludismo. No son ideas nuevas para McEwan. En una entrevista para The Kenyon Review en 2006 sostenía que «hay que desconfiar de los placeres, deliciosos y seductores, del pesimismo. En el arte puede convertirse en un manierismo vacío. Y en las universidades, en las humanidades, se requiere que todos los intelectuales sean pesimistas ilustrados».

A la chita callando, la existencia del cíborg también pone en solfa las exigencias más estrechas de las políticas de la identidad. Un hecho luctuoso sucedido al término de la novela muestra la escasa diferencia humana entre el candidato laborista y la candidata conservadora: razona el protagonista, en un momento de máxima polarización política, que pertenecían a categorías humanas distintas, pero categorías humanas, al cabo. Como ya decía el narrador de Düssel…, relato publicado por McEwan en 2018 en la New York Review of Books: «Todas esas protestas, manifiestos, discursos, conferencias y escenarios fatalistas no sirvieron de nada. Después de todo, nuestros nuevos amigos se parecían demasiado a nosotros». En dicho cuento, latido inicial de la obra que nos ocupa, alguna cuestiones étnicas y culturales se vuelven irrelevantes en el momento en que la mayor preocupación de uno es «preguntar a su amante si es humano o máquina».

Conque ¿ciencia ficción? Supongo que sí, pero poco importa. La literatura, si es buena, se sustrae a toda etiqueta.

Como otras novelas del autor, Máquinas como yo maneja sugerentes ideas políticas, pero ofrece una lectura más ágil que Solar y Operación dulce. Esto se debe, en buena medida, al triángulo amoroso que protagoniza la historia (vuelta de tuerca del visto en Ámsterdam), a los espinosos conflictos morales que plantea (al modo de La ley del menor) y al humor, juguetón y en ocasiones perverso, que recuerda al viejo “Ian Macabre” de Primer amor, últimos ritos. Aunque en los últimos años McEwan haya pecado de autocomplaciente, su prosa sigue siendo notable. De muestra, un botón:

«Un día estuvimos entronizados en el centro del universo, y el sol y los planetas, y el mundo observable en su integridad, giraban en torno a nosotros en una danza intemporal de adoración. Luego, en desafío a los sacerdotes, la astronomía despiadada nos redujo a un planeta que orbitaba alrededor del sol, una más entre las rocas. Pero seguíamos aparte, espléndidamente únicos, designados por el creador para ser señores de todo lo viviente. Luego la biología confirmó que éramos parejos al resto de los seres, y que compartíamos unos ancestros comunes con las bacterias, las violetas, las truchas y las ovejas. A principios del siglo XX nos sumimos en un exilio aún más oscuro cuando la inmensidad del universo nos desveló su ser e incluso el sol pasó a ser uno más entre los billones de soles de nuestra galaxia, galaxia que a su vez no era sino una entre billones. Al final, recurriendo a la conciencia, nuestro último reducto, quizá no nos equivocábamos al creer que ocupábamos un lugar de preeminencia respecto del resto de las criaturas del planeta. Pero la mente que un día se había rebelado contras los dioses estaba a punto de destronarse a sí misma por obra y gracia de su fabuloso alcance» (pp. 100-101).

Freud habló de las tres humillaciones del narcisismo humano (el giro copernicano, la evolución, el psicoanálisis) y aquí se avanza la llegada de una cuarta: la inteligencia artificial. ¿Cederá la humanidad a la tentación nostálgica? ¿Nos dormiremos en los laureles del pesimismo? El tiempo dirá.

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