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Jorge Freire

La última noche en la tierra

«La vida te adocena y no puedes andar por ahí asombrándose de todo; hay, incluso, quien acaba volviéndose un amurriado defensor del nihil admirari»

Opinión

La última noche en la tierra
Jorge Fernández Salas Unsplash

La playa al atardecer es un coñazo. Brillan las escamas de los peces y las umbelas de las medusas; brilla el ala de la gaviotas y la piel de gamba cocida del turista alemán. Pero entonces las nubes rompen en llamas y, como por ensalmo, aparece el «vinoso mar» de Homero. Sucede en pocos minutos. Del pájaro que roza la espuma solo ves la silueta, perfilada por el horizonte como si de un buril fulgente se tratase. Súbitamente, uno está con gafas de sol en plena oscuridad, como Blade el cazavampiros o Carlos Fabra.

Uno se acostumbra a la puesta de sol. Dice Gomá que si solo pudiera verse una vez en la vida, los millonarios pagarían fortunas. Pero, claro, el astro se pone todas las tardes. La vida te adocena y no puedes andar por ahí asombrándose de todo; hay, incluso, quien acaba volviéndose un amurriado defensor del nihil admirari. De lo que se trata, dice mi amigo Presi, es de vivir cada día como si fuera el último. Que cada paseo por Pompeya sea el previo a la detonación del Vesubio; que cada cena sea la última cena. Elevar, en resumidas cuentas, lo cotidiano a lo sacramental. De esa manera, trocaríamos un crepúsculo entre guiris con calcetines y niños gordos por la apoteosis del crepúsculo postrero.

Cuando las cosas se mantienen en sombra, las luces en derredor revelan su contorno. Las siluetas de los aguilones de las grúas, cuyas vigorosas poleas levantan atadijos días y noche, vuelven a proliferar en la costa, una década larga tras el pinchazo de la burbuja. El mundo se pone de relieve. Claro que no es lo mismo aguardar el véspero en una ciudad, donde nunca anochece en serio, que hacerlo al relente y en medio de la nada. Aquí se apagan las luces, Lorca dixit, y se encienden los grillos. Se me vienen a las mientes las palabras de Madame Guyon al término de sus memorias: mediodía de la gloria, día en que no hay noche. ¿Y si esta fuera la última noche en la tierra?

La caverna celeste se agiganta en la penumbra y las estrellas escrutan a quien las mira, infundiéndole un pavor cósmico. Mil ojos tiene la noche… Ese terror, que atenaza a la humanidad desde sus orígenes, es el mismo que sentían los profetas del desierto, porque el desierto no es sino una abadía bajo la techumbre del universo. Los miedos que una bóveda craneal contiene, en su exiguo perímetro, no podría contenerlos la inmensidad del orbe.

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