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Teodoro León Gross

El tahúr de La Moncloa

«Pedro Sánchez está persuadido de que ha hecho una jugada maestra con su cambio de postura sobre el Sáhara Occidental»

Opinión
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El tahúr de La Moncloa

Pedro Sánchez. | Massimo Di Vita (Zuma Press)

Hasta ahora ha regido esa vieja regla atribuida a Lincoln según la cual «puedes engañar a todo el mundo algún tiempo; puedes engañar a algunos todo el tiempo; pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Es posible que Pedro Sánchez se baste para acabar con ese axioma que atraviesa siglos y culturas políticas diversas. Sí se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo y hay que reconocer, sin regatearle sus méritos, que el talento de Pedro Sánchez para engañar sistemáticamente a todos a su alrededor alcanza niveles excepcionales. Su maniobra con Marruecos parece otra maldita obra maestra, con todo el mundo, literalmente todo, sintiéndose engañado. Es un verdadero artista.

Iglesias se lamentaba ayer de que «no hay nada más imprudente que fiarse de Sánchez». Seguramente Iglesias se siente como Doyle Lonnegan en El golpe, con la frustración del timador timado tras otra mala partida: «¿Y qué podía hacer? ¿Acusarlo de hacer trampas mejor que yo?». Iglesias habría preferido engañar él a Sánchez, pero hace ya algún tiempo que descubrió que él es un timador de poca monta en comparación con el secretario general del PSOE. Sánchez llegó ahí engañando a Susana Díaz, a Felipe González, a Rubalcaba, a Borrell… y ya no ha dejado de engañar a nadie. Para tener la capacidad de engañar al destino, has de ser capaz de engañar a tus amigos en la mesa de juego, según la filosofía parda del cauce entre Sant Louis y New Orleans.

La política con Marruecos es un asunto de Estado. Pero en el Congreso, sede de la soberanía nacional, nadie sabía nada. En el Gobierno, depositario del poder ejecutivo, nadie sabía nada. Entre sus aliados, nadie sabía nada. En la oposición no se sabía nada. En Casa Real, la jefatura del Estado, nadie sabía nada. En su propio partido, no se sabía nada. En el Palacio de Santa Cruz, nadie. Yolanda Díaz se siente engañada. Los saharauis se sienten engañados. Los argelinos se sienten engañados. De hecho, el comunicado oficioso de Argelia, filtrado por fuentes diplomáticas, es demoledor: «Se trata de una mentira revestida de ambigüedad intencionada para tratar de calmar las legítimas inquietudes planteadas con motivo de este nada glorioso viraje; en ningún momento, y a ningún nivel, las autoridades argelinas fueron informadas de este vil acuerdo». En el lenguaje diplomático, eso no es desmentir una información, sino llamarte mentiroso de los demonios.

Esto no va sobre el acierto o el error de la rectificación acerca del Sáhara. Tal vez sea, de hecho, la única solución realista para ese territorio. Y en la realpolitik, los principios tienen un valor relativo. Sánchez, y así lo defienden sus pretorianos, está persuadido de que ha hecho una jugada maestra, porque Argelia tal vez encarezca el gas a España, pero el total saldrá a devolver incluyendo el balance con Marruecos y al cabo cuentan con que Argelia sabrá ver la oportunidad de ganar mercado en Europa a través de las plantas regasificadoras de la península. ¿Va a ser así? No es seguro y no está exento del riesgo de que Argelia tire de dignidad y apueste por la vía italiana, aunque sí es posible. Pero esto no va del Sáhara sino de la forma de entender la política de Sánchez, con el instinto del jugador de fortuna capaz de engañar incluso a su sombra.

Al cabo, Baroja definió la política como una timba de tahúres. Desde luego, nunca ha sido una actividad que se rija por principios morales admirables, como aceptaba Ortega, sino más bien por un instinto depredador sin el lastre de los escrúpulos. Lo de tahúr encaja y desde luego a Pedro Sánchez le va más la imagen con el as falso en la manga que a Adolfo Suárez, a quien Alfonso Guerra le colgó para siempre, allá por febrero del 80, la etiqueta de  «tahúr del Mississippi». (Aquel día Guerra estaba on fire y despachó a Pérez Llorca como un «ciclotímico depresivo» que habla bajo un cartel de culpable y a Fernando Abril como «un toro, que dice muuu antes de empezar a hablar, embistiendo»… Tenía el don, desde luego, y de Sahagún dijo que «es un brigada chusquero al que cortan el pelo con el casco puesto»). Sánchez bien puede mirar la fotografía del último debate electoral –Casado, Rivera, Iglesias– y todos han caído en la timba. Ahí sigue el tahúr desplumando pichones. Marca un nivel muy notable. Nadie ha engañado a todos todo el tiempo con tanta impasibilidad, con tanta determinación, con tanta solvencia.

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