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Juan Rodríguez Garat

Un mar de contradicciones

«Por contradictorio que parezca, al tiempo que defienden que el ‘Moskva’ se perdió en un incendio fortuito, los rusos claman venganza»

Opinión
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Un mar de contradicciones

El buque ruso 'Moskva', en una imagen de archivo. | AFP

Hace ya cuatro días que el crucero Moskva, buque insignia de la Flota del Mar Negro, desapareció de la superficie del mar mientras la marina rusa trataba de remolcarlo a su base en Sebastopol. Su pérdida fue consecuencia de un incendio que afectó a la superestructura del buque y que la dotación no pudo controlar. Aquí, sin embargo, terminan las coincidencias entre las distintas versiones de lo ocurrido.

Los aspectos tácticos del enfrentamiento no ofrecen duda alguna a los expertos: el desafortunado crucero, reliquia de otros tiempos, recibió el impacto de al menos un misil antibuque varias generaciones más avanzado. Las fotografías posteriores sugieren que probablemente fueron dos, como afirman los ucranianos. La explosión de las cabezas de combate y la combustión del combustible no consumido por los misiles causaron —como sabemos que ha ocurrido en otros buques que sufrieron impactos parecidos— ese pavoroso incendio que Rusia reconoce, aunque lo atribuye a causas desconocidas.

El análisis más superficial descubre graves errores tácticos de la flota del Mar Negro, quizá achacables a la soberbia con que Putin viene conduciendo esta guerra. El primero y más obvio, ¿qué hacía el viejo crucero a 60 millas de la costa enemiga? Además de negligencias tácticas, el ataque ucraniano descubre también problemas serios de obsolescencia de equipos. Es incluso posible que los rusos no mientan del todo cuando dicen que no saben a ciencia cierta la causa del incendio porque quizá no fueran capaces de detectar en ningún momento los misiles enemigos volando a muy baja altitud. Es probable que los pocos testigos presenciales de los impactos —sorprende a los no iniciados lo poco que los marinos llegan a ver la mar— no hayan sobrevivido para contarlo.

Lo ocurrido después de los impactos descubre, además, una preocupante incapacidad para mantener el buque a flote. Los manuales tácticos prescriben que para hundir un buque del tamaño del Moskva hacen falta bastantes más de dos misiles. El fracaso ruso, importante por lo que tiene de simbólico el hundimiento de un gran buque de guerra, puede achacarse a la falta de adiestramiento de la dotación en la lucha contra incendios y a deficiencias en el mantenimiento de la estructura estanca de una unidad que ya había cumplido 40 años. Sumado todo ello, nos habla de una marina poderosa solo en apariencia. Una marina que, a pesar de algunos destellos de alta tecnología, debe calificarse como de segunda división, muy lejos de los estándares habituales en la Alianza Atlántica.

Más interesante que el análisis táctico es el político. Hace algunas semanas empezó a hablarse de la entrega a Ucrania de misiles antibuque Harpoon —un arma de características muy similares al Neptune, el misil ucraniano que oficialmente aún no había entrado en servicio— procedentes de la Royal Navy. Se consideró entonces cuidadosamente el potencial escalatorio que tendría un ataque como el que se ha producido, que ha afectado y mucho a la opinión pública rusa. El riesgo de que Putin culpara a Occidente de haber suministrado los misiles o, como mínimo, la información de la localización del Moskva necesaria para el ataque, se desvaneció —para tranquilidad de todos— cuando el líder ruso, en su patológico afán de negar todo crédito al ejército ucraniano, prefirió la sorprendente versión de que todo había sido un incendio fortuito.

Sin embargo, en el mar de contradicciones que baña la información sobre la guerra en Rusia, son muchos los que, incluso en la televisión pública, solo fingen creer la versión oficial. Por contradictorio que parezca, al tiempo que defienden que el Moskva se perdió en un incendio fortuito, los rusos claman venganza. Venganza en la forma de renovados bombardeos sobre las ciudades ucranianas.

Sobre este espeso mar de contradicciones flotan dos realidades que parecen sólidas. La primera, que Rusia —que no podría explicar un segundo incendio fortuito en otro de sus buques— alejará sus unidades de superficie de las costas ucranianas. Desde sus nuevas posiciones, continuarán los lanzamientos de misiles de crucero sobre objetivos lejanos, pero habrán renunciado definitivamente a toda amenaza directa a Odesa.

Siendo esto relevante para la marcha de la guerra, es la segunda realidad la que tiene mayor importancia estratégica porque nos muestra el camino que, probablemente, Putin seguirá hasta el final de la contienda: cada éxito ucraniano en el campo de batalla será castigado con el bombardeo de las indefensas ciudades de Ucrania. No está mal para alguien que, todavía hoy, asegura que no ataca objetivos civiles.

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