THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

La 'ley trans' y tus genitales

«Si todo depende de la voluntad, y el deseo es superior al conocimiento científico no solo se borra a las mujeres, sino también a la ciencia y al derecho»

Opinión
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La ‘ley trans’ y tus genitales

La ministra de Igualdad, Irene Montero. | Zuma Press

Oigo a muchos decir que la ley trans les importa un higo porque no son trans ni piensan serlo, y que allá cada uno. Sí, pero no. Una cosa es considerar que tenemos la potestad, que no el derecho, de definirnos como queramos. Pero algo muy distinto es aceptar que el Estado convierta la disforia de género en la piedra angular de su proyecto de transformación social.

Las feministas socialistas dicen que la ley trans borra a las mujeres porque les deja sin su identidad jurídica marcada por el sexo biológico. Razón no les falta. Pero, ¿qué quieren que les diga? Llevan borrando a los hombres dos décadas a través de la discriminación legal por la única razón de tener genitales masculinos.

Esa distinción jurídica la han acompañado durante años con insultos, generalizaciones y desprecios, lanzando presunciones de culpabilidad y agravantes penales por ser hombre. Da igual que se vulnere el Artículo 14 de la Constitución porque, a su entender, la finalidad legitima la violación del derecho.

Los medios de comunicación y la cultura subvencionada han acompañado esta discriminación con un resultado evidente: hoy un hombre tiene que demostrar su feminidad y ser blandengue para ser aceptable en sociedad. La integración social depende de aceptar la sumisión al pensamiento único, el código de la tribu, y representar la nueva masculinidad.

La matraca con las nuevas masculinidades no es más que ingeniería social usando el género y el sexo. Al igual que el feminismo socialista es una forma de desmontar el capitalismo introduciendo ideología que arruine las normas y las costumbres del libre mercado.

«Estos izquierdistas son maestros en la imposición de dogmas a través de la ley»


Estos izquierdistas son maestros en la propaganda desde las instituciones, en la imposición de dogmas a través de la ley, la educación y los medios de comunicación. Inculcan formas de hablar y ser, de aceptar y rechazar en función de su moral, con lo cual conforman la mentalidad de las personas. Inciden en lo más íntimo para hacer la revolución que tanto ansían.

La ley trans es un paso más en el control de la privacidad de las personas sin asumir las consecuencias. La incongruencia está en que si el cambio de género tiene que ser pagado por la sanidad pública es porque se considera que una persona tiene una patología, una enfermedad o una malformación.

Se parte entonces de reconocer que una persona está mal, que es «defectuosa», que tiene un problema de disforia; vamos, que su conciencia no reconoce su cuerpo, y que necesita tener otros genitales para equilibrar su mente. No se acude a la raíz del problema, sino a la consecuencia. Es como un ansiolítico o un antidepresivo: encubre el mal pero no lo arregla.

El interés de Podemos en la ley trans no está en satisfacer una demanda mayoritaria o en ganar votos en mayo de 2023, sino en articular un instrumento más para la creación del Hombre Nuevo en la Sociedad Nueva. Ese es el viejo proyecto comunista: transformar todo, lo primero las mentalidades, para derribar los pilares plurales y libres de la democracia.

De hecho, con esta ley trans los padres pueden perder la patria potestad si se niegan a que su hijo se hormone y mutile. Además, la negación del pensamiento único se convierte en delito de transfobia, lo que viene a ser una nueva ley mordaza. Defender otra opinión o sostener el conocimiento científico, la realidad biológica, será algo clandestino castigado por la ley.

La palanca de este desaguisado es cambiar el sexo jurídico. Antes era una demostración genital tomada en el registro civil. Luego, desde 2007, podía hacerse el cambio si estaba certificado por especialistas. Ahora, con los del «sí se puede» es a voluntad de la persona, sin informe médico ni biológico.

«Si la biología es una percepción personal y nada más, no hay separación por sexos, pero tampoco debería haberla por edades»

Así, si la biología es una percepción personal y nada más, no hay separación por sexos, pero tampoco debería haberla por edades. ¿Qué impide a una persona de 40 años decir que tiene 12 y volver al cole o jugar en una liga infantil de fútbol? Y al revés: ¿por qué no puede votar alguien de 12 años que dice tener 40? ¿Cuáles son los límites jurídicos de la disforia? ¿Los genitales?

Si todo depende de la voluntad, y el deseo es superior al conocimiento científico, no solo se borra a las mujeres, sino a la ciencia y al derecho. ¿Para qué sirve el sistema educativo, las Universidades, los presupuestos en ciencia e innovación, las horas y horas empeñadas en estudiar y trabajar si el deseo circunstancial de alguien vale más que todo eso? Claro que quizá con Podemos para tener un título académico o profesional ya no sea necesario documentarlo, sino solo decirlo.

En fin. Al menos este desvarío de Podemos está sirviendo para que el feminismo tradicional reconozca que hacen falta leyes que no perjudiquen a nadie, ni siquiera a los hombres.

Es bueno que empiecen a reconocer que defender la igualdad con leyes que marcan desigualdades jurídicas por los genitales, como ha ocurrido hasta ahora, tiene sus efectos negativos.

Estaría bien que un día los genitales no fueran el pasaporte para una categoría u otra de ciudadanía.

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