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La sana sospecha hacia uno mismo

Foto: Tribunal Supremo | EFE

La segunda parte del juicio a los responsables del procés está siendo mucho más interesante y provechosa que la primera. Al menos desde un punto de vista político y jurídico. Porque las declaraciones de los testigos –que tienen la obligación de contestar y decir la verdad, a diferencia de los acusados, a los que protege su deber primero de defenderse– tienen la virtud de contrastar, por fin, el relato predominante de los hechos también desde el propio campo soberanista.

Más allá de lo que la justicia dictamine, esta segunda etapa del juicio oral revela la distancia entre realidad y discurso. La realidad que intuíamos se está conociendo por boca de sus protagonistas, desde la acusación del major Trapero diciendo que el entonces conseller de Interior, Joaquim Forn, tuvo “un punto de irresponsabilidad”, hasta la declaración de un nervioso comisario de Información de los Mossos, Manuel Castellvi, afirmando que el entonces president Puigdemont fue informado del riesgo de que se desatara la violencia y que, aun así, decidió seguir adelante con el referéndum ilegal.

El relato de los hechos lo establecerá el tribunal, pero políticamente se van despejando algunas tinieblas desde que comenzaran las sesiones ante la Sala Segunda del Supremo bajo las indicaciones del discreto, cortés y templado juez Marchena. Es también muy revelador de la contundencia de los hechos narrados por los testigos y acreditados que Jaume Mestre, entonces responsable de Difusión Institucional de la Generalitat, sólo encontrara el silencio y el olvido –y no un relato alternativo– como vía para no reforzar la acusación de malversación contra sus antiguos jefes.

Pero, si bien política y judicialmente estas sesiones rinden su fruto para los observadores, la primera parte del juicio produce el efecto contrario. La declaración de los acusados de la primera semana no ha sido uniforme, y especialmente señaladas y comentadas han sido las del líder de ERC, Oriol Junqueras, y las del dirigente de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart. Su insistencia en la vía pacífica, en el pacifismo del movimiento independentista, en su apuesta por la no violencia, en su compromiso con el civismo à la catalana, funcionan más como un desiderátum de que lo que debe ser un movimiento de masas ideal que como descripción de lo que la historia nos enseña que es o en lo puede llegar a convertirse.

Si en la declaración de los testigos ha quedado patente la distancia entre realidad y discurso, aquí se evidenció la brecha entre la realidad y el deseo. No hace falta que el movimiento, cualquiera, cometa actos violentos –que es lo que establecerá el tribunal– para saber que puede llegar a cometerlos. Porque está en nuestra propia naturaleza o porque las masas pueden llegar a provocarlo de forma autónoma de los propios individuos que la componen. Y no hay que haber leído ni a Elias Canetti ni a Ortega y Gasset, ni estar al día en psicología evolutiva para implantarse la sana sospecha, el escepticismo ante la especie.

Hacer abstracción de esta duda hacia uno mismo –no digamos hacia un millón de personas reunidas en pos de un objetivo político y debidamente jaleadas– equivale a decir que olvidemos toda la historia y que no hagamos caso a lo que nos dice la ciencia de forma contundente. Y es que es realmente un peligro estar tan autosatisfecho con la imagen que uno, o los de uno, desprenden o creemos que desprenden. Ni el hecho más escabroso será violencia plena para quien niega de raíz y en toda circunstancia la posibilidad de provocarlos.

Que la haya habido aquí, en los hechos que se juzgan, es ya otra cuestión.

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