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Eduardo Laporte

¿Qué hacemos con los británicos?

La lectura de los ensayos poéticos de Ignacio Peyró ‘Un aire inglés’ evidencia el carácter peculiar de las islas británicas

Opinión

¿Qué hacemos con los británicos?
Anika Mikkelson (Unsplash)

¿Qué hacemos con Baroja? se titulaba un ensayo con evidente talante crítico o criticón. ¿Es de los nuestros por meterse con los curas y ser casi fusilado por los requetés? ¿Y su germanofilia declarada? ¿Y su desprecio por la democracia, los comunistas, los judíos «y demás ralea»? Y, ¿qué hacemos con los británicos? ¿Inclementes imperialistas o guardianes de ciertas esencias de sabiduría a contracorriente? Nos llegan imágenes de gasolineras y supermercados desabastecidos tras ese ¿capricho? ecogeopolítico del brexit. Do antes hubiera empelucados parlamentarios, ahora asistimos a broncos y cutres debates a cara de perro. The Houses of Parliament se ha convertido en un sport-pub animado y agitado por un rutilante primer ministro en las antípodas del decoro británico que se respira en las páginas de Un aire inglés, gavilla de reflexiones sobre el hecho británico que Ignacio Peyró acaba de publicar en Fórcola.

Por tanto, ¿qué hacemos con los británicos? ¿Debemos defender el paso del cricket al balconing como parte de una idiosincrasia renovada y desprejuiciada? ¿Del cauto consumo de té con pastas danesas a la cogorza hooligan de los magalufes del mundo? ¿Caemos en gruesa simplificación al tildarlos, como hacía el francés Gautier en el XIX, de «bárbaros con un barniz»? ¿Se ha caído el barniz?

La herencia británica

Mis padres se conocieron en el Londres de los 70. Francés él, estudiaba en la London Fashion School. Navarra ella, trabajaba como au-pair en casa de unos hidalgos (sons of something) y de dependienta en tiendas como Guys & Dolls. Ella huía del sopor tardofranquista de provincias y él estudiaba para hacerse el nombre que después se hizo en el mundo de la moda. Vivían en plan comuna de expatriados festivos nada menos que en Kensington. Así que se puede decir que soy un hijo de la Gran Bretaña. Mi primer viaje en avión fue a Londres y mi magdalena de Proust, unos huevos revueltos en el Sloane Square hotel cuyo sabor a mantequilla aún perdura en mi memoria. Como esa palabra, mews, que me enseñó mi madre en un paseo crepuscular por esas callejuelas y que me descubrió que el encanto de Inglaterra, Reino Unido, Gran Bretaña, llámese equis, era único, como aquellos scrambled eggs.

Más apegado a lo mediterráneo, lo francés, lo latino, el aire inglés sobrevuela, de alguna manera, en mí. E Ignacio Peyró lo rescata en este libro al que me acerqué con algunas cautelas. Las comparaciones son odiosas, pero me atrevería a decir que Un aire inglés, con un detalle de Turner en la cubierta y una envoltura, no sé, de un Acantilado o Libros del Asteroide, estaría ya entre los libros más celebrados de 2021. Una pena que ese aire más académico-institucional que poéticamente inglés que la editorial ha elegido pueda restarle lectores.

Aliento poético

Tampoco creo que favorezca el subtítulo de «ensayos hispano-británicos», aun siendo un reclamo veraz. Pero de un verismo discutible, porque Peyró aborda estos temas desde la posición del literato. Erudito y leído hasta más de lo sensato, pero que va detrás del aliento poético de las cosas, como haría el buen inglés. Converge así con un viejo conocido, Josep Pla, cuando habla captar las cosas de la vida habitual que «constituyen el fondo poético de la vida». Quizá la etiqueta de ensayos poéticos hubiera sido más acertada, aunque entiendo que el aliento algo cursilongui del marchamo no es fácil de comprar.

No obstante, quien quiera ensayo, encontrará ensayo en Un aire inglés. Erudición hayla en loads, que dicen en UK. Solo en la contracubierta aparecen hasta 18 referencias, de AJ Liebling a Rudyard Kipling. Y en la primera página, picotearemos por las ideas de Evelyn Waugh, Thoreau, Paul Fussell, Rushkin y Wilde, en un despliegue de citas que, y esto es meritorio, no estomaga ni genera el rechazo de la ostentación citona. Al contrario, asistimos a un arte de la cita que ni Vila-Matas en su Bartlebly y compañía, en el que se fantaseaba, si no recuerdo mal, con la redacción de un libro solo constituido de citas. La idea de una librería llamada Casa de Citas.

Peyró hace suyo algo que recomendaba Pla respecto a la biografía: fusionar el «apresto» del historiador con la «gracia» del literato. Así, se logran capítulos muy logrados como el que, precisamente, reconstruye la anglofilia del escritor catalán, uno de los autores que quizá mejor captó el espíritu British. Como cuando habla de la supervivencia de un imperio, colonial pero también emocional, que se apoya en «tres o cuatro teclas que, tocadas, dan siempre la misma resonancia vital». Una permanencia de ese algo intangible que vendría a ser lo contrario a lo que sucede en España, donde en lugar de ponernos de acuerdo en tres o cuatro elementos comunes, queremos imponer los trescientos o cuatrocientos elementos propios de cada rinconzuelo histórico, diferenciado y singular.

Muy suyos

Sin querer queriendo, la lectura de estos agradecidos ensayos poéticos de Peyró evidencia el carácter peculiar, ahora sí, de esas islas. Great Britain, y no Spain, sí sería different. Como cuando señala el aliento de Pla a «la obstinación que el Gobierno [británico] ha puesto en la entrada de Inglaterra en el Mercado Común», allá por 1973. Porque el ser británico buscaría lo común, pero entre los suyos. Nacionalismo sano quizá no sea siempre oxímoron. Y luego está la nostalgia, la concepción del pasado apoyado sobre el presente, como otro valor de cohesión intangible, pues intangibles son las cosas importantes.

Un marco que, señala con acierto el autor, se descompondría con el declive económico de los setenta, la desindustrialización, el bajón posmoderno y blasé. Lo que nos llevaría al título de este artículo/reseña. ¿Qué hacemos con los británicos? Quizá juguetear con la idea de que no pegaban mucho en la Unión Europea y que esa macarrada suicida institucional del brexit quizá sea el último acto romántico en un mundo cada vez más complejo y burocrático.

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