THE OBJECTIVE
Jorge Vilches

Políticos que nos roban todo

«Los últimos de Ciudadanos insisten en que su existencia es un bien, aunque la inmensa mayoría opina que son prescindibles»

Opinión
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Políticos que nos roban todo

El líder de Ciudadanos en Cataluña, Carlos Carrizosa. | EFE

Ciudadanos se acerca al abismo en Cataluña por la idea de morir con las botas puestas. Dejarse absorber por el PP es ignominioso, dicen los resistentes. Prefieren insistir en su proyecto particular aunque con ello tengan que pasar a la semiclandestinidad. Lo importante es ser fiel a uno mismo, aducen. A esto le ha seguido una serie de improperios sobre la supuesta traición que iban a cometer los que, como Adrián Vázquez, postulaban incluirse en las filas del PP. 

Esta actitud, aunque épica, es inútil para la sociedad. Ciudadanos es hoy uno de esos partidos que pasado su atractivo social, como analizaba Simone Weil, ha confundido el bien público con su propia existencia. La filósofa decía algo más respecto a este fenómeno clásico: «El hecho de que existan (los partidos) no es motivo para conservarlos. Solo el bien es motivo legítimo de conservación».

Los últimos de Cs insisten en que su existencia es un bien, aunque la inmensa mayoría opina que son prescindibles. El asunto es que esos dirigentes han perdido la perspectiva del «bien». Simone Weil hablaba de un bien efectivo, tangible, desde la instituciones, con poder e influencia, y hoy Cs no puede hacer ese bien. Lo importante, decía Weil, no es la supervivencia de las siglas. Lo relevante es que exista una organización, se llame como se llame, que procure a la sociedad cosas como la verdad, la justicia y el bien público de manera efectiva. Hacer esto desde casa, no desde las instituciones, es imposible.

Simone Weil lo cuenta muy bien en el volumen El desasosiego de nuestro tiempo y otros escritos políticos, que acaba de publicar Página Indómita. Los textos que compila son reflexiones sobre la Europa política desde 1938 a 1943, especialmente acerca del influjo de los partidos en la ciudadanía, y el sentido de la democracia. El pesimismo de sus reflexiones es el resultado de su atinada visión sobre el perjuicio de las ideologías y de las oligarquías a la paz social y a la prosperidad. 

El texto titulado Sobre la supresión general de los partidos políticos, de 1943, es tan claro como útil. Sus ideas son aplicables a la situación actual de Ciudadanos y al resto de organizaciones. Aferrada al criterio de que un partido debe proporcionar verdad, justicia y bien público, hace depender su existencia de que lo haga de forma efectiva. Esto es: si no es efectivo o se desvía del objetivo es mejor que ese partido desaparezca.  

«La paz y la esperanza en la democracia como instrumento para el bienestar general se están desmoronando por obra y gracia de líderes egoístas»

Si esto no ocurre, es decir, si un partido sin utilidad se resiste a morir es por empecinamiento de los dirigentes. Sus directores, escribe Weil, confunden el instrumento con la finalidad, creen que mantener el partido es el objetivo de su trabajo y existencia. Son personas que viven de la organización, económica y anímicamente, como si de una empresa se tratara, y acaban convirtiendo la supervivencia del partido en un principio más importante que el bien público. 

En esa lucha por la supervivencia, el partido, como ha pasado en Cs y ocurre en todos, acaba en manos de una dirección que decide a su antojo. Es la lógica del poder. Lo contaron muy bien Robert Michels con su ley de hierro de las oligarquías, y Ostrogorski cuando vio que el poder y la burocracia jerarquizan el partido en favor de unos pocos. Esa apropiación de la organización como empresa hace que el objetivo del trabajo pase del bien público inicial a los intereses particulares de los dirigentes. Esto no ha ocurrido solo en Cs, es común a todos, y se muestra en demasiadas ocasiones como patriotismo de partido.

La situación se agrava cuando existe competencia entre organizaciones partidistas; es decir, cuando la oligarquía de Cs, por poner un ejemplo, debe competir para conseguir votos con oligarquías de otros partidos, pongamos PP y Vox, jugándose así su supervivencia. 

Si un partido, escribió Weil, es una «fábrica de pasión política» para competir con otros, es claro que este Cs de supervivientes atacará al PP y a Vox en la campaña catalana. Al primero porque ocupa el papel de opción constitucionalista y nacional, y al segundo debido a que es el partido no nacionalista más batallador y con presencia en las calles. Cs está aprisionado entre ambos y tendrá que criticar al PP y a Vox para hacerse un hueco. 

El espectáculo será triste y ahondará, como describe Weil en El desasosiego de nuestro tiempo (1938), texto que da título al volumen publicado, en el desánimo que se extiende en nuestra sociedad. La paz y la esperanza en la democracia como instrumento para el bienestar general se están desmoronando por obra y gracia de líderes egoístas que, como Sánchez sin ir más lejos, polarizan y destruyen para convertir su causa particular en el bien público. Son políticos, en suma, que nos roban la esperanza (para el otro robo ya están los tribunales).

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