THE OBJECTIVE
Juan Marqués

Una feria del libro renovada

«En el colmo del capitalismo, yo recomendaría a los editores que no paguen a sus libreros por horas, sino a comisión: un 5% o lo que sea de cada libro que vendan»

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Una feria del libro renovada

La Feria del Libro de Madrid ha congregado a miles de personas | EuropaPress

Muy por encima de lo que dicen los tópicos y los periodistas («es una fiesta de la literatura», «es un lugar de encuentro», «es la inauguración del verano», «es una cita obligada para los amantes de la cultura…»), la Feria del Libro de Madrid es un maravilloso medidor del paso del tiempo: cada año cuesta un poco más, cada edición cansa de un modo más notable, cada junio se va haciendo más exigente en lo físico algo que en lo anímico siempre me ha gustado mucho, más caseta adentro (y hablo, por supuesto, como librero en algún cubículo, nunca como firmante) que por fuera. Pero la feria, quien lo probó lo sabe, fatiga mucho, machaca, pone un poco a prueba, y cada año un poco más, se va notando. Llegarán nuevas ferias y nos verán más viejos.

He trabajado en todas las ferias del libro de Madrid desde la edición de 2006, y es algo que, decía, me gusta mucho, pero es porque casi siempre la veo recogido, desde la trastienda, más o menos libre de los codazos y las insolaciones. Y la de este año ha sido especialmente buena, por varios motivos. Uno de los principales ha sido, precisamente, el de la ausencia de calor, al menos hasta este último fin de semana. Yo siempre había defendido que lo que disuade a los compradores no son las lluvias, sino el inmoral calor de todos los años, y esta vez ha podido comprobarse: lo normal, todos los junios, es que la gente se gaste el presupuesto que traía para libros en granizados o en taxis para salir huyendo (sobre todo cuando al insoportable sol se unían esos discos de Maná sonando en bucle en lo que la organización, con un eufemismo tremendo, llamaba el «hilo musical», felizmente interrumpido este año, como toda la megafonía). Pero si llovizna el clima es muy agradable, y si se tiene un poco de cuidado es una situación óptima para pasear bajo los toldos, entre muy poca gente, y mirar libros a placer.

Hace falta necesitar o desear mucho un libro para salir a buscarlo bajo la tormenta, pero por eso no falla: todos los que llegan, compran. Si un día normal compra el 1% de los visitantes, en un día de agradable lluvia londinense compra el 90%. ¿Excesivo afán de ganancia? Pues claro, esto va de vender. De hecho, en el colmo del capitalismo, yo recomendaría a los editores que no paguen a sus libreros por horas, sino a comisión: un 5% o lo que sea de cada libro que vendan. Iban a ver cómo las cifras subían de lo lindo.

Y así ha sido este año, creo, en cuanto a la satisfacción lucrativa general: por lo que yo he visto y oído sobre el terreno, la impresión general es la de que ha sido una excelente feria desde el punto de vista de la recaudación, y que el «mal tiempo» (debe de ser que el buen tiempo es derretirse y deshidratarse) apenas ha perjudicado las ventas (si es que no las ha facilitado o hecho más cómodas, como trataba yo de argumentar arriba). Lo que todos los años era el paraíso de la maschalagnia o un gran altillo desde donde contemplar cómo crece y se asienta la espantosa adicción a los tatuajes, estas dos semanas han traído, breves tormentas aparte, una temperatura muy agradable.

Sea como sea, no nos engañemos: Madrid no es una ciudad muy literaria, ni demasiado amante de los libros, pero la Feria del Libro tiene la suerte y el mérito de haberse convertido en una tradición muy arraigada en una ciudad que es espectacularmente tradicional, desmesuradamente apegada a las costumbres. Todos los madrileños se dan al menos un paseo por el Retiro durante los días de la Feria, y muchos tienen además la costumbre de llevarse algo, y de ese hábito, en buena medida, vivimos, porque estos dieciocho días entre mayo y junio suponen un enorme porcentaje de la facturación anual de numerosas editoriales, librerías e instituciones.

