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Un tópico actual es que en España tenemos un multipartidismo como en Italia, pero no su capacidad de pactar

Foto: Ballesteros | EFE

Un tópico del comentario político de estos meses es que ahora en España tenemos un multipartidismo como en Italia, pero ni por asomo la capacidad de pactar de los italianos. Como casi todos los tópicos, tiene buena parte de verdad. Allí gobiernan el equivalente a Podemos con la Liga, que es un Vox vitaminado. Salvini deja a Abascal en un moderado centrista. Y han pactado.

Aquí Ciudadanos no quiere ni mirar a Vox, ni reunirse con Sánchez, ni hacerse una foto con Pablo Casado ni para condenar a Bildu si puede evitarse. El PSOE, que recoge votos de los independentistas, alienta el cerco a Vox. El PP no quiere ni oír hablar de facilitar la investidura de Sánchez. El bloqueo institucional al que lleva tanta cerrazón se está haciendo evidente: la investidura se retrasa al máximo. Mientras, tanto en las comunidades autónomas como en los ayuntamientos estamos viendo, más que negociaciones sensatas, un juego de la silla donde hay más codazos y empujones que sensatez y consenso.

Ha querido la suerte que todo esto coincida con mi lectura de Dante: la novela de su vida, de Marco Santagata, recientemente publicado por Cátedra. Desde los convulsos siglos XII y XIII, se puede entender bien el fácil trapicheo actual de la política italiana. En las luchas a tres o cuatro o cinco bandas entre güelfos negros, güelfos blancos y gibelinos, además de los angevinos, los papas, los franceses y los aragoneses, los cambios de bando eran frecuentes, instantáneos y reversibles. Uno se podía encontrar luchando junto a aquel que combatió en la batalla anterior. Como los papas también jugaban en el tablero político, independientemente de la fe católica de todos, también uno podía enfrentarse al sumo pontífice, en cuanto príncipe de este mundo con sus particulares intereses políticos, que nadie confundía con su derecho divino. Todo eso creaba una ductilidad de carácter y una agilidad de cintura que han pervivido a lo largo de los siglos.

En cambio, en España, en ese mismo momento, la lucha era a cara de perro entre los reinos cristianos y los musulmanes. Dos compartimentos estancos, donde, salvo algún romance de frontera, porque el amor es más fuerte que la muerte, los bandos eran fundamentalistas. De ahí que el español tienda a ser más papista que el papa (algo impensable entre los italianos) y a ser un enemigo monolítico. Obsérvese el «¡Santiago y cierra, España!», que, aunque no signifique talmente eso, lo parece.

La paradoja estriba en que precisamente el partido que se postula como heredero de esa España de polvo, sudor y hierro, sea el que más lampando esté por pactar con alguien. Mientras que los más europeístas y estéticamente casi italianos sean los que le hayan echado a sus partidos y a sus posibilidades de pacto los siete cerrojos del sepulcro del Cid, pero por dentro.

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