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Félix de Azúa

¿Y por qué?

«La reacción de Baudelaire ante la gran ciudad es muy parecida a lo que nos sucede a nosotros en nuestras ya desbordadas cosmópolis»

Notas de un espectador
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¿Y por qué?

El odio a las ciudades populosas es tan antiguo como ellas mismas. En pleno renacimiento, durante el reinado de Carlos V, escribió fray Antonio de Guevara su famosísimo Menosprecio de corte y alabanza de aldea, pero no era sino una puesta al día del modelo latino, el Beatus ille: feliz aquel que lejos de la ciudad oye el piar de los pajaritos. De modo que podemos situar el odio a la ciudad en los orígenes mismos de nuestra civilización. Lo interesante es averiguar cómo se manifiesta ese odio según los siglos, las culturas y las ciudades. No es lo mismo odiar el bullicio romano en tiempos de Horacio que odiar el caos y la suciedad de Sevilla cuando Carlos de Austria se hizo cargo de este país. Por no hablar de nuestras grandes capitales y el furor de la España vaciada, aquel genial invento de Sergio del Molino.

El actual odio a la gran ciudad ha cambiado radicalmente con respecto a los modelos antiguos y es interesante averiguar nuestro origen. La mejor denostación de la ciudad moderna es la de Baudelaire hacia 1860, porque no sólo odiaba París con toda su alma, sino que también lo amaba y no podía prescindir de aquella inmensa capital, era incapaz de vivir en otro lugar. Es el juego cruzado del amor y el odio lo que sentimos todavía hoy como una contradicción presente ante los monstruos tecnológicos en que se han convertido nuestras ciudades. Con un añadido, ahora la ciudad se extiende mucho más allá de los límites geográficos o catastrales. Por decirlo de algún modo, Bilbao abarca la casi totalidad del País Vasco y Madrid es ya toda Castilla debido a la enorme multitud que se desplaza todos los días o varias veces por semana de su pueblo a la capital.

Que Baudelaire fue el primero en mostrar una actitud moderna ante la moderna ciudad se debe a varios elementos. El más importante: que vio cómo el París medieval de su infancia se convertía en la primera urbe tecnológica gracias a la reforma de Haussmann y Napoleón III. El nuevo París tenía ya los elementos propios de cualquier capital contemporánea, grandes avenidas, circulación caótica, desplazamientos masivos de ciudadanos por lugares y a horas fijas, anonimato, presencia cada vez más densa del Estado, separación de clases por barrios, en fin todas las características a las que estamos habituados.

No obstante, había otros elementos más sutiles como los que destaca un gran investigador francés, Antoine Compagnon, en su excelente Baudelaire, el irreductible (Acantilado) que acaba de aparecer. No era el cuerpo de París, era el alma de la ciudad lo que asqueaba y fascinaba a Baudelaire, y esa alma estaba compuesta por tres anímulas, la tecnología (vapor, electricidad, alumbrado), además del periodismo y la fotografía. 

«Odiaba a la gran ciudad, pero dependía de ella, era su esclavo, como en una relación sexual perversa»

Es interesante observar que la gran revolución consistió, sobre todo, en la iluminación, el alumbrado (20.000 faroles de gas ya en 1867), la visibilidad en tiempos de naturaleza oscura. A esa aparición de la ciudad como un objeto de nueva creación (se dobló el número de horas visibles), hay que añadir la otra ‘visibilidad’, la del periodismo y la fotografía. Y esa es la parte que al último Baudelaire le tenía absolutamente furioso, pero atado de pies y manos porque era su medio de vida. Toda su obra final, la más relevante desde el punto de vista teórico (Walter Benjamin casi sólo habla de ella), se publicó en periódicos y las luchas de Baudelaire para que aceptaran sus artículos, los célebres «pequeños poemas en prosa» luego recogidos en Le spleen de Paris y Mon coeur mis nu, títulos inventados por los editores, fueron épicas. Odiaba a la gran ciudad, pero dependía de ella, era su esclavo, como en una relación sexual perversa.

Al margen, un reproche a la edición de Acantilado: ¿por qué traducen spleen como «esplín»? Es absurdo. La palabra spleen es tan extranjera en francés como en español y debe conservarse. Lo del ‘esplín’ me temo que fue un invento de Umbral.

La reacción de Baudelaire ante la gran ciudad es muy parecida a lo que nos sucede a nosotros en nuestras ya desbordadas cosmópolis. Estamos cautivos en la jungla de asfalto, como él, pero sobrevivimos gracias a esa esclavitud, aunque en cuanto podemos salimos espiritados hacia algún lugar en donde se oiga el piar de los pajaritos, triste consuelo que suele ser, también, masivo. Baudelaire no podía hacerlo, hasta mucho más tarde no se inventó la huida multitudinaria de ciudadanos a los centros de recreo más o menos ‘campestres’. De ahí que su odio y su amor fueran mucho más furibundos que los nuestros y dieran como resultado una de las obras literarias más importantes de la modernidad. Algo que ya no sucede. El odio a la ciudad ya no es un tema literario.

Y lo que es más extraordinario. Tras un final apoteósico en el cine del siglo XX, donde fueron grandes protagonistas París, Nueva York, Berlín, Moscú, Viena o Londres, de repente se produjo el apagón. En la actualidad las ciudades ya no son tema de arte. Todo lo más, cartelones de publicidad turística.

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