La edición de este año, además, estrenaba definitivamente directora, y creo que ya hay que ir haciéndole una estatua en el Retiro a mi querida paisana Eva Orué, pues su incorporación se ha notado en muchísimos detalles. La feria ha tenido un claro aire de renovación, de rejuvenecimiento, de re-estreno. Todo estaba como flamante, no raído, y ha habido un montón de pequeñas nuevas iniciativas. Eva es una mujer muy inteligente, muy trabajadora y muy eficaz, y daba seguridad verla pasar en patinete todos los días a las 10.15, veloz y seria. Y, como los capitanes de los barcos, era siempre la última en abandonar la nave, allá pasadas las 21.

«Se ha eliminado, por ejemplo, aquel espanto de ‘el micro de la Feria’, que era lo que llamamos una ‘mala buena idea’»

Se ha eliminado, por ejemplo, aquel espanto de «el micro de la Feria», que era lo que llamamos una «mala buena idea» (no confundir con una «buena mala idea», que es algo muy distinto). Lo que sobre el papel podría tener su gracia y su punto, se vio claramente que era algo estrafalario y molesto desde el primer speech del primer día de la primera edición, y aun así ha pervivido durante años y años, permitiendo a decenas de pelmazos y desprevenidas soltar sus opiniones sobre «el mundo del libro» a través de unos altavoces que hubiesen sido molestos incluso si hubiesen sido de buena calidad y se hubiera entendido al ponente. Con lo que se han debido de ahorrar en esas lecciones magistrales para nadie han puesto unos maravillosos toldos en la zona de sol, anulando prácticamente la diferencia entre un costado y otro.

Sé que sigue siendo frustrante para las editoriales pequeñas o para las no madrileñas las durísimas condiciones económicas para acceder al Retiro, pero a la vez se entiende que de algún modo hay que impedir que crezca demasiado una feria que ya es inabarcable. Si se relajasen las exigencias, la Feria sería definitivamente ingobernable. Fue un buen gesto ceder el primer fin de semana un espacio común a muchos pequeños sellos, pero fue raro ver que el primer lunes eran sustituidas por máquinas de refrescos. Y, desde luego, si yo fuese un editor de esos y veo al llegar allí que me llaman editorial «indómita», «insurrecta», «radical», etcétera, yo automáticamente recojo mis libros y le cedo mi espacio a otro que se deje asimilar (o incluso afrentar) de un modo tan penoso.

En cuanto a la fauna del Retiro, lo de siempre. No me detendré en las anécdotas de los lectores, y mucho menos en el cansino tema de las filas de los youtubers y los cocineros. Al final va a resultar que yo, tan poco preocupado por la actualidad, sé mejor en qué mundo vivo que la mayoría de los opinantes y los columnistas, tan irritantemente sobre-enterados siempre. Por mi parte, me parece mucho más misterioso que un poeta de, digamos, Nerja, se venga una mañana a Madrid sabiendo que no va a firmar ni un libro pero anhelante de publicar en sus redes el cartel de la convocatoria y una foto en la caseta, que el hecho de que los jóvenes anden embelesados con determinados discursos. Que son malísimos, claro, pero que por ello pasarán pronto, y que pasarán pronto también para esos que ahora hacen colas de muchas horas, y que pronto, al menos muchos de ellos, descubrirán a Emily Dickinson o a Edith Wharton o a Gonzalo Torrente Ballester… El desprecio o el paternalismo con el que estamos observando a los jóvenes (o jovencísimos) lectores es una de las cosas a su vez más despreciables a las que estamos asistiendo ahora mismo en eso que se dice el «sector del libro». E insisto: vale para casi todos y todas aquel deseo mío de que los autores dediquen a la redacción y corrección de sus libros la décima parte del tiempo que dedican a su promoción, a su exhibición, a las fotos, al después. Ahí está la verdadera línea entre los escritores que me importan y los que no, y por eso me parece estupendo ver a algunos escritores a los que admiro mucho someterse a esa pequeña humillación que implica siempre exponerse, incluso aunque se tengan largas filas de lectores delante. Todos y todas hacen, al cabo, lo mismo, pero de qué modos tan distintos…

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