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Jorge San Miguel

Lo que no se podía saber

«Yo con los expertos siempre, eh. Lo que pasa es que alguna vez hay que rendir cuentas»

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Lo que no se podía saber

Aplausos en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid durante la primera ola de coronavirus. | Europa Press

Llevamos tres crisis epocales, cuatro en España si contamos la charlotada catalana, pero nuestras élites no toman nota. Igual hablar de élites te convierte en compañero de cama de Vox o de Podemos, pero qué se le va a hacer: ya todo está perdido, y la honra lo primero. Tuvimos una crisis financiera; tuvimos una pandemia; y ahora tenemos inflación y guerra -en ese preciso orden. Pero los discursos y, sobre todo, la soberbia, apenas cambian.

Tenemos una tecnocracia sin técnicos, convertidos en gestores comunicativos de los estados de ánimo del Poder; y, en España, una partitocracia sin partidos, que ahora son plataformas al albur de que alguien te convoque 100 o 200 chalaos por redes sociales delante de la sede. No da como para hacer grandes declaraciones ni golpearse el pecho, pero la clase académico-burocrática que provee de argumentos a los gobiernos -yo soy el más humilde de ellos- insiste en que todo va bien y el único problema es que no tenemos bastante fe en el sistema. Double down como única y sistemática respuesta.

Nuestras sociedades tecnopolíticas se basan en que hay gente que sabe, y en un achicamiento del espacio de lo posible. La derecha tuvo la restricción presupuestaria; que es, no lo negaremos, un argumento matemático y de bastante peso. La URSS, es decir, el socialismo real, cayó por la restricción presupuestaria, y porque, más allá de las ficciones internas, estaba tan atada al precio del petróleo y de las materias primas como cualquier país capitalista. Ahora las nuevas izquierdas aliadas al capitalismo moral ensayan nuevas restricciones del espacio de lo pensable: singularmente la ecológica-decrecentista, pero también estados de excepción referidos a la pandemia y ya veremos si a la guerra. La patria es un hospital y un parque solar. Lo que no es es un espacio que fomente la autonomía de individuos y colectivos no cooptados por el estado; y cada vez se hace más palmario.

Pero nos queda que hay gente que sabe. Pensábamos, por ejemplo, que teníamos una sociedad de la seguridad, del control de bienestares, malestares y afectos. Y tras tres -o cuatro- crisis, la dura realidad se manifiesta. Lo que tenemos es más bien una «sociedad del compliance»: infinitas regulaciones destinadas no a promover la seguridad o cualquier otro fin externo a los reguladores, sino a evitar las responsabilidades legales. Nunca se vio con mayor claridad que en la pandemia, cuando los voceros de la oficialidad nos advertían de que podía haber consecuencias si no usábamos las mascarillas homologadas que tocasen ese día de la semana. Mientras, los sanitarios se protegían con bolsas de basura, y los obedientes ciudadanos se lavaban hasta los pies –¡many such cases!– con un gel hidroalcohólico que no consta que haya evitado un solo contagio. Mis vecinos de abajo poblaban la escalera con zapatos y zapatillas, y la magia simpática y el cargo culte campaban por doquier. Tampoco se pueden ejecutar los fondos UE, extraordinarios o no, porque el sistema prima que ningún funcionario pueda ser empurado por algún defecto de forma. Vivimos en el mundo de las tapitas que te advierten de que el café, niño, está caliente.

Hoy sabemos que algunos de los campanudos consensos que nos han traído hasta aquí estaban moldeados por las potencias a las que hoy hacemos la guerra soterrada, la guerra pero no mucho, la guerra pero eso de las armas nucleares es muy complicado. Tampoco es irrelevante que buena parte de nuestras élites estuvieran compradas directa o indirectamente; y quizás los comprados no eran los peores. Todos ellos moldearon este estado de cosas que no se aguanta.

Cuando el Brexit -¡iliberales!- hubo mucho ruido con el rechazo a los expertos. Yo con los expertos siempre, eh. Lo que pasa es que alguna vez hay que rendir cuentas. Y después de tres o cuatro crisis a las que no se les ve el final, quizás hay que ser un poco más escépticos con el concepto mismo, y con el aparato de incentivos que nos ha traído hasta aquí. Como dijo alguien al principio de la pandemia: no, no me creo más listo que los «expertos». Y eso es precisamente lo que me acojona.

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