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Daniel Capó

Zuckerberg, el demiurgo

«La pandemia ha acelerado la llegada del llamado Metaverso»

Opinión

Zuckerberg, el demiurgo

No es cierto que la pandemia haya hecho posible la llegada del llamado Metaverso, pero sí que la ha acelerado. En cierto modo, la ha hecho también inevitable. El primero que ha señalado la importancia crucial de la apuesta de Mark Zuckerberg por este nuevo universo ha sido el brillante ensayista y político portugués Bruno Maçães en una serie de artículos publicados en su Substack particular. Quizás sin ser totalmente consciente de ello, Maçães se adhiere a la tesis del desaparecido historiador húngaro-americano John Lukacs, según la cual el siglo XX evolucionó de lo material a lo abstracto y de lo concreto a lo virtual. «Twitter creo que será recordado –aventura el politólogo luso– como el primer metaverso». Todavía primitivo en su concepción, pero revolucionario, persistente e influyente. Apuntando en dirección al homo deus de Harari, una nueva humanidad se insinúa con la aparición de un universo paralelo en el que «las leyes del espacio y del tiempo ya no se aplican –como puntualiza Maçães– o al menos pueden doblegarse, mejorando los poderes del hombre por caminos que aún están por explorar». 

Hablar de poder también es hablar, alla Schmitt, de guerra y de violencia; no sólo de oportunidades. Difícilmente una nueva realidad se impone sin algún grado de conflicto. Las amenazas se suceden a medida que el Metaverso empieza a entrar en contacto con las tecnologías claves del poder: la inteligencia artificial, la propaganda política y de consumo, el acopio de la Big Data, la manipulación de la conciencia. ¿Dispondrá el nuevo universo de un único ojo que, como el de un dios, espíe la mente de los hombres y la juzgue con ira o con clemencia? ¿Se expulsarán determinadas opciones políticas de la plaza pública? ¿Habrá campeonatos deportivos, contiendas electorales, clases magistrales, cursos universitarios y canales de televisión o de radio emitiendo en directo en el Metaverso? Sin duda.

La gran incógnita, me explica Luis de Blas de la gestora Valentum, radica en saber si la nueva tecnología de Facebook ha llegado antes de hora o si la humanidad se encuentra ya en su punto justo de madurez para prescindir de la realidad y entrar en un universo virtual que cambie radicalmente nuestra experiencia de lo cotidiano. La pandemia, en efecto, rema a favor de esta mutación, tras varias décadas de experimentación con Internet y los videojuegos. Llega un hombre abstracto con nuevos poderes y debilidades distintas. Un hombre abstracto que dice adiós a la carne y se esconde tras unos fantasmas y unas sombras creadas por la mente. Un hombre abstracto que pagará y cobrará en bitcoins o en ethers y que, al igual que los cyborgs, será incapaz de distinguir entre lo que le pertenece por naturaleza y lo que la técnica le proporciona. Como sucedería en un mundo gnóstico y altamente espiritualizado, nos iremos alejando de la realidad corporal, del sello propio de nuestra humanidad. Por supuesto, este es un mundo que no me interesa en absoluto y por el que siento escasísima curiosidad. Pero es el lugar al que nos llevan y, sobre todo, al que se dirigen mis hijos. Me guste o no. Nos guste o no.

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