THE OBJECTIVE
Guadalupe Sánchez

Rafa Nadal tiene razón

«La cuestión de fondo no es otra que la de desdeñar el esfuerzo femenino para convertirnos en rehenes no ya del patriarcado, sino del paternalismo estatal»

Opinión
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Rafa Nadal tiene razón

Ilustración de Alejandra Svriz.

Falta más de un mes para la Semana Santa pero ya tenemos al primer crucificado. El feminismo ha clavado a Rafael Nadal en la cruz para que expíe por los pecados del patriarcado. No son conscientes de que su martirio a manos de quienes profesan la religión de la victimización por razón de género no hace más que proyectar su aura de divinidad a ámbitos que exceden del deportivo.

El error imperdonable de Nadal fue confesar ante la periodista Ana Pastor que, aunque por supuesto que apoya la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, no cree que ésta tenga que traducirse en una igualdad salarial, porque lo que uno gana tiene que depender de lo que genera, no de lo que tiene entre las piernas. Y esto, que para ustedes y para mi suena tan razonable, es poco menos que anatema para quienes reclaman privilegios vaginales. Espero me disculpen si les parezco soez, pero es lo que pienso de quienes pretenden convertir el sexo en una suerte de bula igualitaria que les permita cobrar lo mismo o acceder a puestos de responsabilidad sin atender al rendimiento, a la producción o al valor añadido.

Por supuesto que ni Nadal ni yo justificamos que, en igualdad de condiciones, una mujer sea discriminada salarialmente frente a un hombre. Pero para que pudiéramos plantear una hipótesis así en el mundo del tenis, tendríamos que partir de que Serena Williams —a la que hace referencia la periodista— suscite el mismo interés entre el público que sus compañeros masculinos en el top de la ATP, con todo lo que ello supone a efectos de ingresos publicitarios y otras ganancias derivadas.

Y lo cierto es que no es así: según publica la revista Forbes, en 2016 Serena ingresó 28,9 millones de euros, de los que 20 lo fueron por publicidad. Mientras que ese mismo año, Roger Federer ingresó 55,8 millones de dólares, de los que 34 lo fueron por publicidad.

Serena no tiene la culpa de que la gente prefiera consumir productos vinculados a Federer. Pero tampoco la tiene él, ni Rafael Nadal, ni ninguno de los tenistas varones de la ATP. Los sueldos los decide el mercado, es decir, usted y yo, nosotros. Y esto incluye a quienes, en nombre del feminismo, reivindican la igualdad salarial para las mujeres futbolistas, pero luego son incapaces de nombrarte a una sola jugadora porque no han visto un partido en su vida. Bien sea porque no les interesa el balompié en general, bien porque prefieren el fútbol masculino, aunque no se atrevan a confesarlo.

«No hay discurso ni legislación de género o ‘trans’ que pueda hacer desaparecer nuestras diferencias físicas»

Cuestión interesante es por qué, a pesar del bombardeo político y mediático, hay determinados deportes femeninos que no consiguen suscitar el mismo interés en la sociedad que sus homónimos masculinos. Quizá sea porque, en la medida en la que la esencia de muchos deportes radica -en parte- en la fuerza física, la gente se siente atraída hacia la variante capaz de desplegarla con mayor poderío. Y en ese aspecto no hay política de género que pueda imponer la igualdad, porque físicamente no somos iguales. Ni falta que nos hace. 

Por eso precisamente necesitamos nuestras propias categorías deportivas, aunque estén peor remuneradas. Quien tenga dudas, que busque lo que pasó a las hermanas Williams cuando se enfrentaron a Karsten Braasch, fumador empedernido que jugaba con gafas y estaba en el número 203 del ranking ATP: que fueron humilladas por un señor que, antes del partido, se había bebido unas cuantas cervezas y digerido un almuerzo poco recomendable para deportistas. Una joven Serena perdió el primer set 6-1 y Venus, en la cima de su carrera, perdió el segundo set 6-2. No hay discurso ni legislación de género o trans que pueda hacer desaparecer nuestras diferencias físicas. Por supuesto que habrá excepciones, pero sólo hacen que confirmar la regla.

Pero volvamos a la cuestión de fondo, que no es otra que la de desdeñar el esfuerzo y emprendimiento femenino para convertirnos a las mujeres en rehenes no ya del patriarcado, sino del paternalismo estatal. Mientras ellos se ganan el sustento y el cargo con el sudor de su frente, nosotras los recibiremos a cambio de nuestros votos. Porque se engaña la mujer que piense que tras estas prédicas igualitaristas procuran un mayor grado de libertad e independencia para nosotras. Al contrario, nos quieren calladas y victimizadas, convertidas en seres sumisos que renuncian al espíritu crítico y al de superación a cambio de dádivas y regalías. No sé qué pensaran las féminas que lean este artículo, pero en lo que a mí respecta, yo no me vendo: yo facturo.

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