THE OBJECTIVE
Daniel Capó

Un corte generacional

«Las generaciones más jóvenes –definidas por la desilusión colectiva- han sido educadas en un caos emocional y en el peligroso supremacismo de la indignación»

Opinión
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Un corte generacional

Erich Gordon

Hay un mundo político que se impone aproximadamente a los 50 años y otro distinto en el periodo de juventud, señalaba con razón hace unos días Ignacio Varela, de quien se hace eco Esteban Hernández en un artículo de El confidencial. Esta frontera podríamos desplazarla hacia arriba y llegar hasta los 55 años, o moverla hacia abajo y situarnos en los 45. Un estudio sociológico nos permitiría ser mucho más precisos; pero aquí no hablamos de demoscopia, sino de percepciones políticas. Existe una España que ha conocido las bondades y los defectos del bipartidismo, antes de que el debate público estallara por los aires (en palabras del siempre agudo Juan Milián en su reciente ¡Liberaos! –Ed. Deusto–), sobrecargado por el discurso de la indignación. No hemos hecho más que empezar a sentir los efectos de ese estallido en forma de inestabilidad, de populismo electoralista y de alianzas de gobierno antinatura.

A los 50 se tiene una casa en propiedad (aunque sea hipotecada) y se comienza a vislumbrar una lejana jubilación. Los hijos se acercan a la universidad y a la vida laboral, con lo que tiene de inquietante en un mundo de empleos precarios y sueldos insuficientes. El contraste se hace más nítido, así como el cúmulo de preocupaciones. Anclado en la derecha o en la izquierda, este voto tiene lógicamente algo ya de escéptico y prefiere –à la Goethe– la imperfección estable antes que el desorden utópico de los portavoces de la perfección.

Ciertos cambios irritarán a ese votante (no sólo los ideológicos, sino también –por ejemplo– los relacionados con una excesiva digitalización), mientras añora el retorno a determinados usos políticos (los grandes consensos, sin ir más lejos). Por su escepticismo biográfico, quizás le cueste aceptar que no hay marcha atrás y que nada ni nadie puede frenar las principales tendencias globales ni el signo de los nuevos tiempos. Un día, su tiempo –que es el mío– pasará, como ha pasado el de tantos otros. Aunque, mientras llega ese día, nada de lo que acontece le puede ser ajeno. Le guste o no, es su momento.

«Nunca conocieron una década próspera sino que laboralmente han enlazado una crisis con otra»

Las generaciones más jóvenes, sin embargo, funcionan con otras claves. Para empezar, nunca conocieron una década próspera sino que laboralmente han enlazado una época de crisis con otra. En política, su educación también resulta deudora de la estagnación en que estamos inmersos y del consiguiente desgaste de nuestros mitos: el principal, el de la Transición. El bipartidismo parlamentario pasó así de ser un modelo razonable a convertirse, inexplicablemente, en poco atractivo.

Sin una cultura fuerte de pactos, que no demonice sin cesar al adversario, poco o muy poco de positivo puede ofrecer el pluripartidismo a nuestro país. Las consecuencias –que van mucho más allá de lo que representa el sanchismo– se notan desde hace ya un tiempo. Pero estas generaciones más jóvenes –definidas, creo yo, por la desilusión colectiva– carecen de un elemento biográfico de contraste: han sido educadas políticamente en un caos emocional y en el peligroso supremacismo de la indignación. La queja fosilizada no nos hace mejores. Las soluciones, sí; el progreso, la seriedad y la generosidad, también. No hay consenso posible sin haber aprendido a ser generosos.

Ese corte generacional, lo situemos donde lo situemos, nos habla de dos campos electorales, de dos rangos emocionales y de una relativa ausencia de puntos de comunicación o de verdaderos puentes. La derecha y la izquierda más combativas, por ejemplo, comparten el instinto de la sospecha y de la duda radical sobre la realidad. Aquí no estamos ya ante un sano escepticismo, sino ante algo muy distinto (y peor). Si el paso del tiempo no sana las fracturas –algunas de ellas ideológicas–, estas no harán sino agrandar un espacio abierto cada vez más difícil de salvar.

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