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Eduardo Laporte

Esos muertos no están del todo muertos

«Una vez pasado el ruido, la furia y el dolor más agudo, llega el momento de ejercer una memoria histórica del pasado reciente»

Opinión
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Esos muertos no están del todo muertos

Amnistía Internacional protesta por la falta de investigación de muertes en residencias. | Europa Press

Hay un momento en que hay que dejar morir al muerto, decía un escritor en una novela de duelo que no recuerdo. Puede que fuera John Berger, el que sostenía, sin embargo, que la comunicación entre vivos y muertos es más frecuente de lo que pensamos. Y que el diálogo con ellos era muy habitual en el pasado profundo, en la noche oscura de la Edad Media, y que hoy Occidente ha roto con ese nexo interdimensional y con ello nos hemos muerto más en vida. 

Dejar morir al muerto. ¿Cuándo? Quizá cuando se lo ha rescatado de su particular y simbólica cuneta, cuando se lo ha liberado de la execrable fosa común, cuando su cuerpo se ha repatriado tras el infame crimen en misión de paz en un territorio enfermo de guerra. De ahí que las palabras del vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio, pronunciadas recientemente, sonaran más impertinentes de lo normal: «Las familias ya lo han superado y volver a esto por interés electoral no es procedente». 

Se puede decir más alto, pero no más torpe. 

El pasado miércoles 16 de noviembre me acerqué por el Ateneo de Madrid tras el reclamo: «¿Qué pasó realmente en las residencias de Madrid durante la pandemia?». Tarde lluviosa, cita a las cinco de la tarde, imaginé una sala vacía y la incomodidad consecuente. Llegué incluso unos minutos tarde para evitar ese horror vacui ajeno y cuál fue mi sorpresa al ver que no cabía ni un alfiler.  

Por desgracia, me surgió un contratiempo y tuve que abandonar mi prieta posición, no sin antes escuchar al moderador hablar de un podcast, La teoría del paréntesis, que trata de contestar a la citada pregunta. ¿Qué pasó realmente con los ancianos alojados en las residencias de Madrid? ¿Se podrían haber evitado sus muertes enviándolos a casa y aislándolos debidamente? ¿Se les trató con la suficiente dignidad? ¿Padecieron insufribles procesos de agonía sin los cuidados paliativos que merece todo ser humano en ese trance? 

Sabemos que murieron de la peor de las maneras, como seres prescindibles que no entraban en los criterios de triaje y que las ambulancias rechazaban trasladar. Sabemos cosas, pero no las suficientes y, una vez pasado el ruido, la furia y el dolor más agudo, llega el momento de ejercer una memoria histórica del pasado reciente. 

Es lo que aprecié en apenas unos minutos en la sala abarrotada de familiares e interesados en una herida que no parece haberse cerrado, es más, sigue abierta, aunque algunos cargos públicos no tengan la sensibilidad suficiente para apreciarlo. 

«Hablemos de la muerte, no sé si con comisiones de investigación o de estudio, pero rompamos el tabú que prevalecía en aquellas residencias»

Es hoy cuando hay que volver la mirada atrás y entonar ese ¡Nunca mais! para evitar que ese chapapote de la inexperiencia asistencial condene al final más amargo a futuros pacientes. Hablemos de la muerte, no sé si con comisiones de investigación o de estudio, pero rompamos el tabú que prevalecía en aquellas residencias, en centros como Monte Hermoso, primer epicentro de esa negligencia que costó 19 vidas en aquel marzo aciago, porque toda muerte que se puede evitar es una mala muerte, se tengan 12 o 96 años. Y porque aquellas cinco mil personas de edad avanzada atesoraban también un veterano valor humano que parece rebelarse al olvido, resignarse a una cremación que todo lo sella. Quizá a eso se refería Rafael Reig al titular su novela como El río de cenizas. Una corriente de polvo que, a pesar de todo, fluye, lenta, tenaz. 

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