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Cristina Casabón

La rosa y el látigo

«Cuando empecé a leer a Umbral no sospeché que este muerto había vivido tan intensamente y estaba aún  tan vivo entre nosotros»

Opinión
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La rosa y el látigo

El escritor y cronista Francisco Umbral. | Europa Press

Paco Umbral fue el niño mimado de la prensa española. Decían que la gente compraba el periódico solo para leer su columna, y esto es lo menos que merecía. Umbral es el mejor pensador literario de nuestra época. Hay quien prefiere comunicar como Fukuyama, con estadísticas y razonamientos abstractos, pero con Paco aprendimos que «la literatura es la última, más moderna y  más sugestiva forma de explicar el mundo o explicar lo que no tiene explicación». Dice Umbral que la literatura no es un adorno de la idea sino que es la forma de pensar que tiene la gente, y por eso llega más lejos. Escribe con una serie de imágenes, se abre al mundo, al estilo, a la palabra de la calle, recoge estampas cotidianas y no se dedica a la mera divagación de ideas abstractas. Solo así consigue «la comunicación directa con la calle», que es lo propio del género. 

Yo no conozco un pensador que haya sacado mayor zumo de su realidad cotidiana y esto implica tener estilo literario, imaginación, cultura y talento. También es resultado de haber vivido mucho y muy intensamente. Umbral destripaba a los personajes públicos y sus miserias, como el santo subido a su columna o el ángel caído en los tejados de la calle Milaneses. Madrid siempre ha estado poblada de falsos profetas subidos a sus columnas, que claman y reparten collejas entre el personal, causan accidentes aéreos y sacan gusanos de los grandes muertos de la Historia de España. Umbral es uno de sus maestros, porque lo hacía con una gran ironía y maestría del lenguaje.

Lo más interesante, quizás, el método conocido como «la rosa y el látigo». Deja que entre la luz, la belleza de ese mundo de los famosos, de la jet, la pomada, la gente de las revistas rosa, los políticos… y después, saca el látigo. Va elaborando con este método sencillo una expectación asombrosa, y sus negritas se convierten en la pasarela de Madrid. Algunos le invitaban para que les despellejase, otros para que les halagase. Todos quedaban decepcionados, porque Umbral hacía personajes reales, poliédricos. Lo fascinante es ver cómo puede crear un mito de la nada y a continuación destrozarlo de un plumazo.

«Yo no conozco un pensador que haya sacado mayor zumo de su realidad cotidiana y esto implica tener estilo literario, imaginación, cultura y talento»

Paco fue el gran cronista de Madrid. Conquistó la capital con sus negritas, su látigo y la cuidadísima calidad de su prosa. Despachaba las columnas temprano, por la mañana, y luego salía a recorrer Madrid en busca de personajes, historias, conversaciones y realidades tangibles, que ya es algo. Paco era un estilista metódico que insiste en hacer un lenguaje con relieve. A él le procuraba mucho hacer columnas tangibles, donde las cosas se palpen y se ofrezca algo real al lector.

Pero hay que hablar de su faceta literaria más personal, íntima, y no solo de su crónica de Madrid. «Si a mi pluma le hubiese ido, yo me habría pasado la vida haciendo transcendencia. De eso que se han librado ustedes», dice en una ocasión. Pero sabemos que Paco dejó escritas algunas de las obras más sublimes de nuestra literatura. Un ejemplo de su obra intima, personal, es Mortal y rosa. Esta faceta o bien apasiona a los curiosos, interesa, o bien suscita ira entre los lectores más convencionales. Paco creía que en España había una moral pequeñoburguesa en la que se exige que todos guarden las formas, incluso al escribir. Es un problema de irritación ante el que se atreve a exhibir su intimidad o se desnuda frente a ellos. Paco se pasaba la moral y las formas por el forro. Cuando empecé a leer a Umbral no sospeché que este muerto había vivido tan intensamente y estaba aún  tan vivo entre nosotros.

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