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Manuel Arias Maldonado

Platón levemente arremangado o la derrota de la imaginación

«Solo se puede ser triste jubilado o elegante pincel: así es el mundo tal como lo ve el mangalarguismo»

Opinión
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Platón levemente arremangado o la derrota de la imaginación

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Según Coleridge, recordaba Borges, todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos; la polémica del verano así viene a demostrarlo. Se trata, claro, de la disputa en torno a la indumentaria permisible en el verano meridional: José Antonio Montano ha defendido la respetabilidad de la camisa de manga corta frente a sus enemigos, entre los que han reaccionado Ignacio Vidal-Folch o Pedro Narváez. Este último llega al extremo de afirmar que la lucha contra la manga corta equivale a la defensa de la civilización y hay que aplaudirle: ¿qué sería de una controversia sin sus exageraciones?

A juzgar por la conversación que se ha venido manteniendo en las redes sociales, la manga corta solo sería viable en forma de polo o niqui; la camiseta, entendemos, queda rigurosamente proscrita. Para los mangalarguistas, la camisa de manga corta representa una forma de vulgarización democrática que relaja los estándares estéticos de la comunidad y convierte a quien se la pone en una suerte de jubilado con bolígrafo en el bolsillo: rebelión de las masas. Ocurre que Montano no encuentra por ninguna parte el libro de instrucciones al que se remiten los mangalarguistas, obligados por un canon imaginario a pasar sofocos en verano —algunos postulan incluso la chaqueta insoslayable— por no traicionar los mandamientos del gentleman tradicional.

Cuando aprieta el calor, alguno incurre en la aparente contradicción de remangarse: como si quisiera desdecirse sin llamar la atención de los demás juramentados. ¡Hay que respirar, pero sin que se note! Cuando se llama la atención sobre ese detalle, los mangalarguistas nos abruman con sus barroquismos: sería aceptable dar dos veces la vuelta a la manga, hasta dejarla en el antebrazo, pero bajo ningún concepto debe irse más allá y jamás elevarse por encima del codo. Para mantener la compostura, dicen otros, está el divino lino; una tela que permite sobrellevar los rigores del verano sin abrazar la estética plebeya que nos iguala al turista de bajo coste. Y es que se empieza por llevar camisa de manga corta y se termina en las sandalias con calcetines. Ignacio Vidal-Folch ha articulado con brillantez el ethos del mangalarguismo: si nos siguiéramos poniendo un traje a la manera de nuestros abuelos, la colectividad tendría mejor aspecto. El choque entre mangalarguismo y mangacortismo tiene así una dimensión política; cada una de las opciones encierra la imagen de una sociedad ideal.

Sin embargo, resulta decepcionante que el debate se esté desarrollando en términos platónicos: lo que se defiende es un ideal abstracto caracterizado por la rigidez formal, a espaldas de la multiplicidad de las formas existentes. A un lado, camisa de manga corta metida por dentro del pantalón; al otro, camisa de manga larga metida por dentro del pantalón. En el mejor de los casos, se ofrecen la salida excéntrica de la guayabera o la promesa volandera del lino. Pero solo se puede ser triste jubilado o elegante pincel: así es el mundo tal como lo ve el mangalarguismo.

¡Pobreza de la imaginación! En el desorden tardomoderno, roto desde hace décadas el viejo dique victoriano, las opciones son múltiples. Esto vale para mangacortistas y mangalarguistas: se puede fracasar con ambas y con ambas se puede triunfar. Hay infinitas formas, combinaciones, tejidos, estéticas, mundos. Abrazarse a la vieja norma como criterio de validación —¡cierre categorial!— esconde un secreto miedo al pluralismo. No deberíamos fijarnos en la extensión de la manga, cual legitimistas textiles que añoran nostálgicamente una edad de oro que separaba el bien del mal, sino en la coherencia y acierto del resultado final por el que apuesta cualquiera que se detenga frente al espejo antes de salir a la calle.

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