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Jorge Freire

Mal de humores

«La tragedia nos reconcilia con el destino, la poesía nos reconcilia con el instante y el humor nos libera de ambas»

Opinión
Mal de humores

Faemino y Cansado.|EFE

Siempre que abro el periódico y leo a un columnista defender que «el humor es asunto muy serio» o pongo la tele y veo a un sansirolé impugnar los «límites del humor», me entra la misma duda: ¿pero el humor exactamente qué es? 

Por lo pronto, el humor es un tóxico muy potente. Basta una pequeña dosis para desatascar las cañerías del entendimiento. Si se cuela por un recoveco del lenguaje, serpentea hasta generar aluminosis en sus cimientos. 

Etimológicamente, el humor es un jugo, un fluido, un sabor. Aunque invisible, es tan agresivo como el salfumán. Por eso no tiene sentido hablar de «humor corrosivo». Si, por definición, el humor corroe los pilares de la corte, eso sería un pleonasmo. 

Para más inri, el bufón suele instilar sus reservas de dicha solución para difamar al adversario. La química, como la sintaxis, se concreta en su uso cotidiano. No es lo mismo usar la lengua para amenazar que para instruir, ni es lo mismo meterse en un laboratorio para producir medicamentos que metanfetamina. 

El humor no funciona a favor de obra. En ese caso, el humorista no se dedica a volar estructuras como un dinamitero, sino a la ingeniería de canales y acueductos para que el humor no desborde ni anegue sus propios intereses. ¿Humoristas ingenieros? El chiste se cuenta solo. 

¿Tiene límites el humor? Los tiene, naturalmente, y se hallan en el estómago de los interlocutores

Naturalmente, si el humor debe roer los calcañares al emperador, tampoco cabe hablar de «humor incisivo». Cuando llega avalado por el poder, no hay bufón que tenga gracia. 

El humor es la herramienta del escéptico. Es, por ende, la vía más directa hacia la suspensión del juicio. Skepsis significa, antes que duda, indagación. Asertos como «nada se puede saber» ya constituyen paradójicamente un saber. El humor escudriña la cosa para hallar en ella sus contradicciones, disolviéndolas, con el ulterior estallido de la carcajada.

¿Tiene límites el humor? Los tiene, naturalmente, y se hallan en el estómago de los interlocutores. ¿Por qué puedo decir a un amigo a las tres de la mañana, entre copas y chanzas, que me gustaría colgar a su abuela? 

Porque ese «juego de lenguaje», a la manera wittgensteniana, prescribe que entre amigos se pueden decir todo tipo de canalladas, y que estas jamás serán reproducidas a terceros. ¿A quién se le ocurriría ponerlo en un tweet?

Por supuesto, el humor es algo más que contar chistes. El monologuismo es al humor lo que el melodrama a la tragedia y el versolarismo a la poesía. El bobo piensa que Faemino y Cansado o Els Joglars cuentan chistes con mucha gracia. ¡Quiá!

El bobo piensa que Faemino y Cansado o Els Joglars cuentan chistes con mucha gracia. ¡Quiá!

Tampoco se reduce a ingenio. Ingeniosos eran los creadores del autogiro y del teléfono, y no veo yo que ambas cosas tengan que ver con el humor. En Twitter, por ejemplo, hay personas muy ocurrentes que no tienen ni puta gracia. 

Pecado mortal… Se imponen la tarea de ser ingeniosos sin interrupción. Un loro dice algo y da risa; un loro hablando 24 horas al día termina en el horno. Quien se sobreexpone carece de la elegancia de esperar al momento propicio para soltar la guasa.

A tu madre le puedes decir: «Mamuchi, jodía, ¡cómo te quiero!». O puedes decirle: «Señora madre, profeso por usted un verdadero y profundo sentimiento de afecto, propiciado, qué duda cabe, por el vínculo genético que subyace a toda relación materno-filial en la rama de los mamíferos». 

Este segundo caso es humorístico porque habla con la madre como si fuera el baranda que le corrige la tesis doctoral. Su contenido da lo mismo. Es, en resumidas cuentas, una cuestión de retórica. ¿Y qué es la retórica? Pues la negociación de una distancia entre emisor y receptor. 

El humor no va de hacerse el gracioso. Eugenio era adusto y acartonado. Llevaba gafas ahumadas y trajes de luto. Contaba historias como si te recibiera en el sepelio de su padre. Es más: parecía que él fuera el inquilino del féretro. 

Sabía que el humor es un arte. Y que, como la tragedia y la poesía, nos pone en contacto con la verdad. La tragedia nos reconcilia con el destino, la poesía nos reconcilia con el instante y el humor nos libera de ambas.

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