THE OBJECTIVE
Daniel Capó

La peor clase política

«No es casual que la peor clase política llegue en el peor momento posible. Feijóo no lo tiene fácil en un partido falto de un discurso adaptado a los nuevos tiempos»

Opinión
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La peor clase política

Ilustración de Alejandra Svriz.

Núñez Feijóo ha declarado que la actual clase política es la peor de los últimos 45 años. Hay algo paradójico en esta afirmación. Se supone que la democracia es una escuela de valores, un modelo formal basado en la división de poderes, el debate público y la participación popular, el cual termina forjando una cultura determinada que podría denominarse «ciudadana». El resultado del periodo democrático en nuestro país, sin embargo, como denuncian las palabras de Feijóo –y creo que, en gran medida, son ciertas–, ha sido el opuesto: el debate público se ha empobrecido significativamente, los diversos poderes del Estado sufren notables fricciones, la calidad de las instituciones se resiente como consecuencia de este conflicto y el voto popular se muestra incapaz de dar salida a los problemas de gobernabilidad que ha ocasionado la desaparición del bipartidismo.

La tentadora nostalgia invita siempre a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y, en cierto sentido, es verdad: porque éramos más jóvenes y también porque éramos los protagonistas del prime time de aquellos años. Pero el presidente del Partido Popular no se refería a la percepción psicológica del votante, ni tampoco a la espesa maraña de datos que inundan los inútiles papers de la politología, sino a una experiencia mucho más cercana a lo cultural. Ese empobrecimiento se percibe cuando comparamos la sintaxis y el vocabulario que empleaban Gregorio Peces-Barba o Félix Pons con el lenguaje del que se sirve hoy Francina Armengol, por ejemplo. Son dos universos lingüísticos distintos y, por tanto, dos inteligencias muy diferentes. No es necesario acudir a Wittgenstein para recordar que los límites de nuestro lenguaje marcan las fronteras de nuestro ámbito cognitivo. La pobreza verbal incide en otras muchas derrotas, también en las morales y cívicas.

«A los problemas propios de España se añade la pulsión frívola de unas élites que parecen haber olvidado su pacto con la ciudadanía»

Este deterioro al que apunta Núñez Feijóo no se limita, sin embargo, a España, y creo que este es el factor clave de nuestro tiempo. El sonambulismo rige en todo Occidente, a la vez que regresa la Historia en mayúsculas. Por un lado, el invierno demográfico –aquí, suicida–, con las fronteras europeas sometidas a una enorme presión migratoria; por el otro, los múltiples conflictos armados que siempre amenazan con extenderse por accidente tras un intenso periodo prebélico. La humanidad es tan previsible como la estupidez, me temo. Y España difícilmente logrará escapar a la locura de nuestra época, porque a los problemas propios se añaden los de una coyuntura endiablada y la pulsión frívola de unas élites que parecen haber olvidado su pacto con la ciudadanía. El circo no puede suplir la falta de pan, del mismo modo que la ciencia no desvela la auténtica condición humana.

No resulta casual que la peor clase política llegue en el peor momento posible. La una es causa del otro y revertir estas tendencias no parece un camino sencillo. Feijóo, hombre discreto en el buen sentido de la palabra, no lo tiene fácil en un partido –el suyo– falto de un discurso adaptado a los nuevos tiempos. La prudencia constituye un eje de continuidad en épocas de mudanza, pero carece de la imaginación necesaria para ensanchar el campo de las oportunidades. Al final, hay que acudir a la responsabilidad: saber elegir a los mejores y crear las condiciones desde el poder para que la meritocracia se generalice en las instituciones, en los partidos, en el funcionariado, en la escuela, en la empresa… El precio a pagar es alto, pero vale la pena asumir esos riesgos. Para que los españoles puedan decir en un futuro que un político recibió un país con una cultura fragmentada y la reconstruyó bajo el signo de la vida adulta.

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