THE OBJECTIVE
Fernando Savater

La marcha triunfal

«Señalamos a la desconcertada inocencia de nuestros nietos las carrozas excluyentes y malignas de los que pretenden impedir que estudien en su lengua materna»

Opinión
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La marcha triunfal

El presidente de ERC Oriol Junqueras, y el coordinador de EH Bildu Arnaldo Otegi. | Lorena Sopeña (Europa Press)

La culpa de que me gusten los poemas rimados y bien sonoros la tuvo mi padre, bendito sea su recuerdo. Por encima de cualquier otro vate admiraba al gran Rubén Darío y me lo recitaba cuando quería darme gusto. Declamaba muy bien, a la antigua, sin ahorrar énfasis donde debían estar e incluso alguna modulada truculencia. Mis piezas preferidas del genial nicaragüense eran Sonatina, con su princesita bonita y nostálgica como Margarita y el rey que hacia desfilar en su honor tropecientos elefantes a la orilla de la mar, y por supuesto La marcha triunfal, donde papá se lucía especialmente (apreciaba la lírica en general pero se emocionaba con lo heroico, como siempre me ha pasado a mí).

Por aquel entonces oí también recitar La marcha triunfal al inmenso Teófilo Martínez, la mejor voz que nunca he escuchado en la radio española (en el disco que RNE hizo de La isla del tesoro, que para mí sigue siendo la obra original y mira que luego la he leído veces, Teófilo Martínez fue mi primer y definitivo Long John Silver). Bueno, pues papá recitaba a Rubén Darío mejor que Teófilo Martínez y nunca desmentiré tan gran verdad por el soso prejuicio de ser imparcial. Oírle declamar fue mi descubrimiento de la emoción estética: muchas la han seguido, por fortuna, pero ninguna la ha superado. A partir de entonces, por tradición familiar, me convertí en el rapsoda oficial del colegio: no había festejo mariano, cumpleaños del padre director o fiesta de fin de curso donde yo no tuviese que imitar a papá y Teófilo Martínez con mi interpretación de alguna composición célebre, aunque ya no del incomparable Darío. Mi récord fue aprenderme un poema casi infinito, lánguido y cruelmente aburrido (El llanto de los pinares, de Luis Fernández Ardavín) para mi despedida del bachillerato. No sé cómo logré memorizarlo y luego expulsarlo de mi boca, toda una hazaña: después comencé a beber para olvidar.

Vuelvo a La marcha triunfal: ¡ya viene el cortejo! ¡El cortejo de los paladines! Rubén hace desfilar ante los embobados oídos de sus fieles los claros clarines, las espadas de vivo reflejo, los caballos de guerra, los estandartes, los negros mastines que azuza la muerte, que rige la guerra… Pasan los granaderos más fuertes que osos, hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros. Las trompas guerreras resuenan, de voces los aires se llenan… El abuelo señala al niño los héroes, como el mío me los mostraba a mí en los desfiles que presenciábamos juntos. ¡Clarines, laureles! ¡Llegó la victoria! Con Rubén yo aprendí muchas palabras nuevas (paladines, timbaleros, panoplias, gélidos…) que más tarde he utilizado con delectación siempre que he podido, como homenaje a él. Sin llegar al extremo de Unamuno, cuando de un verso justamente célebre de Darío («que púberes canéforas te ofrenden el acanto, liróforo celeste», homenaje a Verlaine) decía irónicamente que él solo entendía ‘que’. Sí, aprendí mucho pero me equivoqué en lo principal. Disfruté y recité la armoniosa gloria de La marcha triunfal convencido de que yo estaba del lado de los vencedores, de que esos gladiadores victoriosos que hacían caracolear sus corceles ante nosotros enarbolaban mis pabellones y los de mi patria, venían de derrotar a nuestros enemigos. ¡Ay, qué ingenua suposición, qué cruel error!

«Pasan ante nosotros los que detestan hasta el nombre de nuestra nación, los que tergiversan su historia y niegan cualquier mérito a nuestro quehacer colectivo»

Ahora veo desfilar por España una comitiva sin duda triunfal, porque viene de acumular una victoria tras otra. Pero no representan lo que hemos tratado de defender desde comienzos de la democracia e incluso desde antes, cuando aún nos oponíamos a la dictadura, sino aquellas prácticas e ideologías que han dejado un rastro nefasto en las últimas décadas de la historia española. Pasan ante nosotros los que detestan hasta el nombre de nuestra nación, los que tergiversan su historia y niegan cualquier mérito a nuestro quehacer colectivo: los vascos que se niegan a reconocer a los grandes marinos y hábiles pilotos también vascos gracias a quienes los europeos llegaron a América y naves inverosímilmente frágiles dieron la vuelta al mundo.

Cejijuntos y emboinados transcurren los batallones de los cómplices y encubridores del terrorismo etarra, no quienes se sienten herederos de la dignidad heroica de un Gregorio Ordóñez o un Jose Luis López de la Calle. Ahí van los escuadrones cuatribarrados de los catalanes empeñados en sentirse superiores a los trabajadores llegados de todas partes de España que posibilitaron su riqueza. A los delincuentes que en la Ciudad Condal utilizaron sus cargos institucionales conseguidos gracias a la democracia española contra el propio Estado democrático y contra sus conciudadanos leales a la legalidad.

Los que tenemos edad de ser abuelos señalamos a la desconcertada inocencia de nuestros nietos las carrozas excluyentes y malignas de los que pretenden impedir que estudien en su lengua materna, la además elegida por la inmensa mayoría de los ciudadanos (cuando pueden elegir). La lengua universal y sin fronteras que es la más espléndida herencia que un padre español, por humilde que sea, puede dejar a sus hijos. ¡Hasta eso quieren quitarles los acaparadores en nombre de nebulosas leyendas inventadas por los que sacan pasta de los idiomas! Y por supuesto pasan las mulas, cabalgaduras estériles, que van montadas por las/los/les tránsfugas del sexo binario, empeñados en negar la realidad biológica de las mujeres en nombre del feminismo y las de la masculinidad para liquidar al heteropatriarcado. Y desde luego no faltan a la cola del desfile, haciendo sonar la algarabía de sus flautas, los perroídem que proclaman su deseo de proteger y subvencionar a los pobres mientras se dedican a fabricarlos desde sus chiringuitos bien retribuídos…

¡Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo! Pero lo que suena no es una marcha triunfal sino la marcha fúnebre de la libertad e igualdad democráticas.

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