THE OBJECTIVE
Jorge San Miguel

Teoría del bogavante

«Se acaba el verano y tenemos todos un ánimo melancólico, como de langosta de acuario»

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Teoría del bogavante

Varias langostas. | Unsplash

Me sucede a menudo tener que explicar en condumios y otras reuniones sociales mi repugnancia por esa -en las palabras del extraterrestre Gurb- «especie de teléfonos con patas… que hieren por igual el gusto, la vista y el olfato»: los crustáceos. La cultura española del marisqueo y la paellita me obliga a ese ritual periódico, que a veces afronto con sinceridad, casi con un deje de aflicción, y a veces con declaraciones bombásticas sobre extrañas prohibiciones alimentarias o teorías evolutivas. Me acuerdo entonces de los poblados de concheros, y de la drástica pérdida de talla y salud que experimentaron nuestros antecesores cuaternarios cuando, retiradas al norte las grandes manadas de caza mayor, tuvieron que buscarse la vida en las playas, entre lapas y cangrejillos. O me acuerdo del Levítico.

En efecto, la ley mosaica prohibe ingerir los animales del mar que no tienen escamas ni aletas, lo que excluye por supuesto a los «teléfonos con patas» e incluso a la más humilde de las quisquillas, pero también a los delfines y marsopas. Cuando, en los Hechos de los Apóstoles, Pedro se encarama a una azotea de Cesarea a echarse la siesta del carnero, se le aparece la visión de una sábana que baja del cielo repleta de «animales, reptiles y aves» repulsivas al judío. Pedro la rechaza, pero la voz del Señor le advierte que no llame impuro a lo que Dios ha hecho limpio; y, en esencia, que coma. Esa sábana justifica hoy nuestras -vuestras- mariscadas.

No obstante, las mariscadas no llegaron de un día para otro. Es conocido que los mariscos gallegos no gozaron de su actual reputación hasta fechas relativamente recientes, y que los lugareños no tenían en estima particular a nécoras, centollas y demás criaturas. Igualmente mi abuelo se aficionó a las angulas de mayor, pero aún recordaría cuando se sacaban de las rías a paladas para abonar los campos. Un poco más lejos, también en lo que hoy es tierra marisquera, los peregrinos de Plymouth Rock, poco duchos en el cultivo de la tierra y la pesca, se vieron obligados por el hambre a grandes indignidades; como tener que comerse los bogavante de medio metro que pululaban por las playas. Así lo cuenta Mark Kurlansky en su libro sobre el bacalao, sin aclararnos cuánto había de repulsión mosaica y cuánto de repulsión a secas.

En la Nueva Inglaterra de hoy se comen bogavantes a espuertas, como en el Sur ribereño se devoran cangrejos y gambas, y los judíos americanos han aprendido a convivir gozosamente con ese hecho -tampoco es difícil que un rabino reformista te autorice a comer crustáceos y cosas mejores, como jamón de bellota-. No otra cosa que un bogavante propone Larry David como comparación con el proselitismo cristiano: «Why do Christians take everything so personally with Christ… It’s like I like lobster. Do I go around pushing lobster on people? Do I say you must like lobster?» [¿Por qué los cristianos se toman todo tan a pecho con Cristo? Es como si a mí me gusta el bogavante. ¿Acaso voy por ahí forzando a la gente a comer bogavante? ¿Te digo que te tiene que gustar el bogavante?]

«Es conocido que los mariscos gallegos no gozaron de su actual reputación hasta fechas relativamente recientes, y que los lugareños no tenían en estima particular a nécoras, centollas y demás criaturas»

Hay que recordar que ese lobster es el Hommarus americanus, primo de nuestro Hommarus gammarus europeo, y no la regia langosta con la que suele convivir en los acuarios de los restaurantes. De lobsters, y no de langostas (spiny lobster), hablaban Jordan Peterson y David Foster Wallace. A pesar de la diferencia de tamaños entre las quelas, vulgo pinzas, de unos y otros, las langostas no se achantan en estos casos, y en ocasiones se enfrentan como los Jets y los Sharks, trazando coreografías pesadas y poderosas a través de la piscina. También ayuda al carácter ritual del enfrentamiento que a los pobres lubricantes -así se llama al lobster en el Cantábrico- les inutillicemos las pinzas con gomas.

Los sabios clasifican a crustáceos e insectos desde hace unos años dentro de una gran superclase, los Pancrustacea. Más lejos quedan otros seres igualmente horrorosos, como las escolopendras, o escorpiones y arañas. La cosa tiene su interés ahora que, según dicen, los «globalistas» nos quieren obligar a comer grillos y larvas. Me apetece tan poco como a la mayoría de ustedes, pero al menos estas cosas son de secano. Tengo entendido que, asadas al fuego de una hoguera, las grandes y peludas arañas de tierra tienen una carne delicada y con la consistencia de un suflé. Y son menos feas que una nécora.

En fin, se acaba el verano y tenemos todos un ánimo melancólico, como de langosta de acuario. Mi amigo David y yo una vez imaginamos una adaptación filmada del célebre poema de Martin Niemoller con un tanque del que eran extraídas sucesivamente centollas, bueyes de mar, langostas… Casi cada año aparece en aguas de Nueva Inglaterra algún bogavante de tamaño sensacional, un animal centenario y casi mitológico que ha escurrido el bulto a los pescadores durante décadas. Convertido en una especie de santón de ojillos negros, a veces se devuelve al mar, y a veces se le habilita un tanque especial para convertirse en reclamo de algún restaurante de la costa; y allí pasa sus últimos años como un Buda con bigotes.

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