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Daniel Capó

Decir adiós a Sánchez

«La derrota de Sánchez tiene mucho más de voto de castigo contra una forma de entender la izquierda –sectaria, populista– que de apoyo real a la derecha»

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Decir adiós a Sánchez

Ilustración de Erich Gordon.

Este mes de mayo recuerda el de 2011. Rajoy ganaba entonces, de forma aplastante, unas autonómicas y municipales que anunciaban un cambio de ciclo en las nacionales. Zapatero remaba en la dirección marcada por Bruselas, desde donde se le exigían recortes y más recortes para intentar cuadrar un déficit desbocado. El incremento del riesgo en la deuda soberana amenazaba con dinamitar la zona euro, se disparaba el desempleo y la renta per cápita se desplomaba. Fue el crash económico y la pésima gestión llevada a cabo por Rodríguez Zapatero lo que encendió la mecha de la victoria del PP, en un país –el nuestro– educado sentimentalmente en la izquierda y el nacionalismo.

Esta vez no ha sido así (y esto constituye una excepción tanto como un precedente), porque la economía española, mal que bien, resiste gracias al turismo y a un uso sin precedentes de los esteroides del dinero público. La liquidación del PSOE —asombra el vuelco en la práctica totalidad de plazas clave— no es un efecto directo del malestar económico, sino más bien de la irritación política causada por el sanchismo y su política de alianzas. A día de hoy, Pedro Sánchez carece de futuro porque ha perdido toda credibilidad. Con el adelanto de las generales al 23 de julio, le quedan dos meses para tratar de recuperarla. No le será fácil.

Un PSOE moderado, situado en la centralidad reformista de la socialdemocracia, difícilmente contaría con rivales en España. Se ha dicho, quizás con razón, que no es esa la tradición histórica del socialismo español; pero también cabría preguntarse cuál es la tradición del conservadurismo patrio o la de los nacionalismos. Más que el pasado –o los orígenes– debería interesarnos el destino al que nos dirigimos, nuestras expectativas y anhelos. Son los fines lo que nos explican, más que las raíces. Son los fines, en efecto, y el fin último de la política es el mantenimiento del poder. La implosión del bipartidismo en esta última década, unida al viraje geográfico del voto socialista –nítidamente a la baja en Andalucía y en Madrid–, ha desplazado la política de alianzas del PSOE hacia los extremos. Ha sido una herencia más del zapaterismo que Sánchez quiso explotar hasta el máximo, dejando tras de sí la tierra quemada de un gran espacio central.

«Es decirle adiós a Sánchez, más que decirle adiós al PSOE»

Hay algo muy antiguo es esta pulsión divisiva, consistente en demonizar a media España para garantizarse el apoyo de la otra media, aunque el coste a pagar por mantener una alianza tan heterogénea fuera cada vez más elevado. Con el paso del tiempo, lo inestable de su posición se ha ido haciendo más y más evidente, incluso en aquellos territorios (Valencia, por ejemplo) que iban adquiriendo un mayor protagonismo estratégico en la reorganización del poder político. La derrota de Sánchez y de las izquierdas el pasado 28 de mayo recuerda, en efecto, la de 2011. Tiene mucho más de voto de castigo contra una forma de entender la izquierda –sectaria, populista, empobrecedora– que de apoyo real a la derecha. Es decirle adiós a Sánchez, más que decirle adiós al PSOE. Los resultados municipales y autonómicos suponen una carta de despedida.

El adelanto de las generales al próximo 23 de julio acelera de nuevo todos los tiempos. Sánchez, que no querría presentarse porque su psicología narcisista no admitiría una derrota humillante, sabe que el plebiscito sólo podrá ganarlo si concentra el voto de la izquierda: Unidas Podemos y Sumar deben ser desarbolados en esta apuesta a cara o cruz. El desgaste que implican los pactos con Bildu o con el independentismo catalán no va a aminorar durante estas semanas, pero podía ir a peor con el paso de los meses. Bruselas, por su parte, ha elevado el tono de la exigencia con el déficit público español, de modo que la aprobación de un nuevo presupuesto expansivo para la economía española se antojaba difícil. En el horizonte, vuelve a estar sobre la mesa la agenda de los recortes. Gane o pierda en las elecciones de julio, el juicio de la historia no será amable con Pedro Sánchez.

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